(Mickey 17; Bong Joon-ho, 2025)
No sé si Mickey 17 trata de ser una película muy inteligente o una muy tonta pero, extrañamente, creo que logra ambas cosas. Digo que trata de ser inteligente porque está hecha con la misma crítica social y técnica precisa que caracterizan a su director Bong Joon-ho. Digo tonta porque es una caótica colección de ideas, subtramas, personajes caricaturescos y risas fáciles que, si somos honestos, son igualmente característicos del cine de Bong.
Bong es, por supuesto, el director surcoreano responsable de la hazaña de producir, escribir y dirigir Parásitos, una brillante reinterpretación del thriller de invasión doméstica y la única producción en un idioma extranjero que ha ganado el Oscar a mejor película–y una de las pocas ocasiones en que se puede decir, casi con unanimidad, que la Academia acertó en su decisión. Este triunfo es una especie de culminación para una carrera que se remonta a inicios de los años 2000 y que le ha permitido tocar géneros tan distintos como la comedia negra de su ópera prima Perro de Flandes, el cine de asesinos seriales en Memorias de un asesino, el de monstruos en El huésped y el oscuro drama moral en Madre. Su carrera en Estados Unidos ha sido más uniforme pero igualmente excéntrica, si eso tiene sentido. A El expreso del miedo y a Okja se les puede agrupar fácilmente dentro de la ciencia ficción distópica, donde las contradicciones e injusticias del mundo real son llevadas a ridículos extremos, pero en ellas caben todo el humor negro, violencia, cinismo y emociones fuertes que vemos en la filmografía coreana de Bong.
Mickey 17, financiada por el estudio hollywoodense de Warner Bros. no es la excepción. La película se desarrolla en el futuro cercano de 2054 y retoma ideas recurrentes en el género como la colonización espacial, la clonación y las megacorporaciones omnipotentes. Robert Pattinson interpreta a Mickey Barnes, un hombre desafortunado que, huyendo de un peligroso usurero, busca una nueva vida en el espacio (un eco a una subtrama de Parásitos; Mickey 17 repite muchos temas característicos de sus películas anteriores a pesar de ser adaptación de una novela del autor Edward Ashton). Confiando en que el mafioso lo perseguirá a él y a su amigo Timo (Steven Yeun) al final de la Tierra, los dos se unen a una misión privada para colonizar el remoto planeta helado de Niflheim.

La colonización espacial, ya muchas obras de ciencia ficción nos han dicho, es un asunto peligroso y a Mickey le toca el lado más peligroso de ésta. Su labor oficial es la de ser un “prescindible”, destinado a tareas mortales: exponerse a la radiación espacial, a patógenos aéreos y a la fauna nativa del planeta, con tal de preparar a los demás colonizadores. Después de cada muerte, Mickey revivido por una máquina que reconstruye su cuerpo cual impresora, solo para vivir y morir de nuevo–el título de la película alude precisamente a que el Mickey que seguimos por mucho de ella es su versión número 17.
La clonación, en la ficción como en la vida real, plantea obvios debates éticos y metafísicos a los que Mickey 17 alude. ¿Dónde deben trazarse los límites de esta tecnología? ¿Qué pasa si ésta se utiliza para cometer crímenes? ¿Cuáles son los derechos u obligaciones de una persona creada artificialmente? ¿Una persona producto de la clonación tiene un alma independiente de la original? Una tangente prolongada nos muestra los orígenes de la tecnología en el mundo de la película: en un científico psicópata que crea una copia de sí mismo para actuar como coartada de sus asesinatos de personas sin techo–un detalle que parece tangencial pero que sintetiza la actitudes de sus villanos sobre la vida y la precarización.
El sentido del humor de Mickey 17 se encuentra en que la película no está muy interesada en contestar o siquiera ahondar mucho en estas preguntas, protegiéndose así de la seriedad con la que muchas películas de ciencia ficción se llegan a tomar. Estos experimentos mentales coexisten con personajes y subtramas que van desde lo absolutamente banal a lo tierno y sincero. A Mickey lo acompaña Timo, quien dice ser su mejor amigo pero que aprovecha cualquier oportunidad para arruinarle la vida sin la menor señal de vergüenza, pero también Nasha (Naomi Ackie), una agente de seguridad que se convierte en su pareja y a quien Mickey adora absolutamente. Los otros personajes más prominentes son Kenneth Marshall (Mark Ruffalo), un decadente expolítico convertido en el narcisista y fanático líder de la expedición y su esposa Ylfa (Toni Collette), quien está obsesionada con las salsas.

El conflicto principal de Mickey 17 se detona aparentemente cuando Mickey es regenerado antes de haber muerto, por lo que los clones 17 y 18 deben pelearse por el título del único Mickey con vida. No obstante, el guion, adaptado por el mismo Bong, pronto se centra en la supervivencia de la principal especia animal de Niflheim, una suerte de tardígrados gigantes tan adorables como aterradores. Brevemente se convierte en una farsa cachonda cuando Nasha y Kai (Anamaria Vartolomei) se pelean románticamente por los dos Mickeys y se desvía aún más cuando Timo recibe noticias de que uno de los matones de su usurero está en la nave. Añadiendo al caos está el que la película debe dedicar tiempo importante de su duración y de la atención del público a explicar las reglas de su propia tecnología y universo.
La ejecución es un tanto torpe, o por lo menos no tan elegante como en otros guiones de Bong. Aunque él señala haber recibido en su contrato el privilegio de corte final, la película se apoya en flashbacks y una constante narración explicativa que, en otras películas, sugiere amplia interferencia del estudio. Incluso si la película no fue una producción problemática, ni fue alterada drásticamente contra la voluntad de su director, igualmente deja ese sabor de boca.
Pero tan desorganizada como Mickey 17 puede llegar a ser, el caos mayormente funciona a su favor. El guion no es ajeno a plantear ideas y descartarlas al poco tiempo. Esto típicamente sugiere un guion descuidado; las reglas del guion de Hollywood dictan que todas las piezas deben conectarse entre sí y cumplir una función clara. Pero más que una épica sobre la exploración espacial, la película es una locuaz e impredecible comedia sobre distintos sabores de estupidez humana–y la película, siendo justos, sabe plantear detalles con elegancia cuando le conviene: las posiciones sexuales que Mickey y Nasha idean temprano en la película los ayuda más adelante a salvar el día. Las actuaciones excéntricas y la trama caótica añaden una energía y vitalidad, pero también complejidad, a la idea de una humanidad que debe lidiar con problemáticas ecológicas, sociales, éticas y económicas que están estrechamente entrelazadas.

Mickey 17 nunca termina en un desastre porque sus ideas claras logran domar su locura y darle un propósito. La película no es sutil, desde su villano que es una amalgama de las mezquindades y delirios de grandeza de los dictadores–Bong ha dicho que Donald Trump no fue una inspiración importante, pero el timbre y ritmo de la voz de Ruffalo hacen una mímica tan exacta e inquietante como la de Sebastian Stan en la película biográfica El aprendiz. La metáfora central de la película, sintetizada precisamente en su distintiva interpretación de la tecnología de clonación, es obvia pero potente: en el mundo de Mickey 17, la muerte es barata y la vida no vale nada. El progreso se sostiene a través de muerte y explotación–como en El expreso del miedo, donde el tren de alta velocidad que protege a los últimos sobrevivientes humanos de un invierno eterno se mantiene en operación gracias al trabajo infantil–y los escalones más precarizados de la sociedad deben convertirse en monstruos que se destruyen mutuamente–los dos Mickeys brevemente, pero algo que también vemos en el secreto del sótano de la familia Park en Parásitos.
Su protagonista ayuda a brindarle una coherencia muy necesaria. Pattinson ha convertido su éxito post-Crepúsculo en una de las filmografías más arriesgadas e inteligentes de un actor hollywoodense actual, pero me atrevo a decir que nunca ha estado mejor que aquí. Bong ya ha demostrado un gusto por extraer actuaciones bizarras que le quitan todo brillo a estrellas de cine (véase a Jake Gyllenhaal en Okja); aquí él y Pattinson nos dan un protagónico de película de alto presupuesto que se entrega totalmente al castigo físico y a un acento extraño. Su Mickey 17 es un hombre ordinario como el Gang-du que Song Kang-ho interpretó en El huésped: bufonesco y ligeramente patético, pero de buen corazón y capaz cuando la situación lo exige. Los toques de agresividad y cinismo que le inyecta a Mickey 18 extienden su rango todavía más. Es una actuación extraordinaria.

Bong nos hace sentir en buenas manos porque su técnica denota un cuidado y frescura poco visto en sus contemporáneos. La música, a cargo de Jung Jae-il (colaborador de Bong en Okja y Parásitos) se distancia de la repetitiva e intensa orquesta de muchos blockbusters con arreglos simples centrados en piano, pero que complementan melodramáticamente los enredados eventos. El estilo visual no es perfecto. Trabajando con el director de fotografía Darius Khondji, la película se ciñe demasiado a la iluminación realista, limitando la expresividad de sus actores con la luz que se puede explicar con elementos en escena. La escena inicial, con un Mickey atrapado en el fondo de un barranco helado, apenas nos permite leer los detalles de su rostro y sienta un precedente para el resto de la película. Pero en lo que a composición se refiere, Bong sigue operando con el virtuosismo que ha mostrado previamente. Sea en escenas complejas, como cuando Kenneth, Ylfa y sus esbirros se coreografían alrededor de una explosiva exhibición de vómito, u otra en la que Mickey y Kai hablan de manera íntima sobre la muerte de una compañera, Bong y Khondji sintetizan la intención y energía de cada escena con movimientos pacientes y precisos. Bong se resiste a la presión de cortar rápido o a ángulos descuidados solo para mantener a la película en movimiento. Si el guion de Mickey 17 es caótico por diseño, su fotografía y montaje son un ejemplo de disciplina y exactitud. Ningún movimiento de cámara está de sobra, ningún corte no está justificado. Ninguna decisión en cada aspecto se siente como menos que correcta.
Si Mickey 17 se queda corta de la grandeza de algo como Parásitos es en parte porque nunca lleva sus ideas a territorios especialmente oscuros. Su primera parte se deleita con el sufrimiento de su protagonista haciéndolo el blanco de una cruel y existencial broma cósmica. A medida que la película nos sume en su experiencia, su verdadero castigo no parece ser el de estar condenado a morir, sino el de seguir viviendo. Pero todo está al servicio de una lección humanista sobre la vida. Mickey tiene que morir constantemente para aprender que la vida vale la pena vivirse. La crueldad de las corporaciones terrestres encuentra un divertido antídoto en la especie alienígena que se moviliza totalmente para salvar a uno de los suyos. Es una idea sentimental, pero para el final de la película no sentí que Bong hubiera sacrificado su lado más ácido para complacer a un público hollywoodense. Más bien quedé maravillado con su habilidad incorporar su variedad de ideas e intereses a lo que (pendiente el estreno de la nueva Misión: Imposible) muy probablemente será la película más entretenida y fresca que un gran estudio nos proporcionará este año. Es una mezcla hábil de las astutas observaciones de la sátira social con los placeres superficiales de la comedia más tonta.
★★★★
Éste artículo, como el resto del archivo de Pegado a la butaca, llega a ti de manera gratuita. Si te interesa apoyar esta labor de crítica de cine independiente, te invito a realizar una donación a través de Ko-fi, a partir de 1 USD, o a compartirle esta publicación a alguien que creas que le puede gustar. ¡Gracias!