(Mission: Impossible – The Final Reckoning; Christopher McQuarrie, 2025)

Cuando uno piensa en las películas de Misión: Imposible piensa en las espectaculares acrobacias en las que Tom Cruise, su estrella, desafía a la muerte. Trepando montañas en la segunda y el Burj Khalifa en la cuarta. Colgando de un avión en la quinta y de un helicóptero en la sexta. Haciendo paracaidismo desde un avión, también en la sexta, y de una motocicleta en la séptima.

Un argumento que se ha usado mucho para despreciar el cine hollywoodense a partir de los ochenta y noventa es que a éste ya no le interesa contar historias. Que el público solo quiere acción y efectos visuales y, si bien esto es cierto para algunas películas, es más la excepción que la regla. Las películas de Misión: Imposible son un caso ejemplar. Cruise subiendo por las ventanas del edificio más alto del mundo es un asombroso logro de logística y atletismo que provoca un impacto visceral por sí solo. Pero si funciona como secuencia de suspenso y acción es gracias a todo lo que hay a su alrededor. Las escenas previas en las que Ethan Hunt, el espía que interpreta, y su equipo discuten exactamente qué buscan lograr, qué está en riesgo y qué puede salir mal. Donde se reiteran las dinámicas entre los personajes. Son la parte “aburrida” pero necesaria de los blockbusters.

La serie ha sido especialmente hábil en este aspecto, sobre todo desde que Christopher McQuarrie se unió a ella, primero reescribiendo sin crédito partes de la cuarta y escribiendo y dirigiendo las siguientes. Bueno, era. Misión: Imposible – La sentencia final existe para hacer dos cosas: para que Tom Cruise nade entre los restos de un submarino nuclear hundido (un impresionante y masivo set) y haga piruetas en el armazón de un avión en pleno vuelo (uno muy real). Pero, aunque McQuarrie regresa como director y coguionista (al lado de Erik Jendresen), los sólidos fundamentos narrativos de las entregas anteriores prácticamente desaparecen. Cuando estas dos secuencias finalmente ocurren, son efectivamente asombrosas y razón más que suficiente para ver la película en la pantalla más grande posible. Pero todo rastro de personalidad y participación emocional está mayormente ausente. El guion plantea situaciones y nos comunica con insistencia los objetivos de sus personajes, pero los presenta de manera tan mecánica y apurada que apenas y da tiempo para responder a ellos.

Primero que nada, La sentencia final es un confuso desorden. La película es una continuación directa de la anterior, Misión: Imposible – Sentencia mortal Parte 1, pero su primera hora se dedica a recapitular, no solo los eventos de aquella entrega, sino también los de las seis que vinieron antes. El tradicional mensaje con la nueva misión de Ethan (ese que “se autodestruirá en cinco segundos”) empieza con un prolongado agradecimiento a sus treinta años al servicio del IMF, una excusa para que la serie se eche flores con un montaje de sus eventos más memorables.

Es un momento forzado, lleno de inseguridad y desesperación para una serie que se ha caracterizado por lo contrario. Queriendo honrar la finalidad evocada por su título, La sentencia final aspira a ser, no una aventura más sino la aventura definitiva, aquella que da sentido a todas las anteriores. Abunda en referencias, guiños y flashbacks que se esfuerzan por conectar distintos hilos que ni siquiera estaban sueltos, descosiendo el tejido de la serie si es necesario.

Un ejemplo: la Entidad, una inteligencia artificial asesina y el villano de la película anterior, recibe una nueva historia de fondo como el artefacto que Ethan robó en Misión: Imposible III, pero el dato añade poco a nada, abrumando una trama de por sí demasiado cargada de información. Meses después de infectar al internet, la Entidad ahora busca apoderarse de las armas nucleares de las principales potencias del mundo para lograr la aniquilación de la humanidad. Ethan y compañía deben detenerla recuperando su código fuente para socavarla con un virus de computadora.

Por supuesto que ésta no es la primera película de espías, ni de la serie, que trata de un plan de dominación o aniquilación mundial. Lo que hace a La sentencia final más o menos inusual es la seriedad con que se toma. El prólogo establece un panorama bastante desolador. La Entidad se ha apoderado de los arsenales de múltiples naciones y ha inspirado un culto de fanáticos manipulando información en la red. Una escena posterior, cerca del clímax, muestra a la presidenta Erika Sloane (Angela Bassett, repitiendo su papel en la sexta entrega) considerando la aniquilación de ciudades dentro y fuera de Estados Unidos, un momento sacado directamente de Oppenheimer. La sentencia final trata el fin del mundo, no como una vaga amenaza sino como una realidad inmediata e inminente. Pero la decisión no incrementa el suspenso, solo disipa la diversión. La película es tan alegre como un funeral.

¿Qué pasó con estas películas? La sentencia final busca conexiones superficiales a entregas anteriores, sobre todo a la primera. Pero esto, en lugar de dar coherencia y unidad, solo amplifica las incongruencias. William Donloe (Rolf Saxon), el analista de la CIA que es cómicamente desterrado a Alaska después de que Ethan roba la bóveda de la CIA en la película original, regresa como el intento solemne de darle un corazón a ésta. La vida pacífica de Donloe y su esposa Tapeesa (Lucy Tulugarjuk) es un recordatorio de las vidas inocentes que están en riesgo. La sentencia final invierte una famosa frase: la historia se repite, primero como farsa, después como tragedia.

Un efecto secundario de la llegada de McQuarrie a la silla del director de esta serie ha sido una tendencia a la seriedad. Los ágiles enredos inspirados en Alfred Hitchcock de Misión: Imposible – Nación secreta ceden al apocalíptico simbolismo de ésta. McQuarrie es el director que mejor ha complementado las ambiciones de Cruise y aquí eso por primera vez se siente como un problema mayor. Ethan Hunt ya no es solo un espía altamente calificado y de determinación férrea, sino una figura mesiánica (en un momento la Entidad se refiere a él literalmente como “el elegido”).

Para este punto queda claro que el tema principal de las películas recientes de Cruise es su propio lugar dentro de la industria del cine. Misión: Imposible – Repercusión lo contraponía a Henry Cavill, una estrella más joven mejor conocida por interpretar a un superhéroe, entonces el género dominante en la taquilla. Top Gun: Maverick reiteraba su relevancia entrenando, uniendo y finalmente superando a un equipo de jóvenes impetuosos. La sentencia final continúa las ideas de Sentencia mortal Parte 1 haciendo de Ethan Hunt el héroe humano y análogo en un mundo de inteligencia artificial. Pero este subtexto no es suficiente. Estos homenajes que Cruise hacía a él mismo eran disfrutables cuando venían acompañados de historias bien armadas, pensadas para el disfrute de la audiencia. En La sentencia final, la única persona que parece divertirse es Tom Cruise.

La película se mueve torpemente entre secuencias de acción que, frustrantemente, están bien realizadas. Digo frustrantemente porque, aunque la experiencia final me pareció tediosa, tiene partes que definitivamente quiero volver a ver antes de que salga de cines. Me refiero por supuesto a sus dos piezas principales, pero incluso las secuencias de acción más pequeñas, menos llamativas, como los combates cuerpo a cuerpo, están ejecutadas con planos abiertos y cámara fija y dramática que permiten leer y sentir el impacto de las hábiles coreografías. Detrás de la cámara, McQuarrie se sigue desempeñando con la confianza de un veterano.

Pero a estas películas les ha pasado lo mismo que a las de Rápido y furioso que, tras la muerte de Paul Walker, dejaron de sentirse como las aventuras de un equipo para convertirse en masajes al ego de la persona que aparece primero en los créditos, aderezados con referencias huecas a la amistad o la familia. La sentencia final hace gestos hacia lo que debemos sentir y tiene momentos diseñados para explotar el lazo emocional que hemos construido con los amigos de Ethan. Pero la película, aunque les da cosas que hacer, los integra de manera intercambiable y superficial; están ahí para mantenerse ocupados y que su estrella brille sin distracciones. De nuevo tememos por la vida de Tom Cruise, pero Ethan Hunt nos importa poco o nada. Misión: Imposible – La sentencia final no es horrible, pero tampoco es el cierre que merece la franquicia hollywoodense de acción más consistente y asombrosa de las últimas décadas.


★★1/2


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