(Martin Rejtman, 2024)

Las películas del director argentino Martin Rejtman son demasiado secas y cotidianas para los estándares de las comedias comerciales, pero también demasiado ligeras y frívolas cuando se les compara con lo que típicamente entendemos como cine de arte. Esto plantea una dificultad al momento de hablar de su cine. No solo porque se trata de una sensibilidad muy particular y específica (cercana quizá a la obra del estadounidense Jim Jarmusch o la del finlandés Aki Kaurismäki, pero no del todo equivalente), pero también porque al ahondar demasiado uno corre el riesgo de convertirse en aquella persona que explica un chiste y mata lo que era divertido de él.

La práctica, su primer largometraje de ficción en nueve años, sigue a Gustavo (Esteban Bigliardi), un yogui argentino que vive en Santiago de Chile. En su vida hay situaciones que se prestan para el drama. Gustavo está en proceso de divorciarse de su esposa Vanesa (Manuela Oyarzún), quien se ha quedado con su departamento. También se ha roto un ligamento en la rodilla, lo que le impide practicar yoga como se debe y posiblemente requiera de una costosa cirugía para remediarse. Éstos eventos bastan para delinear una crisis de mediana edad: un protagonista en un momento coyuntural que debe reflexionar profundamente y replantearse el rumbo de su vida, pero vemos poco o nada de eso.

Parte del humor de La práctica se encuentra en esta evasión del conflicto. Su primera escena parece una declaración de este principio: una alumna alemana confronta a Gustavo diciendo que él le presta atención romántica especial; más adelante ella sufre amnesia y no recuerda detalles elementales de su vida. La principal complicación que la película plantea literalmente se olvida. Gustavo es claramente el protagonista de La práctica (cosa que no es tan fácil de determinar en otras películas de Rejtman) pero trazar algún arco dramático es un despropósito. No se puede hacer más que recontar una serie de líneas argumentales, incidentes y encuentros con otros personajes (u objetos, como un biombo del que Gustavo trata de deshacerse sin éxito), ninguno más o menos importante que el otro.

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El humor de Rejtman puede localizarse dentro de lo que en inglés se ha llamado deadpan, término sin una traducción exacta al español, pero que puede entenderse como “inexpresivo” (otro exponente contemporáneo fácilmente reconocible sería Wes Anderson). Esto lo vemos en la fotografía y las actuaciones. En ambas, Rejtman mantiene cualquier señal de emoción al mínimo. La cámara se mueve en limitadas ocasiones y se mantienen en primeros planos medios que no bastan para enfatizar las expresiones faciales de sus actores–éstas igualmente tienden a ser mínimas, pues recitan sus líneas en cadencia repetitiva y monótona.

El estilo de La práctica corresponde, de cierta manera, con la vida de sus personajes. La práctica contiene referencias a un adormecimiento constante, una desconexión con la realidad. Gustavo es diagnosticado con distimia, una depresión menor que también podría explicarse como una consecuencia de la práctica regular del yoga. Alberto (Víctor Montero), un anestesiólogo, habla de la anestesia como una forma de llegar a un estado trascendental descrito en el budismo. La condición de Steffi (Celine Wempe), la estudiante amnésica, pudiera no estar tan lejos de lo que explican o experimentan. El tema de La práctica, no obstante, parece secundario a la forma. Rejtman ha trabajado con este estilo depurado y minimalista desde Rapado, su ópera prima de 1992. Rejtman busca personajes que se ajustan a su forma de contar historias, y no al revés.

Uno de los efectos de este estilo es que situaciones absurdas se acepten con una normalidad cotidiana. Gustavo, a pesar de su divorcio, empieza la película viviendo con la familia de Vanesa. Vanesa, por su parte, acoge a la madre de Gustavo (Mirta Busnelli) cuando ella visita de Argentina. Tales son las vueltas que toma la vida. Romances pueden florecer tan casualmente como terminan. Viejos conocidos se reencuentran por casualidad: buscando uno de sus medicamentos, Gustavo reconecta con Laura (Camila Hirane), una exalumna. Extraños se vuelven importantes de repente, como cuando Gustavo tiene que cuidar de Matías (Giordano Rossi), un joven que pudo o no haberse robado los celulares de sus estudiantes después de una clase prueba.

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La práctica adereza estos enredos con toques, apenas probadas, de comedia tradicional. Hay gags bien construidos que se benefician de este tratamiento plano. Para evitar los juicios de su madre, quien encaja dentro del arquetipo entrometido y sobreprotector, Gustavo trata de esconder una pierna enyesada debajo de la mesa de un restaurante. Una caída en moto resulta especialmente hilarante al mostrarse como una nube de polvo a la distancia. Personajes se refieren constantemente a la cuñada de Vanesa como una tarada en un tono tan desenfadado que tiene que ser verdad. Y a cada crujido de su menisco roto, Bigliardi responde con la seria dignidad de alguien como Buster Keaton; su falta de reacción convierte el dolor en comedia física.

Pase lo que pase en sus vidas, los personajes de Rejtman resultan extrañamente adaptables. Estamos lejos del protagonista dramático definido por un deseo o los obstáculos que debe superar. Los personajes de La práctica se encuentran con dificultades, pero más que enfrentarlas, se ajustan a ellas con lo que en ocasiones parece una ingenua terquedad–después del diagnóstico de su rodilla, Gustavo insiste en tratarse con ejercicios que encuentra en internet, que en realidad hacen poco por aliviarlo. Dejan que sus problemas pasen a un segundo plano, como es fácil hacer en la vida real. Arrastran lo que ocurrió al mismo tiempo que les ocurren cosas nuevas.

Todo esto sugiere una filosofía detrás de la forma en que La práctica muestra a sus personajes, pero si la hay, no hay esfuerzo por hacerla obvia. Parece más interesado en las repeticiones y variaciones que emergen al contemplar sus vidas. No aspira a declaraciones profundas sobre la vida, pero igualmente encuentra momentos de verdad en este mismo azar. La voz de Gustavo narra la película, pero sus palabras hacen poco más que llenar los huecos en el relato; no nos ofrecen una mirada a lo que piensa y siente. Como Yazujirō Ozu, el maestro japonés que ha citado como uno de sus primeros acercamientos importantes al cine, Rejtman se divierte y deleita con la armonía y poesía de estos cambios más que con su significado. Tienen una belleza y pureza por sí mismos.

Frías como pueden llegar a ser (y su humor depende de ello), las películas de Rejtman ofrecen un extraño acompañamiento. La comedia de Rejtman se encuentra principalmente en su actitud. No exagera las situaciones cotidianas, pero les quita seriedad. Y sus películas traen consigo la extraña tranquilidad de que las cosas que en nuestras vidas pueden provocarnos ansiedad quizá no la ameritan. Rejtman crea mundos con pocas fricciones. Ante problemas de salud y de dinero, sus personajes mantienen curiosamente alivianados. Peleas, rupturas, episodios de estrés, ocurren fuera de cuadro y las cosas siempre salen, más o menos, a su favor. Su falta de interioridad y consciencia, parecen un antídoto a una mente ensimismada. Un hombre que puede caer en una alcantarilla sin aprender de ello debe de tener una paz mental envidiable.


★★★★


La práctica está disponible en streaming vía Mubi.


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