(Marty Supreme; Josh Safdie, 2026)
En 2024, los hermanos Josh y Benny Safdie anunciaron que, después de una productiva trayectoria como directores en conjunto, cada uno perseguiría su respectiva carrera en solitario. Según el tabloide California Post, la separación se explica por un incidente ocurrido en el rodaje de su película de 2017 Good Time: Viviendo al límite. La nota dice que, durante la filmación de una escena de sexo, el actor Buddy Duress se desvistió frente a su compañera de escena, entonces una menor de 17 años—el incidente se reportó en 2023 en Variety, pero el California Post es el que la atribuye la separación de los hermanos a este incidente, afirmando que Josh conocía la edad de la actriz y que Benny la descubrió solo años después.
Hay razones por las que la nota puede despertar cierto escepticismo. Una de ellas es que aparece en el contexto de la temporada de premios, una época del año donde las campañas de desprestigio no son inusuales, y Marty Supremo está nominada a nueve Óscares, incluyendo cuatro para Josh Safdie. Pero considero pertinente, o por lo menos prudente, mencionarla por un par de razones. La primera es que se trata de una acusación seria. No sé exactamente qué se les puede imputar legalmente a los Safdie, pero la nota, como mínimo, sugiere una negligencia básica con el trato de su elenco. La segunda es que la acusación se conecta directamente con la forma de trabajar de los Safdie y el efecto que todavía buscan provocar como artistas. Ni Duress ni su compañera de escena eran actores profesionales. Ambos fueron elegidos más por sus personalidades en la vida real, una decisión derivada de la búsqueda de la ilusión de realismo. El incidente no es una condena de las películas que recurren a no actores, pero sí ilustra uno de sus potenciales problemas éticos.
Incluso si la nota no se refiere a nada que aparece en la película terminada, sí cambia un poco mis sentimientos hacia Josh Safdie como cineasta, y por eso no considero irrelevante mencionarlo, incluso si mi impresión general de la película termina siendo bastante positiva. Independientemente de las controversias, Marty Supremo me gustó más o menos lo mismo que el último par de películas que los Safdie hicieron en conjunto y por razones muy similares. Así como Good Time o Diamantes en bruto, Marty Supremo es una frenética odisea por Nueva York, con un protagonista en apuros económicos al que fácilmente amamos odiar. Disfrazada de drama deportivo, la película envenena un género asociado a triunfos contra la adversidad y personajes admirables. El resultado es tan estresante y amargo como entretenido.

El primer acto de Marty Supremo es el que más se siente como una película de deportes. Marty Mauser (Timothée Chalamet) es un jugador de tenis de mesa profesional atorado en un trabajo como vendedor de zapatos para el que tiene aptitudes pero que simplemente no le interesa. Su jefe le ofrece el puesto de gerente, pero Marty tiene sus ojos puestos en el Abierto Británico, un torneo donde competirá contra los mejores del mundo. Marty se jacta mucho pero tiene el talento para respaldarlo. Uno a uno vence a sus rivales, incluyendo al campeón mundial, pero en la final pierde contra el japonés Koto Endo (Koto Kawaguchi), obligándolo a regresar a Nueva York sin probar la gloria deportiva que tanto ansiaba.
Este viaje a Londres nos dice más sobre el carácter de Marty y le permite conocer a otros personajes que serán importantes más adelante. Enojado con el modesto hospedaje que le asigna la liga, Marty se instala en el Ritz sin la intención de pagar—un problema que, podemos intuir, piensa que se resolverá solo. Ahí intenta seducir a Kay Stone (Gwyneth Paltrow), una actriz de cine retirada y actual esposa del magnate Milton Rockwell (Kevin O’Leary). Rockwell no ve este coqueteo con buenos ojos, pero termina ofreciéndole a Marty un lucrativo trato, participando en juegos de exhibición para promocionar los bolígrafos que fabrica su compañía. No obstante, Marty tendría que perder contra Endo en juegos arreglados para complacer al público japonés, y su orgullo lo obliga a decir que no.
La segunda parte de la película es donde pasan más cosas que esperamos de una película de los Safdie. Para participar en el próximo campeonato mundial, Marty debe pagar una multa a la asociación del tenis de mesa, resultado de su estadía en el Ritz, y sus intentos para conseguir el dinero pueden describirse como una lista de cargos criminales: estafa, robo, peleas, maltrato animal, imprudencia al manejar, por decir algunos. El montaje, a cargo de Safdie y Ronald Bronstein, y la fotografía, de Darius Khondji, contribuyen a hacernos sentir la desesperación de Marty. Apretados planos al rostro, apenas conectados por otros que nos digan donde están los personajes, crean frenesí a través de la claustrofobia. Planos más abiertos, aparecen ocasionalmente, no para darnos contexto, sino para respirar brevemente, o en las partes específicamente centradas en el deporte, para presumirnos las proezas de Marty y sus rivales.

Como muchas actuaciones masculinas que reciben atención en temporada de premios, la que Chalamet entrega aquí se ha discutido mucho en términos de lo que implicó como hazaña física. No sé si entrenar tenis de mesa por “meses y meses” hace una diferencia palpable en cámara pero seguro funciona mucho como relaciones públicas. No obstante, su actuación igualmente me parece excelente. Marty Mauser es un rol para estrella de cine, y como tal se apoya mucho en la imagen que Chalamet ha construido como figura pública y en sus películas anteriores. La idea que Marty tiene de sí mismo no está tan lejos del mesías galáctico de las películas de Duna. Y sus ambiciones tampoco de las del Chalamet que, recibiendo su premio por el sindicato de actores a inicios de este año, declaró en términos llanos sus intenciones de ser uno de los grandes de la actuación.
Dicho esto, la actuación de Chalamet funciona por la manera en que complementa, no opaca, al resto de la película. Los demás personajes, interpretados por actores reconocidos como Paltrow, Odessa A’zion, Fran Drescher, Géza Röhrig y Emory Cohen, tienen sus momentos, pero la textura realista de la película se enriquece gracias a papeles que involucran a desconocidos o a personas más conocidas fuera del campo de la actuación. Además de O’Leary, identificado más como empresario y personalidad de televisión, y Kawaguchi, un tenista de mesa profesional en la vida real, Marty Supremo incluye al director Abel Ferrara como un mafioso y a la personalidad de internet Luke Manley como un amigo de Marty—hasta donde sé, la filmación de Marty Supremo no resultó en un incidente como el que se reportó en el set de Good Time; Chalamet recuenta haber compartido brevemente escena con alguien que lo amenazó verbalmente, pero la anécdota parece haber sido contada en términos positivos, como ejemplo del realismo buscado por Safdie.
El variado elenco de Marty Supremo contribuye en parte a un rico contexto político que merece mencionarse. La historia se desarrolla a inicios de los cincuenta, y su mirada en el mundo del deporte internacional de alguna manera refleja las tensiones geopolíticas de la época. Los principales rivales de Marty, Endo y el húngaro Bela Kletzki (Röhrig), comparten el haber sido afectados directamente por la entonces reciente Segunda Guerra Mundial. De Endo aprendemos que quedó sordo durante los bombardeos a Japón. Kletzki, por su parte, cuenta una historia de solidaridad en pleno Holocausto, aprovechando un raro momento de libertad para embarrarse de miel que puede compartir con sus compañeros en el campo de concentración.

La historia de Marty parece entonces reflejar la de un Estados Unidos que nunca se convirtió en campo de batalla, no en la misma escala que Japón o Europa, y este privilegio se traduce en un orgullo desmedido y en el sentirse intocable. Pero Marty, aunque un judío estadounidense, es más bien un emblema del individualismo que usa su identidad de manera oportunista. Se llama estadounidense cuando quiere convencer a los oficiales de la asociación de tenis de mesa que un campeón de su país sería bueno para la reputación del deporte. Se llama judío cuando hace un chiste sobre el tiempo que Kletzki estuvo en Auschwitz. Pero su lealtad es solo a él mismo. La banda sonora de la película, deliberadamente anacrónica, cobra más sentido entonces. Sintetizadores a cargo de Daniel Lopatin, o canciones sobre sueños imposibles como “Forever Young” de Alphaville y “Everybody Wants to Rule the World” de Tears for Fears conectan a la película, no a los cincuenta cuando su historia se sitúa, sino a los excesos egoístas de los ochenta.
Marty opera en tres modos: se vende con la seguridad de alguien convencido de su propia grandeza, ruega como un niño desesperado o estafa como un granuja de medio pelo (aunque en esta última, supongo, hay un poco de las dos anteriores). No se puede decir que sea carismático, pero sí tiene mucha confianza en sí mismo y habla muy rápido. Cuando asalta la caja fuerte de la zapatería donde trabaja, su compañero parece convencido, no por la pistola que Marty tiene en la mano, sino por el discurso que éste se saca de la manga. Su personalidad es un imán para algunas personas. Kay y Rachel (A’zion), su novia y amiga de la infancia, parecen ver en él la valentía que a ellas les falta para escapar de sus grises, conformes vidas. Pero Milton, el capitalista egoísta y despiadado que sabe cómo se mueve el mundo, puede ver a través de él con extrema facilidad. Lo único que es medio admirable sobre Marty es su entrega sincera al deporte, su determinación a dar lo mejor de sí mismo cuando tiene esa raqueta en la mano. Son una pasión y compromiso a expensas de todo lo demás. Pero eso pasa cuando se tiene la cabeza tan metida en el juego, o en uno mismo.
★★★★
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