(Nicolás Pereda, 2025)
Solo he visto tres películas de Nicolás Pereda (Fauna, Lázaro de noche, la próxima a estrenarse Cobre) pero en ellas alcanzo a notar un estilo y forma de trabajar distintivos. En primer lugar, su equipo recurrente de actores: Teresa Sánchez, Luisa Pardo, Lázaro Gabino Rodríguez y Francisco Barreiro. En cuanto a su forma de filmar y editar: planos largos y lejanos en los que se desarrollan escenas completas y donde los cortes se reservan entonces para llevarnos de una secuencia a otra. Sus temas: una tensión o juego constante entra la realidad y la ficción, donde sus actores interpretan personajes con sus mismos nombres; posiblemente versiones ficcionalizadas de sus personalidades reales, o invenciones totales. En el caso de Lázaro de noche y Fauna, ambas películas empiezan como una historia para terminar contando una totalmente diferente, posiblemente imaginada por sus propios personajes.
Todo esto hace que estas tres películas se sientan, en cierta medida, como bromas. Burlas a quienes esperamos una historia tradicional con un inicio, un desarrollo y un desenlace, con personajes consistentes y con metas que se cumplen o se frustran. Empezamos viendo lo que parecen tranquilos y contemplativos dramas (abundantes en el cine mexicano actual, aunque no sus películas más vistas) en los que poco a poco aparecen extrañas y chistosas interacciones hasta que terminan de la manera más abrupta, dejándonos con más preguntas que respuestas.
Se me ocurren dos maneras de reaccionar a esto. Podemos abandonar las películas enojados con Pereda por haber roto ese acuerdo implícito típico entre cineasta y espectador, donde el primero se compromete a contarnos una historia siguiendo reglas con las que estamos ya familiarizados. O podemos sentarnos y reflexionar nuestra reacción inicial. Si la película nos frustra, ¿por qué nos frustra? ¿Qué esperábamos y por qué no se parece a lo que encontramos? ¿Qué cosas nuevas nos revela, sobre cómo vemos las películas o sobre nuestras propias vidas? Me acerqué a Lázaro de noche queriendo contestar estas preguntas y lo que encontré me pareció gratificante.
El planteamiento es engañosamente simple. Los dos personajes que encontramos en la primera escena tienen un dilema bastante claro. Luisa (Luisa Pardo) y Barreiro (Francisco Barreiro) tienen una aventura y no quieren que Lázaro (Lázaro Gabino Rodríguez), novio de ella y amigo de él, se entere. Por su parte, Lázaro, también actor como ellos, parece tener una meta clara: conseguir un papel en la nueva película de Esquivel (Gabriel Nuncio), un director de cine.

Poco a poco, Lázaro de noche nos da detalles que nos invitan a cuestionar lo que vemos, o que sugieren que la película se está burlando de sí misma. Esquivel menciona que él no hace castings típicos, que prefiere ver a sus actores realizando tareas simples y cotidianas como tomarse un vaso de agua—cosa que Lázaro está haciendo en ese momento y que los personajes de la película harán constantemente. Tampoco busca que sus actores se conviertan en los personajes, sino más bien, al reves; es una filosofía que no parece tan lejana de la del mismo Pereda.
Al poner estas ideas sobre la mesa, Lázaro de noche nos invita a prestar atención a la forma en que ella, y las películas en general, están hechas. Especialmente a preguntarnos por el proceso que siguen actores y directores para crear lo que vemos en la pantalla. ¿Qué es “real” y qué puede considerarse una invención? La respuesta parece obvia, pero el debate ha estado con el cine prácticamente desde su invención. Si el cine se desprende de la fotografía y la fotografía puede hacer una reproducción más o menos fiel de la realidad (otro debate), entonces lo que vemos en la pantalla es un registro de personas haciendo acciones reales. Las películas, incluso las de ficción, donde los actores toman acciones deliberadas y artificiales, siempre captan algo de realidad. ¿Dónde trazamos la línea entonces?—ésta es una pregunta que la mayoría de las películas despiertan, pero que Lázaro de noche, por su diseño, pone al frente y al centro.
Sus juegos con el sonido complican un poco más la cosa. Luisa y Lázaro tienen una conversación en un restaurante, pero ésta se escucha sobre una escena de ellos, en silencio, viendo un concierto en un teatro. Más adelante, Lázaro y su madre (Teresa Sánchez) discuten si la computadora de él se escucha en la habitación contigua; la cámara se queda en la computadora pero el sonido desaparece con ellos. Incluso si la película tiene algo de “realidad” también nos reta al momento de, en nuestra mente, construir una realidad coherente.
Por otra parte, Lázaro de noche tiene momentos tan cotidianos que parecen extraídos y observados de la realidad misma, pero que al mostrarse como lo hace, se sienten curiosos. Si una de las funciones del arte es convertir lo familiar en extraño, la película lo logra mostrándonos estos momentos de una forma parecida a como los vivimos en el momento: sin una idea de a dónde van, ni de cómo se conectan con el resto de nuestras vidas.

Al colocar su cámara desde lejos, Lázaro de noche nos da la perspectiva que hallamos solo cuando nos acordamos de ellos. Algunos momentos tienen un absurdo intrínseco. Lázaro visita a Esquivel, pidiendo dinero y actualizaciones sobre su audición, pero parece no darse cuenta de lo incómoda que es la situación. El pleito entre Lázaro y su madre se transforma súbitamente en una lección de baile. Y cuando Luisa finalmente le cuenta a Lázaro de ella y Barreiro, los dos parecen totalmente desinteresados en discutir; es lo opuesto a la pasión y celos que esperamos ver en películas sobre triángulos amorosos—en sus momentos más apagados e inexpresivos, la siento hermanada con las comedias de Martín Rejtman. Otros escenarios llaman atención a cómo nuestro día a día nos pide las mismas actividades del actor. Podríamos decir que, al tratar de esconder su aventura, Luisa y Barreiro deben interpretar una ficción ante un público de uno: Lázaro. Y que Lázaro, al insistir que se dirijan a él con el nombre de Lázaro y no Gabino, está eligiendo un rol que interpretar.
Éstas son, por supuesto, observaciones casuales y no definitivas. Tampoco me atrevo a dar una explicación del segmento final de la película, donde Rodríguez y Sánchez (¿o Lázaro y su madre?) hacen una reinterpretación de la historia de Aladino. Quizá el cuento, con su preocupación con la riqueza, sirve como contrapunto o comentario a las preocupaciones económicas que sus personajes, y los actores en general, experimentan en la primera parte—Lázaro le propone a Esquivel que le pague a sus actores por hacer audiciones, mientras que la madre de Luisa le consigue un trabajo para que se regrese a León.
Pero de nuevo, siento que estoy metiendo de mi propia cuchara. Si algo encuentro tan especial en el cine de Pereda no son las respuestas que da ni las preguntas que plantea. Más bien, su capacidad para construir ambientes, inciertos pero cotidianos, misteriosos pero juguetones, donde todo puede decirnos algo o nada pero donde estamos abiertos a decidir ese sentido. Este espíritu parece un efecto secundario de su forma de trabajar: con un elenco y equipo reducido de amigos, donde la meta no parece ser la de contar una historia, sino la de explorar lo que se puede crear con lo que se tiene cerca. Si en efecto nos está jugando bromas, me da gusto reírme con él.
★★★★
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