(Black Bag; Steven Soderbergh, 2025)
Entre las muchas cosas que destacan de Código negro está su capacidad para llegar al grano. La película empieza con un plano secuencia que nos sumerge a un bar londinense, una introducción apta a un mundo que es a la vez cotidiano y enredado. El hombre que seguimos es George Woodhouse (Michael Fassbender), un espía británico a quien apenas alcanzamos a conocer cuando las ruedas de la trama ya están en movimiento. En el bar, George se encuentra con Meacham (Gustaf Skarsgård), su superior, quien le informa que alguien de su misma organización ha robado un software ultrasecreto en un acto de traición. Meacham ha reducido la lista a cinco sospechosos. Uno de ellos es Kathryn (Cate Blanchett), la esposa de George.
La primera parte de Código negro puede inspirar escepticismo, la impresión de que la película nos prometió una cosa y nos entregará otra. Para encontrar al culpable, George organiza un interrogatorio disfrazado de cena amistosa entre colegas. A la casa de George y Kathryn llegan otras dos parejas: Clarissa (Marisa Abela) y Freddy (Tom Burke), así como Zoe (Naomie Harris) y James (Regé-Jean Page). La cena, una prolongada plática que nunca deja la mesa del comedor, establece un patrón: una película densa en diálogos e información, con tanto drama marital como espionaje internacional.
La idea parece ser que estos mundos, que pudieran parecer tan diferentes, tienen más en común de lo que creemos. Código negro nos remonta a los mismísimos inicios de su director Steven Soderbergh, específicamente a la pareja casada, la amante y el extraño forastero de su ópera prima Sexo, mentiras y video. El escenario de intriga mundial solo aumenta lo que está en juego pero sus conflictos son estrictamente personales. El tono de la película es apropiadamente sombrío. La confianza es imposible entre personas que hacen de la mentira y el secreto su profesión. La alerta paranoica es una herramienta adecuada entre personas que matan sin tocarse el corazón. Miles de vidas y el panorama geopolítico se entrelazan con los pleitos y mentiras de un trío de parejas. Es una premisa que sugiere seriedad, una mirada íntima al lado humano y falible de las organizaciones de espionaje.
A pesar de su énfasis en el drama interpersonal, Código negro tampoco se toma demasiado en serio. No se burla de sí misma pero su misma ejecución sugiere un sentido del humor. Hay referencias vagas al mundo real: a una guerra peleada por Rusia y a la presión interna por un cambio de régimen. Pero los detalles quedan sin especificar, sugiriendo un desinterés en cualquier comentario político serio. El placer y sentido de la película está en los engaños que tejen sus personajes y los enredos en los que caen.

En George y Kathryn, Soderbergh ha vuelto a capturar una química como la que vimos en Un romance peligroso, entre el encantador criminal de George Clooney y la policía al pie de la letra de Jennifer Lopez. No sería del todo exacto decir que el carisma de los actores eleva la película, pues dado su trabajo, ni George ni Kathryn son particularmente expresivos. El más mínimo gesto delata. Tanto como Código negro se centra en diálogos, también lo hace en silencios y miradas. Pero los dos deleitan como pareja; en el otro parecen haber encontrado a la única persona que comparte su misma frialdad e inteligencia.
Soderbergh, quien a lo largo de su carrera ha experimentado tanto con la iluminación natural como con el iPhone (desde Tráfico del 2001 ha actuado como su propio director de fotografía bajo el nombre de Peter Andrews) aquí juega con una estética suave y difusa. La luz, sea de lámparas que aparecen en escena o de amplios ventanales, crea sensuales claroscuros o lo que se siente como una neblina desorientadora que complementan el romance y los misterios de su trama. Aunque fotografiada en digital, Código negro igualmente encuentra parte del encanto de los reales y aterrizados thrillers de antaño gracias a composiciones simples y dramáticas que Soderbergh (sirviendo también como su propio editor, con el nombre de Mary Ann Bernard) sostiene con paciencia, prolongando el suspenso.
Código negro marca la tercera colaboración de Soderbergh con el guionista David Koepp. Dos de ellas, Kimi y Código negro han sido thrillers, mientras que la otra, Presencia es una película de terror (por azares de la distribución, Presencia llegó a México apenas la semana pasada, haciendo posible ver dos películas del dúo al mismo tiempo en cartelera comercial). Las tres son propuestas comerciales, cosa que no sorprende considerando que sus trayectorias incluyen grandes éxitos taquilleros de los noventa y los dos mil: Erin Brockovich: Una mujer audaz y la trilogía de La gran estafa en el caso de Soderbergh y Parque Jurásico, Misión: Imposible y El hombre araña en el caso de Koepp.
Kimi y Presencia podían justificar sus elementos más arriesgados con presupuestos que, para los estándares de Hollywood, eran minúsculos (apenas un par de millones de dólares). Código negro, por su parte, es una de esas películas que solían ser la especialidad del cine comercial estadounidense pero que ahora se han convertido en una rareza: de mediano presupuesto, con grandes estrellas y sostenida por sus personalidades y no con espectáculo de efectos visuales. Las limitaciones de Código negro, no obstante, siguen siendo parte de su encanto. Incluso cuando parece que la película no tendrá muchos más disparos o explosiones que los que vimos en el trailer y que su clímax será otro encuentro íntimo como la cena del inicio, la película sigue siendo tremendamente emocionante. Soderbergh y Koepp han sintetizado su historia a sus piezas más elementales, un ejercicio tan ágil como minimalista.
★★★1/2
Éste artículo, como el resto del archivo de Pegado a la butaca, llega a ti de manera gratuita. Si te interesa apoyar esta labor de crítica de cine independiente, te invito a realizar una donación a través de Ko-fi, a partir de 1 USD, o a compartirle esta publicación a alguien que creas que le puede gustar. ¡Gracias!