(Urzula Barba Hopfner, 2025)
Corina Rojas (Naian González Norvind) sufre de agorafobia. Después de la muerte de su padre en un accidente de tránsito, su madre Renée (Carolina Politi) la crio de manera sobreprotectora. A sus veintitantos, la vida de Corina se limita a las pocas cuadras de la ciudad de Guadalajara. Ahí están su casa, una tienda de abarrotes y las oficinas de una editorial donde trabaja como correctora de estilo de literatura erótica. Pero la editorial está en crisis: Xareni Silverman, la reclusa escritora de su serie más exitosa, ha enviado un final que seguro enfadará a sus lectores y se rehúsa a cambiarlo. Corina se hace del manuscrito y su naturaleza le gana: empieza corrigiendo acentos y puntuación, pero pronto se encuentra reescribiendo el final. Renée encuentra el texto reescrito y, creyendo que Corina lo ha olvidado, lo envía a la editorial. Temiendo confesarlo todo, Corina debe encontrar cómo contactar a la escritora antes de que su versión llegue a la imprenta.
Éste, un tanto largo y complicado, es el planteamiento de Corina, una tierna comedia dramática y la ópera prima de Urzula Barba Hopfner. La película está lejos de ser perfecta. Sus problemas principales, me parece, son de carácter estructural y a ratos opacan muchas de sus virtudes. Mas tiene un encanto que la hace un respiro de aire fresco en la cartelera actual del cine mexicano. Me gustaría ver más películas como ella en cines.
Visual y sonoramente, la película está armada de manera impresionante. La historia transcurre a inicios de la década del 2000, una decisión que parece motivada por la narrativa (la agorafobia de Corina resulta más abrumadora en una época sin teléfonos celulares ni trabajo a distancia) pero que se ve reflejada en un nostálgico ambiente retro. El diseño de producción recrea la época amorosamente: desde las pesadas computadoras de escritorio que llenan las oficinas de la editorial, a la casa de Renée, que parece congelada algunas décadas atrás. Los vestuarios de Corina son simples y de colores fuertes, pero no sugieren necesariamente una personalidad alegre y efervescente (ella es todo lo contrario); más bien remontan a la infancia y nos hablan de un personaje atorado en esa etapa.
Dadas las ansiedades de Corina, mucha de la película parece ocurrir en su mente. La escuchamos contar los pasos desde que sale de su casa. Una enérgica partitura a base de percusiones transmite una atmósfera de tensión y nerviosismo constante. Una narración, en tercera persona, ofrece un colorido y literario comentario sobre su vida–cuando Corina le miente a su madre, la narradora lo describe como “correcciones de estilo a la realidad”.
La fotografía usa lentes angulares y composiciones profundas para aislarla de sus compañeros: incluso cuando comparten el cuadro, Corina parece encontrarse en otra parte, lejos de donde transcurre la vida–el trabajo de cámara es una de las cosas con las que más me quedo impresionado; creo que ninguna película mexicana comercial reciente juega con tanta creatividad o intención con el acomodo y movimiento de los personajes en la pantalla. Corina está llena de detalles que son llamativos pero nunca pretenciosos porque siempre brotan de las excentricidades de su personaje principal.

Que Corina brille es también, por supuesto, gracias a González Norvind. Una película inferior habría exagerado su condición, y creado una protagonista que despierte más lástima que simpatía–es por esto que la actuación de Politi me pareció un poco menos efectiva; en una escena donde confronta a Corina, su voz se quiebra; es un toque más de tristeza que el que momento necesita. Pero la actuación de González Norvind es sutil; la agorafobia de Corina no se refleja en obvios tics, todo lo contrario. Es cierto, habla en un tono bajo que en ocasiones apenas le permite darse a entender, o se abruma tanto que a veces ni logra articular una palabra. Pero la película entiende que una parte más de su condición es el tratar de esconderla. Ante todo, Corina trata de mantener una expresión neutra, pero sus ojos la delatan con una mezcla de asombro y miedo.
La segunda mitad de Corina involucra un viaje por carretera al lado de Carlos (Cristo Fernández), el nuevo socio de la tienda donde Corina pide diariamente su café, y fue ahí donde la película me empezó a perder. Carlos parece más un punto de la trama, un medio para que Corina consiga su meta, que un personaje bien formulado. Es suficientemente agradable, pero el guion no nos da tiempo de conocerlo o que él y Corina formen una verdadera relación. El clímax de la película parece ocurrir fuera de cuadro. Corina abandona su burbuja con lo que se siente como demasiada tranquilidad y todo lo que ocurre posteriormente se resuelve con relativa facilidad. La película apunta a una resolución cálida e inspiradora, pero no se da el tiempo de volverla satisfactoria.
Habiendo dicho todo esto, quedo impresionado con el tono de Corina. Con su capacidad de contar un drama sobre la soledad y las heridas del pasado con toques de comedia que nunca trivializan las ansiedades de su protagonista. La patología de Corina puede ser irracional: las cosas que le dan miedo no deberían darle miedo. Pero también es una reacción plausible a las circunstancias de su vida. Sus temas son familiares: es, en el fondo, una historia sobre abrazar lo desconocido y enfrentar los miedos. Pero aun cuando esto es discutido abiertamente por los mismos personajes (Corina y Renée hablan sobre personajes cobardes), el camino a estas lecciones no se siente obvio. Corina logra que la melancolía y el optimismo coexistan cómodamente. Eso no es poca cosa.
★★★
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