(Rodrigo Prieto, 2024)
Se dice mucho que el libro siempre es mejor película. Es una idea equivocada (que ignora, entre otras cosas, los muchos clásicos del cine que se han hecho a partir de libros mediocres o meramente decentes) pero que persiste gracias a los muchos casos en los que es cierto. Esto suele ocurrir con libros particularmente aclamados, importantes o clásicos. El mismo estatus plantea un problema. La tarea de adaptación intimida y paraliza. La meta se convierte, no solo en la de transportar y transformar los elementos del libro a otro medio, sino “hacerle justicia” y complacer, no solo a los espectadores de la película que resulte, pero también a los lectores originales, tarea prácticamente imposible.
No hay duda de que, en el mundo de la literatura mexicana, Pedro Páramo es uno de estos clásicos. Escrita por Juan Rulfo y publicada en 1955, la novela es ahora parte permanente del imaginario nacional. Frases como “Vine a Comala porque me dijeron que aquí vivía mi padre…” o la idea de que todos somos hijos de Pedro Páramo están grabadas en la mente de muchos como parte de nuestra colectividad como mexicanos. Más allá de su historia, que teje la saga de un pueblo antes y después de la Revolución, el libro destaca por su estilo y estructura; una relación porosa entre pasado y presente que se convierte en una atmósfera viva y fantasmagórica (que años después de celebraría como precursor del realismo mágico de Gabriel García Márquez).
El problema con muchas adaptaciones al cine no está en que se atrevan a tocar libros “inadaptables”. Más bien está en que la presión por adaptarlos las ciñe a lo que está en el papel en lugar de dar pauta para explorar las posibilidades del nuevo medio. ¿Qué es lo que hace una novela lo que es? Ésta puede narrarnos eventos, pero es la forma de la narración la que moldea cómo percibimos y experimentamos estos eventos. Para hacer una gran adaptación, una que preserve la “esencia” de un libro, no basta con recrear lo que pasa en ellos. Se debe encontrar, en el medio del cine, recursos que nos inspiren y conmuevan como nos ocurre al leerlos.

Me temo que Pedro Páramo, la película de Rodrigo Prieto, no es una de estas adaptaciones. Como producción es impresionante y está técnicamente bien lograda, pero eso es parte del problema. Se aleja de lo que fue tan atrevido y fresco sobre la novela original, apegándose más al molde de otras adaptaciones prestigiosas de clásicos literarios. Es una superproducción en la que cada peso gastado debe verse en la pantalla. Como Bardo, falsa crónica de unas cuantas verdades de Alejandro G. Iñárritu, es un enorme y torpe monumento a la mexicanidad.
La anécdota es básicamente la misma, y el guionista Mateo Gil por lo menos ha preservado el salto constante entre pasado y presente que hacía tan fácil pero tan grato perderse en el mundo de la novela. Tras la muerte de su madre, Juan Preciado (Tenoch Huerta Mejía), viaja al pueblo de Comala con la intención de encontrarse con su padre, Pedro Páramo, a quien nunca conoció. Juan encuentra a Comala convertida en un pueblo fantasma en más de una forma. Las casas están abandonadas y los pocos residentes que lo reciben, Abundio (Noé Hernández) y Eduviges (Dolores Heredia) no parecen estar del todo ahí.
De manera paralela al recorrido de Juan Preciado por Comala, la película nos muestra, de manera fragmentaria y desordenada, la vida de Pedro Páramo (Manuel García Rulfo), el patrón de la hacienda de la Media Luna. A través de sus intentos por remendar las deudas familiares con ayuda de su empleado Fulgor Sedano (Hector Kotsifakis), sus choques con el padre Rentería (Roberto Sosa) y su obsesión con Susana San Juan (Ilse Salas), emerge la imagen de un hombre corrupto, despiadado y calculador.
La vida de Pedro Páramo se presta para un amplio rango de emociones y vicios humanos. Pero la película es reverente, solemne y fría. Parece operar bajo la idea de que cualquier emoción vulgar, cualquier pasión verdadera, mancharía el legado de un clásico. Los diálogos tratan de preservar la redacción del texto original y no terminan de sentirse naturales saliendo de los actores. El duelo, el arrepentimiento, la nostalgia y la tristeza dominan, pero son reducidas a sus expresiones más trilladas: rostros serios y llorosos, paisajes secos y desiertos. Hay desnudos, pero no hay pasión carnal. El humor es prácticamente inexistente. Los momentos cómicos de la novela, como cuando un grupo de revolucionarios sin idea de por qué pelean amenazan a Pedro Páramo, aterrizan en seco porque son tratados con la seriedad que impera en el resto de las escenas.

En el resto de su ejecución, la película toma decisiones convencionales. El diseño de producción, de Carlos Y. Jacques y Eugenio Caballero, y el de vestuario, de Anna Terrazas son detallados y asombrosos, pero se sienten lejanos al lenguaje de Rulfo, llano y conciso pero rico en imágenes (la novela es bastante corta, incluso acompañada de la colección de cuentos El llano en llamas, forma un libro compacto). Recrean el periodo, pero no nos permiten llenar los huecos con nuestra imaginación. El misterio se pierde.
Ya que la película apunta a una adaptación más convencional y literal, las virtudes de la novela se convierten en problemas. Sus muchos pasajes aislados, que hablaban de una memoria colectiva y tejían una rica historia de Comala, se convierten en subtramas abandonadas. La película carece de un hilo coherente, es una colección de eventos que se conectan vagamente. Las caracterizaciones son difusas porque los personajes no están definidos por sus acciones. La relación entre Pedro Páramo y Susana San Juan es reducida a un amor puro y verdadero con raíces en la inocencia infantil, pero también la película no hace el esfuerzo de convencernos de la intensidad de estos sentimientos.
Prieto se ha tomado en serio su papel como cuidador de la obra, al grado de negarse a contribuir algo verdaderamente suyo. Pedro Páramo es su primera película como director, pero no nos da una idea de una visión propia. Sigue siendo un fotógrafo talentoso–la fotografía de la película corre a cargo suyo y de Nico Aguilar. Aunque su intento de servir a sus actores se traduce en algunas composiciones planas, de vez en cuando logran efectos ingeniosos. La escena en que Juan Preciado, iluminado por la luz azul de la noche de una Comala fantasma, se aparece en una fiesta iluminada por cálidas lámparas ámbar y fuegos artificiales, tiene un poder sutil, pero de gran significado. Pasado y presente, sueño y realidad, se fusionan de maneras imperceptible, como en la novela de Rulfo. La película necesitaba más de esto. Pero como Pedro Páramo sobre Juan Preciado, la novela pesa demasiado sobre esta adaptación.
★★1/2
Pedro Páramo está disponible en streaming via Netflix.
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