(No Other Land; Basel Adra & Hamdan Ballal & Yuval Abraham & Rachel Szor, 2025)
¿Puede el cine cambiar el mundo? Dicho de otra manera, ¿puede el cine registrar y difundir los males del mundo para alimentar el descontento social, convertirlo en acción y así acabar con ellos? La pregunta se puede responder con cinismo, diciendo que la función del cine no es esa, que incontables películas han tratado de hacer denuncia y las injusticias del mundo siguen ahí. No obstante, cambiar el mundo, o por lo menos cambiar la situación en una pequeña parte del mundo, es lo que No Other Land intenta y los resultados no son para nada ingenuos.
El documental, realizado por un colectivo palestino-israelí compuesto por Basel Adra, Hamdan Ballal, Yuval Abraham y Rachel Szor, sigue las invasiones y desalojos perpetuados por el ejército israelí en contra de las comunidades de Masafer Yatta, al sur de Cisjordania en Palestina. A lo largo de cuatro años (de 2019 a 2023) Basel y su familia se enfrentan al constante acoso de soldados y la destrucción de sus casas con maquinaria. Esto después de que un tribunal israelí declara que el área que él y sus ancestros han habitado por más de cien años es ahora una zona de entrenamiento para el ejército.
Una primera función de No Other Land es la de registrar las acciones del ejército israelí, dejar constancia que efectivamente pasaron y no se puedan ignorar–se dice que todo cine, incluido el documental, tiene un elemento de ficción desde que elige lo que nos va a mostrar y lo que no a partir del encuadre y la edición, pero decir que un documental no puede permitirnos un conocimiento del mundo real sería llevar esta lógica a un relativismo absurdo. Ya que No Other Land también se apoya en videos tomados por otros miembros de la familia de Basel, imágenes que se remontan a décadas antes del inicio de su producción, el documental también funciona como memoria, como registro y recuerdo de sus vidas a pesar del esfuerzo por borrarlas.
Pero además de los desplazamientos forzados, la película nos muestra actos de resistencia. Se pueden ver en la forma en que la familia, justo después de ver su casa destruida por la maquinaria del ejército israelí, rápidamente mueve sus pertenencias y se instala en una cueva cercana. Ahí su vida continúa con una impresión de normalidad. Los niños juegan en sus teléfonos y los hombres bromean, entre otras cosas, sobre el hijo del primer ministro de Israel Benjamín Netanyahu. De la tragedia emerge de nuevo la cotidianidad.
Esa resistencia diaria se convierte también en activismo, en acciones concretas y coordinadas. De noche y a espaldas del ejército, Basel y el resto de su familia reconstruyen sus casas. Continúan grabando lo que viven y lo difunden en redes sociales. Organizan protestas denunciando, no solo su desplazamiento forzado pero también el ataque a un familiar que, después de recibir disparos de las tropas, pierde sus funciones motrices.

A No Other Land se le debe celebrar su falta de sentimentalismo. El documental reconoce el poder que tienen los eventos que nos muestra por lo que no siente la necesidad de acentuarlos con música o montaje llamativo para jugar con nuestras emociones. Tampoco hay un intento de caracterizar a los soldados israelíes (ni a los colonos que más tarde y sin obligación se unen a sus ataques) como villanos a un nivel individual, atribuyéndoles directamente la malicia de su gobierno. No encuentran placer visible en desplazar a Basel y a su familia, pero lo hacen con ciega obediencia–aunque queda la sugerencia de que, para más de uno, el desplazamiento de Basel y su familia, y de los palestinos en general, es un objetivo deseado.
Si No Other Land tiene un corazón, una relación a la que le da atención especial, es la amistad que brota entre Basel y Yuval, un reportero israelí (uno de los codirectores del documental mencionados previamente). Es en esa relación donde brilla, entre otras cosas, la esperanza de una reconciliación y un reconocimiento de que las acciones del gobierno de Israel no representan necesariamente el sentir de sus habitantes.
De manera más pertinente, encuadrar la historia alrededor de Basel y Yuval le permite a la película dialogar con su propio activismo. A través de sus conversaciones, el documental habla directamente de los límites de lo que puede hacer. En algún momento, Yuval lamenta que sus artículos estén llegando a un público limitado, que solo unas pocas personas sepan lo que se está cometiendo en contra de Masafer Yatta; Basel, cuyos recuerdos de la ocupación se remontan a sus cinco años de edad, le dice que no puede acabar con la ocupación en diez días. Yuval, a pesar de sus sinceras intenciones (y el documental no nos da razones para desconfiar de ellas), está limitado en lo que comprende y puede hacer, goza de un privilegio que le es invisible.
En otro momento, una de las parientes de Basel critica que muchos reporteros han venidos a entrevistarla pero eso no se manifiesta en una mejora de su calidad de vida. En uno más, Basel puede reconocer los efectos tangibles de sus acciones: sus constantes protestas han frenado las actividades invasoras del ejército, por lo menos temporalmente. No Other Land puede ser escéptica sin sacrificar la esperanza y la convicción de su lucha.
★★★★
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