(Send Help; Sam Raimi, 2026)
Hay una parte de mí que estaba bastante emocionada por ver ¡Ayuda!. Era, después de todo, la nueva película de Sam Raimi, director quizá mejor conocido por dos trilogías: la de las películas de El hombre araña protagonizadas por Tobey Maguire—El hombre araña 2 en particular me parece la mejor película de superhéroes que Hollywood ha hecho—y la de Evil Dead, que empezó como una creativa película de muertos vivientes de ultra bajo presupuesto para convertirse en una rica mezcla de terror, caricatura, acción y fantasía. Raimi, un director que sabe manejar igualmente lo sangriento y lo ridículo, parecía la sensibilidad perfecta para una película que, a primera vista, era una mezcla de horror de supervivencia con la comedia laboral.
Al mismo tiempo, otra parte de mí me decía que modulara severamente mis expectativas. La última película de Raimi había sido Doctor Strange en el multiverso de la locura, una forzada secuela donde sus característicos toques visuales y sentido del humor eran opacados por el gris y gigantesco aparato de Marvel. Considerando que su película anterior a ésta fue Oz, el poderoso (la cual sigo sin ver), una fantasía de alto presupuesto basada en una franquicia ya conocida, Raimi llevaba casi diecisiete años sin hacer una película de terror—Arrástrame al infierno, que vi cerca de su estreno y a la que recuerdo como bastante divertida.
Raimi siempre ha sido un director bastante adaptable. Aunque tiene sus sellos distintivos (el rápido punto de vista flotante originado para los monstruos de El despertar del diablo, sus colaboraciones con el actor Bruce Campbell), no me parece del todo exacto describirlo como un autor, por lo menos no en el sentido actual de una voz creativa única que se impone en una película. Dicho esto, una película de Raimi es típicamente garantía de un estilo extravagante y a veces virtuoso, que busca provocarnos las reacciones más intensas.
Rápida y mortal, su western de 1995, no me parece su mejor película, pero una que sirve para ilustrar sus talentos. En ella, ángulos exagerados y zooms abruptos le dan proporciones míticas a sus pistoleros. Cortes rápidos entre cámara lenta y primerísimos planos hacen que los momentos previos a los disparos se sientan eternos. Raimi fue gran opción para llevar uno de los superhéroes más famosos a la pantalla grande porque su estilo era el equivalente cinematográfico de las coloridas páginas y expresivos cuadros de los cómics.
¡Ayuda! no brinca de la pantalla de la misma manera. Para los estándares de Raimi, es una película más sutil, en la que su gusto por la expresión y la exageración se manifiestan principalmente en las actuaciones, sobre todo la de su estrella Rachel McAdams. Aquí, McAdams interpreta a Linda Liddle, una oficinista que ha dedicado gran parte de su vida a la misma empresa en el área de estrategia y planeación. Lleva años soñando con un ascenso y todo indica que lo merece; a puerta cerrada, sus compañeros prácticamente admiten que, sin ella, la empresa se caería en pedazos.

No obstante, cuando su jefe (Bruce Campbell, prestando su apariencia para un retrato de él) muere, la empresa pasa a manos de Bradley Preston (Dylan O’Brien), su malcriado y engreído hijo. Ignorando la promesa que su padre le había hecho a Linda, Brad le da la vicepresidencia de la empresa a un amigo suyo. En todo esto hay un un poco de crítica al ambiente machista, como de fraternidad universitaria, dentro de las empresas grandes. Pero la cultura y el funcionamiento de la oficina se trata en términos muy simples y superficiales. La película, después de todo, no se trata de esto.
El razonamiento de Brad tiene un poco de lógica. Brad dice que prefiere a un vicepresidente más “social” y la película caracteriza a Linda como la máxima expresión de la ñoñez. Con ropa abultada, cabello desarreglado, una verruga en la mejilla y rastros de ensalada de atún en la cara, Linda hace una horrible primera impresión ante Brad—técnicamente no es la primera; ella menciona haber platicado con él en una fiesta de la oficina, pero él no la recuerda, lo que quizá tampoco habla bien de ella. Linda no es nada tímida, pero su entusiasmo sin regular nos deja claro que carece de habilidades de socialización básica. Pero ante el abuso y burlas que recibe de Brad y su séquito juvenil, Linda despierta nuestra simpatía, o por lo menos nuestra lástima.
¡Ayuda! es un escaparate genial para el talento de McAdams, aunque no creo que reciba el reconocimiento que merece. Es una actuación que, a primera vista, se lee exagerada. Linda no se comporta como alguien que podemos encontrar en la vida real. Como haría una intérprete de la época clásica de Hollywood, McAdams más bien busca que cada gesto y expresión sean legibles en la pantalla y nos transmitan exactamente lo que siente y pasa por su mente. Pero es trabajo igualmente hábil, por la variedad de expresiones que navega, porque está en perfecta sincronía con el tono que Raimi busca construir y porque, a medida que la película progresa, éstos gestos pueden ser igualmente engañosos. El rostro de Linda puede sugerir la frustración de una adicta al trabajo cuyo valor no es reconocido, el optimismo tóxico de una mujer que busca lo bueno en todo, pero también una psicópata en potencia. O’Brien, canalizando a un niño mimado que juega a ser un machista prepotente, es también excelente, pero la película le pertenece a McAdams.

Es afortunado que ambos entreguen tan buen trabajo, pues la película prácticamente se sostiene en su química. Camino a una importante reunión de negocios en Bangkok, su avión se desploma y Linda y Brad llegan a una isla desierta donde deben unir fuerzas para sobrevivir. Es un planteamiento divertido—una mujer hábil y menospreciada obligada a convivir con un completo inútil que además es su jefe—pero también uno que fácilmente podría gastarse con la constante repetición de este único chiste. ¡Ayuda!, afortunadamente se salva de esto. Sus limitaciones—dos personajes, una única locación—no la acorralan tanto como despiertan su creatividad. Una película que podría centrarse solo en la violencia y supervivencia termina divirtiéndose más con el comportamiento y las relaciones humanas.
El guion, de Mark Swift y Damian Shannon, no es perfecto. El final, por ejemplo, se resulta predecible pero también como algo que la película no establece adecuadamente—si no se siente como algo totalmente sacado de la manga es porque es todo un cliché. Tampoco creo que su duración de casi dos horas esté totalmente justificada. Algunos de sus eventos parecen redundantes o innecesarios. Pero su principal acierto, y es uno grande, es el de mantener la relación de Linda y Brad en constante evolución. Linda empieza como la confiable heroína que hace todo por mantenerlos vivos, mientras que Brad se comporta como un obstáculo tan grande como la misma naturaleza. No obstante, a medida que la película progresa, encontramos momentos en los que podemos simpatizar con él, en los que ambos conectan por sus traumas pausados, en los que la película coquetea con volverse una historia de amor, o en los que linda, haciendo gala del sadismo con el que mató a un jabalí para convertirlo en alimento, lleva todo demasiado lejos. La película pocas veces se va por donde esperamos.
Si algo me impide a abrazar a ¡Ayuda! por completo es que el estilo de Raimi luce algo domado por la forma digital de hacer cine hoy en día. La fotografía, de su colaborador frecuente Bill Pope, a veces sugiere más la iluminación plana y un foro con pantallas verdes que el peligro de una isla desierta. Sus efectos visuales no tienen el mismo impacto que los efectos prácticos de sus primeras películas o incluso del CGI más desquiciado de Arrástrame al infierno.
Pero la película igualmente tiene ingredientes encantadores. La música de Danny Elfman, con sus variados ritmos e instrumentos, empujan las emociones y el suspenso a lo melodramático, mientras que escenas con sangre y vómito prácticos añaden emocionantes acentos de asco. Raimi y el editor Bob Murawski idean transiciones creativas, como un montaje en el que Brad sucumbe a la desesperación y la hambruna en lo que parece un movimiento de cámara continuo. Mi ejemplo favorito de esto, y el momento que me hizo salir del cine con una sonrisa, es un chiste visual en el modelo del final de Con la muerte en los talones de Alfred Hitchcock pero cuyo perverso, jocoso sentido del humor es puro Raimi. ¡Ayuda! no es un absoluto regreso en forma, pero es un gusto tenerlo de vuelta.
★★★1/2
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