(After the Hunt; Luca Guadagnino, 2025)
Desde el auge del #MeToo entre los años de 2017 y 2018 han aparecido numerosas películas relacionadas a él. Para este punto se puede hablar de éste, no solo como un movimiento mundial contra el abuso y el acoso sexual, sino también como un subgénero cinematográfico. Como sucede con cualquier género, las películas sobre el #MeToo se apegan a ciertas expectativas, pero también permiten algo de flexibilidad. Un ejemplo es el del punto de vista. Ha habido películas centradas en las víctimas (El escándalo, el documental Black Box Diaries), en los acusados (Tár, No hagas olas) o en periodistas encargados de sacar estos casos a la luz (Ella dijo).
Hay otra opción que pudiera no parecer tan interesante pero que de hecho produjo la que, a mi parecer, es la mejor película de este ciclo. La asistente, de Kitty Green, seguía a una joven que sospecha que su jefe, un poderoso productor de cine, está aprovechándose de mujeres jóvenes. Este enfoque puede parecer poco intuitivo, pero como la película lo demuestra, tiene la capacidad de mostrar cómo la sociedad en general responde a una crisis de dicha magnitud. Jane, la protagonista de La asistente, no es una víctima directa, pero está atravesada por la incertidumbre, su potencial complicidad, el impulso de hacer lo correcto y la inercia de que las cosas sigan como son.
Éste parece ser el ángulo que le interesa a Cacería de brujas de Luca Guadagnino, una película por momentos fascinante, pero de resultados finalmente irregulares. La historia se desarrolla en la universidad de Yale y se detona cuando Maggie Resnick (Ayo Edebiri), una estudiante del doctorado en filosofía, acusa a su profesor Hank Gibson (Andrew Garfield) de abusar sexualmente de ella. Los eventos, no obstante, llegan a nosotros a través de los ojos de otra profesora, Alma Imhoff (Julia Roberts), amiga cercana de Hank y mentora de Maggie.
Alma es la primera persona en quien Maggie confía su historia y a quien Hank corre para tratar de defenderse y justificar sus acciones. Queda claro que Maggie está en un dilema. Por un lado, está la seriedad de la acusación y el daño que Maggie posiblemente ha sufrido. Por el otro, su lealtad a un colega estimado y amigo, quien le da razones para dudar del carácter y motivos de Maggie. Hank dice haber descubierto a Maggie plagiando su tesis, y que la noche del presunto abuso él solo buscaba confrontarla sobre eso.

Cacería de brujas no encuentra mucha intriga alrededor de qué ocurrió exactamente. El guion, de Nora Garrett, nunca se adentra demasiado en la vida de Maggie como para hacernos desconfiar de ella. Garfield, mostrando un poco del encanto de sus papeles más jóvenes, interpreta a Hank como alguien superficialmente simpático y elocuente, pero también ligeramente patético. Un hombre aferrado a su juventud que no vería problema con coquetear o cruzar otros límites con sus estudiantes mujeres. En la fiesta, cuando lo conocemos por primera vez, él pone su mano en el muslo de Maggie; más adelante él la acompaña a su dormitorio y, aunque ella se va voluntariamente, también se nota incómoda.
Sin este misterio, lo que nos queda es el día a día de Alma. La vemos tratando de distanciarse del escándalo, peleándose ocasionalmente con su frustrado esposo Frederik (Michael Stuhlbarg); confiando de vez en cuando en su amiga consejera escolar Kim (Chloë Sevigny) y dando clases. Parte de lo que hace interesante a la película, por lo menos en papel, es cómo la acusación de Maggie se sitúa en un ambiente como la universidad. Sus personajes no solo piensan en procurar justicia ante lo ocurrido, también en sus carreras. Sus acciones, por su parte, contrastan con las preguntas éticas abstractas de las que hablan en el salón de clases, lo que sugiere una hipocresía: una institución que se declara progresista, pero es en el fondo un baluarte del estatus quo. Maggie, aunque agradecida con la reportera que le está ayudando a divulgar su historia, también lamenta que su dolor se haya convertido en fuente de reconocimiento profesional para otra persona. Alma habla del panóptico y las sociedades de control de Foucault sin guiño o reconocimiento de su propio rol en la exclusión y castigo social de Hank.
Cacería de brujas puede leerse como reaccionaria, como una película de valores finalmente conservadores. En algún momento Maggie lamenta que su experiencia como mujer negra ha sido opacada por las vidas de blancos, justo lo que sucede en el guion. Y efectivamente hay momentos en los que la película parece compartir la amargura que sus personajes adultos blancos sienten hacia sus estudiantes jóvenes más diversos. Hay toques que rayan en lo burlón: muchachos que, como los de Eddington, protestan sin una verdadera razón; una conferencia sobre yihadismo femenino dada por un hombre.

Situar la historia en Yale, una de las instituciones más exclusivas y costosas de Estados Unidos, nos orilla a pensar en Maggie y sus compañeros como chiquillos privilegiados que nunca han sufrido en su vida. Hank reitera que Maggie viene de una familia rica que ha donado millones a la universidad, mientras que él solo ha podido procurar su posición más o menos estable a través de esfuerzo y deudas. El análisis que Alma hace de ella, como una oportunista más preocupada con proyectar corrección política que en ser auténtica, se siente básicamente correcto.
Una forma más generosa de interpretar la película es que ésta quiere poner en duda nuestras certezas y confrontarnos con nuestros prejuicios en lugar de confirmarlos. Ni Hank tiene que ser un villano perfecto ni Maggie una víctima intachable para juzgar los hechos por lo que son. Y si la película no castiga a sus personajes es quizá para reflejar la forma en que el mundo, desafortunadamente, funciona. El momento en que la película finalmente hizo clic para mí ocurre cerca del final e involucra una revelación sobre el pasado de Alma que es pertinente a cómo hemos tratado el movimiento #MeToo como sociedad. Las experiencias personales de Alma, como puede suceder con las de nosotros, ayudan a llenar los huecos que encontramos al escuchar las de los demás. A quienes normalizan o minimizan ciertos comportamientos o formas de relacionarnos, nos cuesta reconocer cuando otros límites se han roto. Alma, producto de un feminismo surgido décadas atrás, puede presumir su ascenso en un mundo dominado por hombres, pero no sin asumir los sesgos y prejuicios de su época, y eso le impide entender verdaderamente la acusación de Maggie.
Es una idea interesante, pero la película la presenta como una revelación emocionante cerca del clímax, lo que tiene consecuencias desastrosas para su drama y suspenso. Alma solo cobra sentido gracias a esta pieza clave de información, por lo que sus acciones hasta ese momento se sienten indiferentes y sin rumbo. La película no nos da una razón para interesarnos en ella hasta que es demasiado tarde para hacerlo. Se siente hasta tramposo, ciñéndonos a lo que hace su personaje, pero no a lo que éste sabe en realidad y que informa profundamente su experiencia.

Si Cacería de brujas más o menos se salva es gracias a la mano de Guadagnino, un director que, en mi opinión, ha hecho la transición del cine de arte europeo al cine comercial estadounidense con mayor facilidad que otros. Guadagnino puede ser genialmente artificioso, como demuestran el clímax de Desafiantes o los escenarios y elecciones musicales de Queer. Pero, a diferencia de alguien como Yorgos Lanthimos, cuyo estilo es tan llamativo que ruega por la estampa de autor, Guadagnino es un poco más modesto y dispuesto a adaptarse a lo que la historia le exige y cómo con los viejos placeres de ver estrellas encantadoras dar forma a sus personajes.
La intimidad y pertinencia social de Cacería de brujas le exigen cierto realismo y moderación, pero también se prestan para una ansiedad que logra transmitir con efectividad. La atmósfera se plantea desde los tonos invernales de la fotografía de Malik Hassan Sayeed y un guiño a Woody Allen a través de su elección de tipografía de créditos. La tensión aparece en el reloj que acentúa momentos claves, así como en la música de Trent Reznor y Atticus Ross, cuyas notas de piano pueden sentirse como inquieta y caótica improvisación o una persistente e incómoda nota repetida.
Su trabajo no es perfecto, hay momentos en los que la película corta demasiado rápido o sin razón (lo noté más en la fiesta del inicio). Pero en otros, como cuando Maggie, temblando y cubierta de lluvia, hace su acusación, la profundidad de campo y el acomodo del cuadro crean una distancia emocional escalofriante. Éste y otra conversación de Alma y Maggie durante una cena, con cortes constantes a sus manos nerviosas, son lo más emocionante que la película me deja. Son destellos de un cineasta comercial con un ojo para las pequeñas intensidades del comportamiento humano. Uno que, con un guion más enfocado y pulido, podría haber convertido las preocupaciones del momento en un íntimo y tenso thriller, así como un comentario provocador sobre un tema delicado. Cacería de brujas no funciona como ninguna de las dos.
★★1/2
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