(左撇子女孩; Shih-Ching Tsou, 2025)
Los cinéfilos casuales que lleguen a La chica zurda seguramente lo harán por Sean Baker (y me cuento entre quienes así lo hicieron). La película se estrenó en la Semana de la Crítica del festival de Cannes y se convirtió en la nominación de Taiwán para el Oscar de Mejor Película Extranjera, pero estos distintivos quizá no llamen tanto la atención como los créditos de coguionista y editor para Baker, quien antes de arrasar en los Óscares con Anora ya se había convertido en uno de los nombres más sonados del cine independiente de Estados Unidos.
Baker no es necesariamente la principal fuerza creativa de la película, que es dirigida por Shih-Ching Tsou, con quien codirigió la película de 2004 Take Out (La chica zurda es la primera película que Tsou dirige en solitario). Pero su cine es igualmente un punto útil de comparación y referencia. Como muchas de las películas de Baker, La chica zurda se concentra en las dificultades de personas que a duras penas alcanzan a cubrir sus necesidades del día a día. Como El proyecto Florida, la película de Baker que más me ha gustado, La chica zurda se acerca a los problemas adultos desde una mirada infantil.
Su inicio ilustra esta idea de manera muy literal: un colorido caleidoscopio con el que la pequeña I-Jing (Nina Ye) se entretiene mientras ella y su familia llegan al apartamento de Taipéi donde empezarán una nueva vida. La música, optimista y de cuerdas ligeras, lo marca como una alegre ocasión llena de esperanza. La dinámica entre la madre Shu-Fen (Janel Tsai), su hija joven adulta I-Ann (Shih-Yuan Ma) e I-Jing queda clara desde el inicio cuando las tres comparten una cena de fideos instantáneos. I-Ann, con esa malicia típica de alguien recién salida de la adolescencia, asusta a la niña con la leyenda urbana de un hombre que murió por comer demasiados fideos. I-Jing, una pequeña impresionable de menos de diez años, queda levemente perturbada mientras Shu-Fen apenas tiene atención y energía para regañar a la mayor.
Las necesidades económicas son una preocupación más urgente, por lo que Shu-Fen rápidamente se establece montando un puesto de fideos en un mercado local. I-Ann, quien lucha por su independencia, consigue trabajo en un local que vende nuez de areca, aunque su jefe y sus clientes claramente la valoran más por su apariencia y sus atuendos reveladores. En esta vida tan apurada, I-Jing se convierte en algo así como una carga. Su cuidado es una inconveniencia para mujeres que llevan vidas ocupadas–la abuela Xue-Mei (Xin-Yan Chao), quien releva a Shu-Fen e I-Ann de vez en cuando, tiene su propio negocio clandestino llevando mujeres a Estados Unidos.

El valor de la película está, no en mostrarnos lo que I-Jing sufre, sino en su capacidad de meternos poco a poco a su mente. Aunque la película nunca nos muestra directamente lo que ella piensa o se imagina, en su rostro y sus acciones podemos ver cómo trata de explicar lo que pasa a su alrededor y viene a entender su capacidad de influir en él. La subtrama que alude directamente al título lo muestra con mayor claridad. I-Jing es zurda y, cuando su abuelo (Akio Chen) la nota usando la mano izquierda para comer el elevador, él le empieza a inculcar la superstición de que ésta contiene la maldad del diablo, lo que I-Jing toma con absoluta seriedad y literalidad.
En I-Jing vemos una conciencia que se forma. I-Ann y Shu-Fen ofrecen, no solo ejemplos a seguir, pero también una mirada a lo que la adultez posiblemente le aguarda. El encuentro gradual de estos mundos es reforzado por la fotografía. Composiciones profundas (en las que tanto el frente como el fondo se mantienen enfocados) nos muestran a Shu-Fen y a I-Ann discutiendo temas adultos mientras I-Jing dibuja o se entretiene con otra cosa pero, podemos intuir, también absorbe las preocupaciones de las dos.
El estilo visual puede atribuirse parcialmente a que la película fue fotografiada en iPhone. La medida, por supuesto, tiene varios precedentes: Tangerine: Chicas fabulosas, la película que puso a Baker en el ojo del mainstream, fue filmada con el modelo de la época; previamente este año lo vimos empleado en Exterminio: La evolución, ya una película de grandes estudios. Aquí, la decisión de Tsou y los directores de fotografía Ko-Chin Chen y Tzu-Hao Kao parece motivada por razones prácticas, principalmente la de fotografiar los concurridos mercados callejeros de Taipéi como una producción pequeña.
Pero al abrazar también lo que es diferente o “digital” del formato, también producen efectos emocionantes que, extrañamente, se sienten más “cinematográficos” que mucha de la fotografía digital para películas de hoy en día. El uso de equipo rudimentario y no profesional ciertamente añade a la crudeza y realismo de una historia que se desarrolla en un ambiente de precariedad. Pero la profundidad del formato también le permite mostrar con absoluto detalle las bulliciosas calles y mercados de una metrópolis como Taipei. Nuestros ojos pueden divagar y perderse entre la abundancia de coches, puestos, personas, colores y luces que en conjunto ayudan a construir una ciudad que se siente viva y siempre en movimiento.

La historia de La chica zurda es igualmente movida. Tiene suficientes giros y eventos telenovelescos para, en papel, sonar como un melodrama. Un padre moribundo, una sorpresiva revelación de parentesco y un intento de mutilación son algunos de sus elementos más oscuros. Pero el guion de Tsou y Baker, con una mano ligera y hábil, los acomoda como los enredos de una comedia: una mención casual de la fiesta de cumpleaños de la abuela prepara el camino para un clímax donde los nervios de una reunión familiar se desbordan por una confrontación inoportuna. Un enfrentamiento con las autoridades de migración se resuelve con una graciosa confusión en la que parece jugar la mano del destino. Los muchos hilos de la trama se sienten incompletos y poco desarrollados por sí solos, pero se enriquecen al entrelazarse. Sus personajes brillan, no como individuos, sino como familia.
La chica zurda puede dejarnos con un sentimiento de esperanza sin minimizar las difíciles circunstancias de su historia. Tanto como puede haber crueldad y mezquindad sin sentido también pueden aparecer bondad y buenas intenciones. El rentero que no se toca el corazón ante las dificultades de Shu-Fen es balanceado por la presencia de Johnny (Brando Huang), el dulce colega vendedor que se enamora de ella. Sus historias se resuelven con cierto azar, pero no sin razón, y su trío de protagonistas está tan bien delineado que nunca se sienten como meros receptáculos de tragedias.
La película insiste en su humanidad al darles motivos complicados, así como una agencia y compasión que emerge cuando la vida las reta. Shu-Fen encarna una silenciosa resiliencia que raya en la resignación. La terquedad y amargura de I-Ann se ven en una luz muy diferente después de la revelación del final, mientras que su cuidado de I-Jing revela una dulzura maternal que complementa en lugar de chocar con sus ansias de autonomía. Y en I-Jing, por supuesto, no solo vemos a una pequeña que despierta nuestra ternura, pero también una mente que empieza a entender y a influir en el mundo que la rodea.
★★★★
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