(Raúl Campos, 2026)
Sobriedad, me estás matando abre con una nota de crueldad. En el salón de un centro de rehabilitación, un grupo de adictos en recuperación comparten las dolorosas historias que los llevaron a las sustancias que ahora quieren dejar. La sesión culmina con Raffi (Octavio Hinojosa), quien ronda los cuarenta años, con un relato de abuso familiar y bestialidad. La historia, sin embargo, es una total mentira; una broma pesada a expensas del trauma real de las personas a su alrededor. Si la intención es hacer que Raffi nos caiga bien, convertirlo en un protagonista al que queremos apoyar, la escena fracasa rotundamente. Pero hay una parte de mí que lo entiende.
Pensemos en cómo debe verse la situación desde afuera: un intercambio triste de cuentos diseñados para dar lástima. La insolencia de Raffi vuela en la cara de la idea de que el camino de un adicto puede explicarse de verdad con uno de éstos clichés. Pero también, pensemos que estos clichés pueden tener algo de verdad. Que los que están aquí reunidos de verdad tuvieron que tocar fondo antes de reconocer que tenían un problema. Raffi simplemente no está listo para hacerlo.
No es que no le haya invertido tiempo. Raffi lleva noventa días en un programa que dura cuarenta, y éste es su quinto intento de dejar las drogas y el alcohol. Después de su travesura, la directora del centro decide darlo de alta, en este caso es un eufemismo para expulsarlo. Raffi regresa a casa de sus papás, Rafael (Juan Carlos Vives), un empresario exitoso y Emilia (Mónica Dionne) una artista reconocida, pero ellos también lo corren, obligándolo a pedir asilo con un amigo de la prepa, Trino (Alfonso Borbolla). ¿Por qué lo corren? El único talento de Raffi parece ser el de enajenar a todos los que se apiadan de él. Roba dinero del bolso de su madre, insulta a la esposa de su hermano y sabotea la relación de Trino con Simón (Hugo Catalán).
La actuación de Hinojosa nunca muestra el carisma necesario para que la desfachatez de Raffi sea encantadora. Pero eso mismo lo hace, en parte, más humano. Es claramente una postura, un mecanismo de defensa. Se me ocurren un par de razones para ello. Una es simple egoísmo, un reflejo de cómo la adicción saca lo peor de las personas. O el orgullo residual de un niño rico—su apodo infantil y su cabello teñido de rubio lo hacen parecer alguien que se aferra inútilmente a la juventud; en otros momentos es simplemente berrinchudo—algo que le da un sentido de superioridad ante las vidas estables y correctas de los demás. O una forma de alejarlos, para poder decirse a sí mismo que en efecto nadie lo quiere y así validar su propio aislamiento y soledad.

Hay momentos en los que podemos ver debajo de la superficie. Aunque resiente la vida dentro de rehabilitación, Raffi no se imagina fuera de ella. Cuando se da cuenta de que su expulsión va en serio, su actitud cambia a un intento sincero de disculparse. Y cuando a Trino se le escapa que Inés (Maya Zapata), de quien Raffi estaba enamorado en la prepa, se acaba de divorciar, Raffi se convierte en una persona totalmente diferente con la vaga esperanza de volver a conectar con ella.
Aquí la fórmula más o menos se impone. Raffi trata de darle una vuelta total a su vida para convertirse en la clase de persona con la que Inés, madre de dos hijos recién separada de un “huevón”, quiere estar. Pero incluso este lado más trillado es manejado con cierta inteligencia. Inés nunca se siente como un personaje completamente delineado—se nos dice que es madre pero nunca la vemos desempeñando este rol—pero la ambivalencia que muestra hacia Raffi, sus dudas y el disfrute de su compañía, la hacen algo más que el interés romántico que solo está ahí para redimir a su protagonista. Otro personaje femenino importante, Daniela (Elsy Reyes), una mujer casada que tiene una aventura con Raffi, también tiene más humor y profundidad que los que se asoman en un inicio.
Los intentos de Raffi por construirse un nuevo futuro lo obligan a reconciliarse con su pasado, el cual se nos revela poco a poco. Hay un giro dramático que tiene que ver con su novia de la juventud. Éste termina siendo algo predecible, pero se siente como la forma correcta de presentarlo, pues refleja el difícil proceso de aceptación por el que Raffi pasa. Este cuidadoso manejo de la información matiza lo que sabemos sobre sus personajes y por extensión la actitud que adoptamos hacia ellos—entre las preguntas que se sostienen por una buena parte de la película: ¿por qué Trino le aguanta tanto a Raffi? Como sucede con las personas reales, una vez que los conocemos nos cuesta volver a meterlos en la imagen superficial que nos dejó su primera impresión.
Antes de ver Sobriedad, me estás matando sospechaba que su trailer, como suele ocurrir con muchos estrenos del cine mexicano, la vendía de manera engañosa. El tagline prometía “una comedia más negra que tu consciencia” pero el resto del anuncio se comportaba como una comedia ligera e inspiradora. La principal fuente de humor negro está en su firme compromiso a mostrarnos un protagonista tan desagradable, pero solo para mostrarnos que puede cambiar. Así como Raffi, quien no es tan mala persona como quiere parecer, la película tiene más optimismo y corazón que el que nos sugiere al principio. Pero tampoco se pone el camino demasiado fácil. Para Raffi, reconciliarse con los males que sufrió y los que cometió es el resultado de un duro proceso. En su inconsistencia vemos impulsos contradictorios: el querer ser mejor persona y el miedo a los compromisos que esto implica. La cosa se vuelve muy melosa cerca del final, con Raffi resumiendo en palabras llanas lo que aprendió de la vida. Pero para ese momento ya sentía que él y la película se lo habían ganado.
★★★1/2
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