(Janett Juárez, 2025)

No hay muchos actores en los que confiaría de su capacidad para cargar con casi todo el peso de toda una película, pero Raúl Briones definitivamente es uno de ellos. A mi parecer, su trabajo más impresionante ha sido como el explosivo, carismático y complicado protagonista de la reciente La cocina de Alonso Ruizpalacios. Su interpretación como el agorafóbico Víctor en Un mundo mejor, un tierno drama escrito y dirigido por Janett Juárez, puede ser menos llamativa pero no por eso deja de ser una muestra de gran capacidad actoral. Entre los muchos desafíos que la película le plantea están el interpretar una condición debilitante que bien se podría prestar a la lástima, sostener nuestro interés y simpatía cuando prácticamente no se despega de la pantalla ni sale de una misma locación, y compartir escena con un niño para quien además fue coach de actuación. La película está hecha con buenos materiales, pero si estos logran convertirse en un todo coherente y efectivo es gracias a la solidez de Briones como pieza estructural.

Un factor adicional que contribuye al nivel de responsabilidad y dificultad involucrado es que Un mundo mejor es técnicamente también una película sobre ese tema que el cine mexicano reciente, no sin razonez, ha tocado una y otra vez: la violencia. Al inicio de la película, Víctor, sale del supermercado en Monterrey cuando una camioneta se detiene a su lado y de ella salen un par de hombres que lo llevan contra su voluntad. El momento pasa muy rápido, pero igualmente nos ofrece una probada de caracterización. Víctor alcanza a recibir una llamada a la que responde en tono confiado y bromista, una indicación de lo mucho que su personalidad cambiará tras este traumático evento.

No sabemos mucho de lo que pasa durante su secuestro, lo que de alguna manera es más efectivo porque invita a nuestra mente a llenar los espacios vacíos. Ocho meses después, Víctor está viviendo en Estados Unidos pero padece de una agorafobia que lo vuelve incapaz de salir siquiera al patio de su casa. Una alarma y una puerta con tres candados lo protegen de las intrusiones del mundo exterior. Un librero con cómics, juguetes de colección y videojuegos, nos sugieren que, como mecanismo de defensa, Víctor ha regresado a la mentalidad de un niño. Su rutina es monótona, pero conocerla no resulta necesariamente aburrido porque cada detalle ayuda a completa nuestra imagen de él. Sus días se dividen entre su trabajo como diseñador gráfico, jugar videojuegos y servirse las comidas preparadas que le deja una repartidora que toca el timbre en un código especial. Por videollamada consulta a un psicólogo (Sergio Quiñones), pero no muestra mucho interés en comunicarle lo que siente ni en mejorar. En las noches lo atormentan destellos de su tiempo secuestrado.

Víctor no tiene excusas para salir hasta que se aparece Santiago (Mateo Díaz), su vecino de siete años. Queriendo recuperar unos dardos de juguete que han caído en el patio de Víctor, Santiago trepa su barda y se cae, rompiéndose la muñeca. Víctor, más por instinto que por voluntad, como explica más adelante, corre a su auxilio. Santiago se recupera y regresa a la casa de Víctor, primero porque su mamá Myrna (Sonia Franco) le dice que le pida las gracias, después por su propia curiosidad por los juguetes y juegos de Víctor y finalmente porque lo considera su mejor amigo. Un mundo mejor se convierte entonces en una de esas películas sobre una amistad improbable, pensada para hacernos salir del cine con un sentimiento cómodo e inspirador. Santiago, por lo menos al inicio, es esa persistente fuerza infantil e inocente que obliga a Víctor, no tan viejo pero sí un poco cascarrabias, a vencer sus miedos y aprender obvias pero necesarias lecciones sobre la vida.

Se trata de un subgénero muy sentimental y Un mundo mejor tiene más de un momento en el que se le pasa la mano y donde su mensaje parece verbalizarse a través de clichés. Pienso en las conversaciones de Víctor con su psicólogo–aunque la terapia es un lugar razonable para que tales afirmaciones y consejos se integren orgánicamente a la trama–y la canción que acompaña el montaje que muestra cómo Víctor y Santiago se vuelven amigos. Tampoco me pareció que el chiste contenido en su último diálogo funcionara de verdad.

Pero Un mundo mejor balancea todo esto con una melancolía que hace que sus momentos más emotivos se sientan merecidos o, por lo menos, no tan incómodos. Juárez y su director de fotografía Marcelo Vera fotografían la película en formato panorámico, una relación de aspecto que se presta más para los grandes paisajes que para los rostros y las interacciones humanas. Pero la decisión es finalmente acertada, pues los espacios vacíos en el cuadro ayudan a destacar los interiores fríos y grises de la casa de Víctor, acentuando su soledad y aislamiento.

Un mundo mejor puede sonar demasiado melosa para una película que, en su raíz, se trata de la violencia en México–es la razón de la condición de Víctor, pero también termina siendo un contexto importante para Santiago. Uno puede decir que, al centrarse solo en la amistad de Víctor y Santiago, la película pierde el panorama verdadero de la violencia en México. Pero lo que me parece precisamente refrescante es que puede tocar el tema y el dolor sin abusar de las imágenes de siempre ni tener que mostrar sus efectos más inmediatos y obvio. Esto la libera para explorar algo más interno, los efectos que persisten en la mente y en la vida cotidiana.


★★★


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