(Sirāt; Oliver Laxe, 2026)

Luis (Sergi López) y su hijo Esteban (Bruno Núñez) llegan a un rave en el desierto de Marruecos buscando a Mar, hija del primero y hermana del segundo, quien se encuentra desaparecida. Los asistentes simpatizan con su situación, pero no pueden darles pistas concretas. A lo mucho mencionan otra fiesta, más aislada, donde ella pudiera estar. De repente, la diversión es interrumpida por el ejército marroquí, que llega con órdenes de evacuar, pues ha estallado una guerra. Pero dos vehículos recreativos desobedecen y se desvían por un camino de tierra. Luis y Esteban, convencidos que se dirigen a esta segunda fiesta, los siguen en su simple camioneta. 

Sirāt: Trance en el desierto, dirigida por Oliver Laxe, empieza con este escueto escenario. Mucha de su primera parte gira alrededor de cómo Luis, Esteban y los asistentes al rave sortean los obstáculos que se aparecen en su camino: un río, o un estrecho paso montañoso, por ejemplo. Hay en esto un homenaje a las aventuras puramente físicas de películas como El salario del miedo de Henri-Georges Clouzot o su versión en inglés dirigida por William Friedkin. Como ellas, Sirāt establece el peligro con atención a los elementos del paisaje: el sol que que quema la piel de sus personajes, los horizontes infinitos y la montañas como muros que se extienden a los cielos. Si algo malo llega a pasar, no hay nadie en kilómetros a la redonda que los pueda ayudar. Uno a uno sortean los problemas, más con buena suerte y persistencia que con ingenio, en momentos de gran suspenso.

Este énfasis en los elementos no da mucho tiempo para desarrollar a sus personajes. Bigui (Richard Bellamy), Stef (Stefania Gadda), Josh (Joshua Liam Henderson), Tonin (Tonin Janvier), Jade (Jade Oukid), los compañeros de Luis y Esteban, resultan un grupo coherente pero amorfo. Fuera de sus características físicas (dos de ellos tienen amputaciones que los hacen necesitar de prótesis) cuesta distinguirlos entre sí. Con Luis y Esteban es un poco más fácil conectar emocionalmente. Ellos se adentran al peligro para recuperar a un ser querido. Nuestra primera impresión de los demás es que son idiotas imprudentes en busca de diversión. La viva encarnación del estereotipo de los europeos que se adentran al tercer mundo creyendo que las reglas no aplican para ellos.

No obstante, estas caracterizaciones simples parecen ser el punto. De su pasado sabemos poco o nada, lo que nos invita a especular. Aprendemos que Mar no desapareció contra su voluntad sino que escapó. Esta pequeña información nos invita a ver a Luis con otros ojos. ¿Se trata de un padre estricto, arrepentido de su método de crianza? En otro momento, uno de los viajeros dice que no extraña a su vieja familia, que su verdadera comunidad está en las personas que en ese momento lo acompañan. La frase es un cliché, pero la sugerencia es igualmente poderosa. Su sinceridad basta para bocetarle un doloroso escape de un traumático pasado.

El guion, escrito por Laxe y Santiago Fillol, no piensa en ellos como huecas figuras. Más bien, sabe detenerse en esas acciones y gestos precisos que revelan su carácter. La frivolidad del grupo es matizada por la simpatía que muestran hacia la búsqueda de Luis y Esteban. Cuando padre e hijo los tratan de seguir, ellos los desalientan señalando que su camioneta no está hecha para atravesar el desierto, (lo que recorren a ratos ni siquiera se puede describir como caminos) una preocupación honesta por su seguridad. 

La relación empieza pragmática. Luis trata de ganarse su confianza comprándoles bidones de gasolina para su viaje. Más adelante cree que los han embaucado y abandonado, pero su desconfianza es prematura; solo estaban dándose la vuelta para tirar de su camioneta y ayudarles a cruzar el río. En un acto de bondad desinteresada, Esteban toma un chocolate de sus limitadas provisiones y se lo ofrece a sus nuevos amigos. Cuando uno de ellos le hace trenzas al pequeño, es un rito de iniciación que termina por hacerlos parte oficial de una comunidad. Aun cuando no sabemos lo suficiente para pensarlos como personajes dramáticos bien redondeados, muestran una ternura, solidaridad y compasión que los vuelve enternecedores. 

Dicha bondad es necesaria, pues el mundo que los rodea es bastante cruel, y la película es igualmente cruel con ellos. Pero si de verdad fueran unidimensionales, si en ellos no hubiera esa chispa que los hace sentir humanos, su sufrimiento habría sido chocante al inicio antes de volverse tedioso. Sin revelar mucho de la trama, puedo decir que las pérdidas que sus personajes sufren me sacudieron de una manera profunda y elemental.

El sufrimiento de sus personajes merece ponerse en el contexto del sufrimiento en el mundo real. Esto significa hablar de política, algo que los personajes nunca hacen. Espectadores atentos podrán notar que uno de ellos menciona que la fiesta a la que se dirigen se encuentra cerca de la frontera con Mauritania. Mauritania en realidad no tiene frontera con Marruecos, a menos que uno reconozca el territorio ocupado del Sahara Occidental como parte legítima de él. El clímax de la película se desarrolla precisamente en la zona de muros y minas terrestres construidas para alejar a los saharauis que viven ahí pero no se asimilan como marroquís.

La película solo alude a la experiencia de ellos en su última escena y entonces solo lo hace por unos instantes, cuando la cámara se posa en los rostros de personas con rasgos y vestimentas que sugieren habitantes del norte de África pero que no tienen personalidad e historia. Podríamos concluir que la película no los ve como humanos, sino como decoraciones, partes del paisaje. Quizá es un gesto hueco en una película que en realidad no está realmente interesada en ellos. Pero esa distancia, que podría ser insultante en otras películas, se siente extrañamente apta en una que sugiere que sus personajes son más humanos, más puros, cuando dejan de ser ellos mismos.

Esa pérdida de uno mismo se logra a través de los sentidos. No se puede hablar de Sirāt sin hablar de su música. La escena inicial, que nos muestra el primer rave, se extiende más allá de lo que necesita para decirnos donde estamos. En su lugar, la música pulsante de Kangding Ray nos envuelve, absorbe y se salta nuestra consciencia. El uso de drogas psicodélicas más adelante nos muestra la pérdida de la conciencia como un estado deseable, a veces necesario. Hay una dimensión espiritual a todo esto, prestada específicamente de las imágenes del islam. Una televisión abandonada nos muestra el peregrinaje a Meca, sugiriendo un paralelo visual entre la Kaaba y las bocinas en el desierto. Y el título de la película, una referencia al As-Sirāt, el puente fino que lleva al paraíso, encuentra una interpretación bastante literal en su secuencia más tensa del final, donde la salvación se encuentra precisamente en actuar sin pensar.

Estas conexiones pueden ser oportunistas, pero no me parece que Laxe llegue a ellas sin razón. Sirāt no me parece una película superficial o incoherente. Pienso que su fotografía, diseño sonoro y estructura buscan crear una experiencia sensorial más que contar una historia. Algunas películas apelan a nuestras mentes, otras a nuestros corazones, pero Sirāt se siente en el cuerpo. En ese suspenso que nos obliga a aguantar la respiración, en esas tragedias tan súbitas y arbitrarias que se sienten como golpes directos al estómago—cuando ocurren, no tenemos tiempo de procesarlas emocionalmente. Y en ese retumbar del bajo electrónico que nos desconecta de lo racional y que, quizá, nos acerca a la iluminación y a la trascendencia. 


★★★★1/2


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