(ผีใช้ได้ค่ะ; Ratchapoom Boonbunchachoke, 2026)
Un fantasma para servirte, la ópera prima del director tailandés Ratchapoom Boonbunchachoke, me parece el resultado de dos impulsos prácticamente opuestos. Por un lado, es una comedia boba sobre un concepto bobo: una mujer que muere y regresa como un fantasma que toma posesión de una aspiradora. Por el otro, es un relato sincero, solemne incluso, que trata a los fantasmas como una metáfora bastante versátil sobre los traumas de un país y sus habitantes más oprimidos.
La parte central y más llamativa sigue a March (Witsarut Himmarat), el hombre que descubre el aparato que contiene el fantasma de Nat (Davika Hoorne), su esposa recientemente fallecida. La situación se presta para algunas ridículas confusiones. March se deja desvestir y besar por el fantasma de Nat antes de ser encontrado por su madre, Suman (Apasiri Nitibhon), quien solo ve a su hijo acicalándose con la manguera de succión. Suman, la rica administradora de una fábrica de electrodomésticos, reacciona con incredulidad y desaprobación. Interna a March en un hospital, pero él y Nat insisten en seguir juntos y tratar de ganarse la confianza de la familia conservadora de él.
Estos elementos son tratados con una comedia inexpresiva que generalmente funciona. Los elementos sobrenaturales se sienten más extraños precisamente porque los personajes apenas y se dejan inmutar por ellos. La caracterización de Nat igualmente involucra un montaje ingenioso y simpático. La aspiradora cobra vida a través de movimientos y cortes simples que le permiten realizar acciones humanas y adquirir una personalidad: desde la manera en que camina (o rueda) cuando se vuelve a encontrar con March a cómo se sienta resignada cuando le dicen que no puede visitar a su esposo en el hospital—es algo que encontré más lindo que gracioso; me vi más respetando la técnica y el ingenio involucrado en sus chistes que riéndome de ellos.
La película, no obstante, tiene mucho más que eso. La historia de Nat y March está enmarcada por el encuentro entre un “Ladyboy académico” (Wisarut Homhuan) que acaba de comprar una aspiradora que también podría estar poseída y Krong (Wanlop Rungkumjad) un hombre que se aparece en su departamento diciendo ser un técnico reparador. Su plática se convierte en coqueteo, una de varias relaciones LGBTQ+ en la película. El hermano de March igualmente está casado con un hombre de Australia, mientras que la fábrica de Suman es atormentado por el fantasma de un empleado que tenía un romance con uno de sus compañeros.
Se puede trazar una conexión entre los fantasmas de la película y sus personajes LGBTQ+. En ambos casos aparecen como víctimas de marginación. El rechazo que Nat experimenta por la familia de March se parece, por ejemplo al que sufre el hermano de él, casado con un hombre australiano. Ambos lo superan básicamente a través de la asimilación, buscando una forma de ser útiles. El prejuicio termina siendo opacado fácilmente por su capacidad de producir dinero o hacerle favores a gente rica y poderosa, lo que se conecta con lo que parecen ser observaciones más generales sobre la sociedad tailandesa. El que Nat aparezca primero como aspiradora no se siente arbitrario, sino como un presagio de su rol más adelante ofreciendo tranquilidad a políticos y militares. El polvo, que en la película aparece como efecto secundario de proyectos de renovación urbana, se vuelve simbólico de un país próspero y en desarrollo, pero que desesperadamente quiere ocultar o borrar su pasado.

Supongo que Un fantasma para servirte se aprecia mejor con un conocimiento más profundo de la historia y cultura de Tailandia. La escena en que Nat es reprendida por un grupo de monjes budistas seguro tiene matices religiosos que se me escapan. Lo mismo con sus menciones de la discriminación que sufren los hablantes del tailandés del norte por los del centro del país. Menciones a la Universidad de Thammasat, sitio de protestas y masacres importantes durante los setenta, o a las de 2010, la conectan con eventos concretos de la represión política en Tailandia. Pero el guion les da suficiente contexto, de tal manera que, incluso como espectadores extranjeros, podemos encontrar paralelos fáciles con la historia de nuestros propios países. La película se siente, si no universal, por lo menos accesible.
Esa claridad, me parece, juega un poco en su contra. Un fantasma para servirte es una película inquieta, que se transforma constantemente. La búsqueda de aceptación de Nat se convierte en una serie de viajes al interior de los sueños, mientras que el romance entre el “Ladyboy académico” y Krong desemboca en un final más cercano a la película de terror que esperamos de un título que involucra fantasmas. Pero en ambos casos el mensaje parece muy evidente. Los fantasmas, que pueden ser benévolos o vengativos, aluden tanto a las víctimas inocentes como a su justificado resentimiento que no de debe borrar. La película nos guía con bastante facilidad a esta conclusión, al punto de que la metáfora deja de sentirse muy original.
Hay otras decisiones creativas que apuntan a lo convencional, y la hacen una película menos atrevida o arriesgada de lo que pudiera ser. Un fantasma para servirte está en fotografiada en un estilo que noto mucho en el lado más comercial del cine independiente, donde la imagen se trata de hacer preciosa dejando poca profundidad de campo, de tal manera que el fondo detrás de los personajes se convierte en una mancha borrosa en la que no nos deja intuir siquiera qué hay detrás. Alguna justificación habrá para que una historia de fantasmas, donde los personajes literalmente se borran, se cuente de esta manera, pero eso no quita el hecho de que también es un cliché visual.
Dicho todo esto, hay un momento de la película que me pareció verdaderamente efectivo, transgresor incluso. Es una escena de sexo casual, algo que el cine tiende a tratar como banal y frívolo, pero que aquí se tiñe de tristeza y nostalgia, sin perder el énfasis en el placer carnal y el gozo de los participantes. Es aquí donde la mezcla que la película hace de lo vulgar con la reverencia por el pasado de verdad cobra sentido. Pero fuera de éste, creo que Un fantasma para servirte apenas rasca la superficie de su rico concepto. Promete un juego con el tiempo, la corporalidad, el sentido o cualquier tono coherente. Pero su ejecución deja poco espacio para el misterio y la incertidumbre y por lo tanto para la verdadera maravilla y trascendencia.
★★★
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