(The Day the Earth Blew Up: A Looney Tunes Movie; Pete Browngardt, 2025)
A pesar de ser un indiscutido emblema de la animación, los Looney Tunes no han tenido la mejor suerte en lo que a largometrajes animados se refiere. Ellos fueron las estrellas de un puñado de películas que se estrenaron entre los setenta y los ochenta, pero éstas eran apenas compilaciones de cortos de su época dorada, conectados con mínimo material original. Entre los noventa y el presente, Bugs Bunny y compañía compartieron protagonismo con Michael Jordan, Brendan Fraser y Lebron James en tres híbridos de animación y live-action. Aunque éstas eran historias técnicamente nuevas, con animación original hecha específicamente para ellas, los resultados trascendieron la mediocridad solo en una ocasión. Space Jam: El juego del siglo de 1996 y su secuela de 2021 Space Jam 2: Una nueva era los redujeron a simples mascotas corporativas, marcas reconocibles para vender todo tipo de mercaderías o suscripciones para el servicio de streaming HBO Max (ahora Max). La excepción fue Looney Tunes: De nuevo en acción, donde la sensibilidad y el afecto por los personajes del director Joe Dante logró brillar a pesar de las injerencias y compromisos hechos con el estudio.
Esta irregular trayectoria tiene sentido si consideramos que el formato por excelencia de los Looney Tunes es el cortometraje animado. Sus apariciones más memorables y brillantes han sido en producciones de entre cinco y siete minutos; colecciones de persecuciones y gags físicos y verbales unidos por una mínima historia. ¿Cómo sostener esa energía por la hora y media que suele durar una película para niños? Éste es el desafío que se plantea El día que la Tierra explotó: Una película de Looney Tunes, técnicamente el primer largometraje animado totalmente original para los personajes insignia de Warner Bros.
La primera solución involucra una misión para salvar el mundo prestada de clásicos de la ciencia ficción cincuentera como El día que la Tierra se detuvo (obvia inspiración para su título), Muertos vivientes y La mancha voraz. Esto nos queda claro desde el inicio de la película, cuando un científico descubre un asteroide que se dirige a la Tierra y del cual emerge un misterioso objeto alienígena que deja un rastro de baba verde.

La segunda tiene que ver con el núcleo emocional de la película. Aprovechando que sus caracterizaciones siempre han sido bastante flexibles (los cortos originales de los Looney Tunes nos han mostrado a Lucas y a Porky como los personajes de Robin Hood o Sherlock Holmes, entre muchas otras configuraciones), el guion de El día que la Tierra explotó (atribuido a demasiados escritores para nombrar cómodamente aquí) imagina a Lucas (doblaje latinoamericano por Sebastián Llapur) y al cerdito Porky (Ernesto Lezama) como huérfanos criados por el Granjero Juan (Raúl Solo). Una vez que ellos llegan a la adultez, el Granjero Juan les deja su casa y la instrucción de que siempre permanezcan juntos–el momento en sí no tiene mucho sentido, pero es una de muchas libertades que la película se toma con la lógica, algo que comparte con los cortos clásicos.
Las dos líneas de acción se conectan tiempo después: resulta que, en su aterrizaje, el objeto extraterrestre ha destruido el techo de la casa, necesitando una costosa reparación. Después de fracasar en una larga búsqueda de trabajo, los dos conocen a Petunia (Nycolle González), otra cerdita de la que Porky se enamora a primera vista, así como una científica del sabor que les consigue empleo en la fábrica de chicles donde trabaja.
Desde sus primeras secuencias, El día que la Tierra explotó presume una rica flexibilidad de animación y tonos. El descubrimiento del meteorito es un nostálgico homenaje a la atmósfera sombría y dramática de sus influencias de ciencia ficción, mientras que la infancia de Lucas y Porky es presentada en una soleada y optimista parodia de los momentos más sentimentales de las películas animadas actuales. La búsqueda de empleo de Lucas Porky, donde los vemos probar su suerte como baristas o repartidores de periódicos con resultados desastrosos, se siente como un corto original de los Looney Tunes aunque en alta velocidad, mientras que su primer día en la fábrica de chicles es sintetizado en un deleite visual de formas abstractas.
La trama cuenta con una que otra sorpresa, sobre todo alrededor del final, pero por mucha de su duración sigue el camino familiar planteado en sus primeros minutos. Los tres héroes de caricatura deben luchar contra monstruos alienígenas y un plan de control mental mientras que el romance que florece entre Porky y Petunia abre una brecha en la amistad de éste con Lucas–el tono paródico, no obstante, nunca hace que sus momentos emotivos más adelante se sientan falsos; podemos reírnos de que Lucas y Porky tengan un trasfondo tan trillado al mismo tiempo que, cuando la ocasión se presta, los aceptamos como hermanos.

El día que la Tierra explotó se sostiene porque sus chistes funcionan, porque sabe aprovechar la plasticidad y rango de la animación como medio. Las expresiones faciales y corporales de Lucas, Porky y Petunia estiran sus diseños a sus extremos más sensacionales (algo que se ve pocas veces en la animación en tercera dimensión, que tiende cada vez más al realismo fotográfico), mientras que los diseños de los entornos, como es el caso de la nave espacial invasora, convierten unas pocas líneas y colores en absurdos pero potentes escenarios, como sucedía en las obras maestras de Chuck Jones.
El director de la película es Pete Browngardt, animador mejor conocido por crear la serie de Cartoon Network Uncle Grandpa y por previamente revivir a los Looney Tunes en las caricaturas para Max Looney Tunes Cartoons, estrenadas entre 2020 y 2024. Browngardt y su equipo no se apega con absoluta fidelidad al tono y estilo de la época de oro de los personajes. Lucas, quien por parte importante de su duración trata de advertirle a la ciudad que el nuevo sabor de la fábrica de chicles contiene una sustancia de control mental extraterrestre y más adelante se deleita con hacer estupideces, no es la figura egoísta y orgullosa cuyo sufrimiento y frustración resultaban tan disfrutables en los cortos de antaño. Muchos de los chistes cambian el ingenio y la violencia clásica por humor escatológico. Vómito y mocos se vuelven parte importante de su trama o gags. El brevísimo intento de Lucas y Porky por convertirse en influencers puede sentirse como un intento desesperado por apelar al público actual, pero encaja con la tradición de los cortos originales de burlarse de lo que estaba de moda en su momento.
El día que la Tierra explotó, aunque lejos de ser perfecta, es un digno regreso a la pantalla grande para los Looney Tunes. En su realización se notan un sincero cariño por sus personajes: un entendimiento de su caótico espíritu y un reconocimiento de su continuo potencial para entretener. Sus desviaciones de la norma parecen ocurrir porque Browngardt y su equipo los han adaptado a sus propias sensibilidades y no por seguir un dictado corporativo. Hay una tremenda ironía en que, ante un homenaje así, producido por su propia casa de animación, Warner Bros. decidiera prácticamente deshacerse de la película, vendiendo sus derechos de distribución en Estados Unidos a la compañía Ketchup Entertainment (en México llega de la mano de Cinépolis Distribución). Eso me hace menos sentido que cualquier cosa que pasa en la película.
★★★1/2
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