(José Luis Isoard Arrubarrena, 2026)

No sé si Elena, la protagonista de Una canción sobre lo que sea, me cae bien o me cae mal, pero siento que eso habla bien de la película. Los personajes complejos son algo que solemos atesorar en el cine. Si nos vemos reflejados en alguien que al inicio nos desagrada es quizá porque éste fue imaginado con las bondades y asperezas de una persona de carne y hueso. En Elena veo a una joven que puede ser abrasiva, cortante y egoísta. Pero también a alguien con preocupaciones más profundas y universales: las de una persona a la que le cuesta conectar con otras y las de una artista insegura a punto de tirar la toalla.

Elena (Camila Acosta) es actriz y músico. Ansía con grabar una canción, la primera que ha compuesto, pero la abruman el costo del estudio, los músicos y el productor para grabarla y mezclarla como quiere. Tampoco sabe si la canción es suficientemente buena. Amigos y conocidos le dicen que quieren escucharla, pero ella no siempre quiere tocarla. Su trabajo actual, grabando audiolibros de autoayuda, le parece humillante. Quizá el único beneficio es que tiene una línea directa a un estudio de sonido. Pero nadie ahí, sean el productor o el dueño Paco (Fernando Villa Proal), se animan a darle una oportunidad, aunque Elena tampoco se atreve a decir con asertividad lo que quiere. 

El carácter de Elena sale a la luz en una serie de incómodos y divertidos escenarios. En éstos, Una canción sobre lo que sea observa el comportamiento humano con una atención que muchos dramas envidiarían, pero es determinadamente una comedia. Decidida a por fin hablar con Paco, Elena finge un encuentro casual y gasta sus últimos doscientos pesos en la entrada a un local de escalada interior, solo para darse cuenta de que él ya se iba. La escena también nos da una señal de que Elena menosprecia su propia tenacidad y talento. Paco, quien parece frecuentar el lugar, se cae en los primeros metros; Elena, en su primer intento, logra trepar a la cima, pero después no sabe cómo bajar. 

Una interacción posterior nos muestra que Elena también puede ser grosera y ensimismada. Cuando Javier (Jatzke Fainsod), su amigo y compañero actor, le comparte una buena noticia sobre un casting suyo, ella solo puede hablar de su canción. Pero momentos posteriores, como los chistes bobos de Elena, uno sobre Roma de Alfonso Cuarón, otro sobre el origen de la expresión S.O.S., se sienten como intentos desesperados pero honestos de conectar con otras personas.

La pieza central de la película es una visita que Elena hace a Carla (Lucía Tinajero), una amiga de la secundaria con quien lleva tiempo sin hablar. Elena va con ella con el pretexto de reconectar, pero podemos intuir que su verdadera intención es pedirle el dinero para grabar su canción. Carla seguramente lo tiene. Su vida parece la definición de una burbuja de privilegio: vive en un departamento que sus papás, quienes ahora viven en Suiza, le ayudaron a comprar. 

Toda esta secuencia se desarrolla con una prolongada incomodidad. Carla trata de mantener la conversación recordando anécdotas de su adolescencia. Elena se encoje en su silla, quizá intimidada por el lujoso minimalismo del departamento de Carla, o pensando en el momento adecuado para pedirle el dinero. La cámara se mantiene fija y distante, tanto que esos momentos cuando no tienen nada que decirse se sienten eternos. 

Carla tiene los prejuicios típicos de una joven de familia rica. Tiene una empleada doméstica, Sofi (Mary Sol Cruz) a la que se dirige con condescendencia y en otro momento se refiere a un compañero de ambas con un término discriminatorio. Con Elena podemos simpatizar por su precariedad y dificultades. Pero Carla parece una persona con intenciones fundamentalmente buenas, una actitud atenta y una sonrisa simpática. Es quizá la encarnación de ese diálogo de Parásitos de Bong Joon-ho que descrube a la rica familia Park: “son simpáticos porque son ricos”. Cuando Carla le muestra a Elena sus tesoros personales, una colección de mapas con siglos de antigüedad, no es para presumir, sino para rescatar una conversación que no parecía ir a ningún lado. Carla acaba de pasar por una ruptura y, Elena descubre, no recibe muchas visitas. Parece guardarle verdadero cariño a ella y sinceramente interesada en restaurar su relación.

Toda esta secuencia, que comprende básicamente todo el segundo acto de la trama, demuestra la capacidad de la película para hacer más con menos. Como Padre Pablo, el largometraje anterior de su director José Luis Isoard Arrubarrena, la mayor parte de Una canción sobre lo que sea transcurre en un par de locaciones. En cuestión de estilo, es una película más atrevida y juguetona, pero en ambos casos, su forma de contarse parece una extensión natural de las personalidades de sus protagonistas. Padre Pablo, la historia de un sacerdote serio y con poco carisma que se debe reconciliar con su padre gravemente enfermo, se contaba con un estilo más distante y observacional. Una canción sobre lo que sea experimenta con constantes zooms, transiciones abruptas y una desviación a la boba fantasía para llevarnos más cerca del sentir de alguien que no hace tan buen trabajo al reprimir sus frustraciones.

Puedo aceptar los gestos más agresivos de Elena porque me parecen una reacción humana y, hasta cierto grado, comprensible a su situación. Si parece que solo piensa en sí misma es quizá por las dudas que los artistas se hacen todo el tiempo: si se es suficientemente bueno, si se está en el camino correcto, si el talento y el esfuerzo bastan en un medio que se maneja por las conexiones y el dinero. Una canción sobre lo que sea es una mirada poco romántica pero tampoco cruel a la vida de una artista que no trata de hacerla en grande, solo salir adelante. Quizá la canción de Elena no cambie el mundo, pero cuando por fin la canta frente a Carla, el rostro de ella nos sugiere que hay una emoción sincera ahí. Pensándolo bien, creo que sí, Elena me cae bien.


★★★★


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