(The Phoenician Scheme; Wes Anderson, 2025)
El estilo de Wes Anderson parece ser un arma de doble filo. Por un lado, es un sello inconfundible, algo que desde el principio nos deja reconocer sus películas como la obra de un artista singular con una visión única e irrepetible del mundo. Por otro, Anderson es tan cuidadoso con la superficie de sus películas que podemos pensar que no hay nada debajo de ellas, que sus decisiones brotan del puro capricho, de una simple afinidad por lo lindo y peculiar. Que Anderson está tan ocupado con construir sus propios mundos que pierde cualquier conexión con el mundo real.
Pero el estilo de Anderson es preciso en más de una manera: complementa a los personajes y a sus dramas incluso cuando, a primera vista, juega en contra de ellos. Sus películas están tan llenas de detalles, pero prácticamente ninguno de ellos sale sobrando. Tómese como ejemplo el inicio de su película más reciente, El esquema fenicio. El rico industrialista Anatole “Zsa-Zsa” Korda (Benicio del Toro) vuela en un avión privado cuando la cola de éste explota de repente. Zsa-Zsa corre a la cabina, donde el piloto (Stephen Park) teme por su vida. Zsa-Zsa, frío y duro, lo despide, primero laboral y después literalmente eyectando su asiento. Anderson guía nuestra atención exactamente hacia donde quiere; ninguna toma o corte está de sobra. También prescinde de cualquier suspenso tradicional; todo pasa tan rápido que no tenemos tiempo de temer por las vidas de ambos. La historia profundizará más adelante en el personaje de Zsa-Zsa, pero estos primeros minutos nos hablan de él con una feroz y divertida eficiencia.
Zsa-Zsa muere pero, en una muestra de la terquedad que lo caracteriza, no se queda así por mucho tiempo. Éste es solo el más reciente de muchos atentados contra su vida. Cuando se levanta del maizal donde el avión se estrella, Zsa-Zsa escupe un diente y minimiza sus heridas diciendo que lo que le sale del estómago no es más que un órgano vestigial. Rivales políticos y competidores económicos ponen bombas en su camino y veneno en su comida y a éstos ya se ha acostumbrado.

La forma en que se aferra a la vida sería admirable si fuera una persona más o menos buena. Como empresario, Zsa-Zsa es infame por la usura y corrupción, insertándose a tratos importantes y cobrando comisiones que le merecen el apodo de “Señor Cinco Por Ciento”. Dos gags recurrentes nos hablan de su comodidad con la violencia. Cada que se presenta con alguien, Zsa-Zsa le ofrece una granada de mano. También reconoce a varios asesinos a sueldo como viejos empleados suyos, sugiriendo que este hombre que muchos quieren muerto también quiso muerto a muchos otros. Otro gesto revelador: Zsa-Zsa no ve como problema que sus proyectos utilicen esclavos como mano de obra, aunque la película le atribuye esto a la ignorancia más que a la malicia. La vaga mención de un estipendio para ellos basta para tranquilizar su mente.
Zsa-Zsa ha dedicado su vida a una ambiciosa serie de obras de infraestructura en Fenicia, otro de los países inventados de Anderson (como la Zubrowka de El gran hotel Budapest) pero claramente inspirado en las naciones del Medio Oriente. Sus planes, no obstante, se ven frustrados por un cartel que se ha aliado en su contra para manipular el precio de los materiales de construcción. Zsa-Zsa debe negociar con sus aliados e inversionistas en Fenicia para cubrir el déficit o pagarlo agotando su fortuna personal. En su viaje lo acompañan Bjørn Lund (Michael Cera), un tutor y entomólogo que hace también de su asistente personal, y Liesl (Mia Threapleton), su única hija y a quien ha seleccionado como su heredera a pesar de tener otros nueve hijos varones. Liesl se resiste al principio. Ella espera convertirse en monja, además está convencida de que Zsa-Zsa tuvo algo que ver con la muerte de su madre, aunque él insiste que no es así.
El viaje por Fenicia involucra una serie de encuentros con coloridos personajes, la gran mayoría sacados del repertorio de intérpretes que Anderson ha cultivado a lo largo de su carrera: Tom Hanks, Bryan Cranston, Mathieu Amalric, Richard Ayoade, Jeffrey Wright, Scarlett Johansson, Benedict Cumberbatch, Rupert Friend y Hope Davis regresan después de uno o varios proyectos con él. Threapleton y Riz Ahmed, quien hace del príncipe y heredero de Fenicia, son las adiciones destacadas a su universo–las visiones que Zsa-Zsa tiene alrededor de su muerte permiten cameos de otros favoritos suyos como Willem Dafoe, Bill Murray y F. Murray Abraham.

Un elenco tan numeroso sugiere una historia inflada, pero El esquema fenicio nunca descuida su enfoque de Zsa-Zsa y sus relaciones más íntimas. La película fluye de manera episódica, yendo de una negociación a otra–Zsa-Zsa las explica usando cajas de zapatos; éstas delimitan capítulos claros como los actos de la obra de teatro de Los excéntricos Tenenbaums o los artículos de revista de La crónica francesa. Es más, El esquema fenicio se siente un poco más amigable o accesible que sus experimentos recientes como Asteroid City en parte porque regresa a territorio que ha explorado antes. Del Toro toma la batuta del patriarca severo, distante y un tanto cruel que se ablanda poco a poco, como hicieron Gene Hackman en Los excéntricos Tenenbaum y Murray en La vida acuática con Steve Zissou.
Anderson trabaja en un lienzo más grande. Aunque filmada en el estudio Babelsberg de Alemania, El esquema fenicio construye todo un mundo con su respectivo contexto geopolítico que, aunque inventado, nos remonta a los grandes proyectos de infraestructura que empresas estadounidenses emprendieron alrededor del mundo. Pero la película no se trata en realidad de cómo un hombre de enorme riqueza y ambición moldea el mundo que lo rodea. Más bien ocurre lo contrario. El mundo de la película refleja las capas de su protagonista individual, así como el gradual descongelamiento de su corazón. La ambientación en un Medio Oriente imaginado cobra más sentido si pensamos que, como los faraones egipcios, Zsa-Zsa procura su legado a través de enormes obras de construcción. Su creciente simpatía con el guerrillero rebelde de Ayoade están ahí para sugerir cómo descarta viejos valores. Una historia de su infancia, en la que Zsa-Zsa traiciona a su servidumbre para quedar bien con su padre (cosa que por supuesto no funciona) habla de cómo se heredan los vicios y traumas de una generación a otra.
Reducida a sus elementos más básicos, El esquema fenicio es una cosa muy sentimental. Pero aquí, el estilo de Anderson juega un par de funciones adicionales: protege a la película de la obvia manipulación y sensiblería, refleja la distancia de sus personajes con sus propias emociones y también resalta los absurdos. Zsa-Zsa negociando por medio de un juego de basquetbol, o peleándose con un familiar en una coreografía sacada de una caricatura parecen decirnos que los importantes negocios entre grandes hombres no son mucho más que pleitos infantiles. Los personajes inexpresivos de Anderson le quitan el drama al drama para que podamos ver esas emociones que ya conocemos con ojos nuevos. El esquema fenicio no es su mejor película, pero es un genial recordatorio de lo que lo hace tan especial y único como creador y artista.
★★★★
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