(O Agente Secreto; Kleber Mendonça Filho, 2026)

El agente secreto, la nueva película del director brasileño Kleber Mendonça Filho, se cuenta en enredos, engaños, desviaciones, misterios, huecos, coincidencias y saltos temporales. La historia principal se explica fácilmente, se trata de un hombre que debe huir de otros que tratan de matarlo, pero su ejecución es dispersa, frecuentemente confusa. No obstante, todas estas, llamémosles impurezas o imperfecciones, esas cosas que otras películas pocas veces hacen, contribuyen precisamente a su riqueza. A que la película se sienta, no solo como una historia de persecución política durante la dictadura brasileña, sino en un mosaico complicado, contradictorio, vibrante, soleado y sudoroso de cómo fue vivir en esos tiempos.

Tiempos de “gran picardía”, dice la película, refiriéndose al Brasil de 1977, cuando Armando Solimões (Wagner Moura), el protagonista de la película, llega a la ciudad porteña de Recife, más o menos como un hombre sin pasado. ¿Qué lo trae aquí? Su mirada es una pista. Cuando se detiene en una gasolinera y se encuentra con un cadáver cubierto por cartón, o ve detenerse a la policía, sus ojos buscan el peligro por todas partes, pero también se cuidan de delatar cualquier miedo.

Más adelante aprendemos que los hombres que lo persiguen fueron contratados por Henrique Ghirotti (Luciano Chirolli), un ejecutivo de la compañía energética Eletrobras, quien alguna vez intentó adueñarse del departamento universitario en el que Armando trabajaba como investigador. Pero antes de llegar a ello, la película salta un poco de aquí para allá. Primero, un trío de policías llega a otra universidad para recuperar una pierna que fue encontrada en el interior de un tiburón. También conocemos a Augusto (Roney Villela) y Bobbi (Gabriel Leone), el dúo de sicarios detrás de Armando, mientras se deshacen de otra víctima. 

El título de la película es algo irónico, pero en cierto sentido, también se cumple. Aun si Armando no está entrenado para ello, las circunstancias lo obligan a moverse en la clandestinidad. Interactuar con el exterior requiere de absoluta discreción: adoptar nombres falsos, vigilar las líneas telefónicas o apoyarse de hombres armados. Primero se resguarda con otros refugiados políticos en la casa de Doña Sebastiana (Tânia Maria), una ex-anarco-comunista y se pone en contacto con Elza (Maria Fernanda Cândido), una líder de la resistencia política interesada en escuchar su testimonio sobre la corrupción de Ghirotti.

Hay momentos que funcionan como genial suspenso. Cuando Vilmar (Kaiony Venâncio), otro hombre contratados para matar a Armando lo encuentra en una oficina del registro civil, Mendonça Filho lo acentúa como lo haría Brian De Palma, con una dioptría dividida en la que la pantalla se colapsa entre un claustrofóbico primer plano de Armando nervioso y uno de la pequeña multitud entre la que el sicario se mezcla.

La actuación de Moura es esencial para que El agente secreto funcione tan bien. Conocemos datos importantes sobre Armando solo cuando la película está bastante avanzada, por lo que su comportamiento y sus interacciones con los demás son nuestra principal forma de saber más sobre él. Es una actuación muy interna, en la que vemos gestos sutiles, que sugieren un lado frágil y vulnerable, que grandes despliegues de emoción. Armando se mantiene reservado incluso cuando se vuelve a encontrar con su hijo pequeño Fernando (Enzo Nunes), quien vive resguardado en la casa de sus abuelos; o cuando éste le pregunta por su madre Fátima (Alice Carvalho), la cual murió hace tiempo. Armando puede ser frío y duro, las circunstancias lo han moldeado para ser así. Pero Moura también lo hace alguien de afable carisma, instantáneamente simpático, sin que deje de sentirse como un hombre normal al que que fácilmente podríamos encontrar si salimos a la calle.

Al mismo tiempo, la película solo cobra vida con la gente y la ciudad que hay a su alrededor. La historia de Armando es igualmente la historia de las personas que lo rodean. En casa de Doña Sebastiana también viven Thereza Vitória (Isabél Zuaa) y Antonio (Licínio Januário), dos fugitivos de la Guerra de Civil de Angola, y Clòvis (Robson Andrade), un joven gay (esto no es explícito, pero la forma en que Doña Sebastiana, lo describe, diciendo que él no es hombre de la forma en que a otros les gustaría, refleja una aceptación que trasciende su conocimiento de las etiquetas). Su convivencia, aunque resultado de la necesidad, se convierte en un verdadero sentido de comunidad.

La atmósfera particular de Recife se siente en las escenas de gente bailando en sus calles durante el carnaval. También en la subtrama sobre una “pierna peluda” que, dicen los periódicos, ataca a la gente por las noches. Inspirada en una leyenda urbana local inventada para sortear la censura, aquí aparece como una saga que es seguida con devoción y morbo. Muertes sangrientas coexisten con una película llena de vida; que encuentra la verdad detrás del estereotipo de que los latinos convertimos todo en fiesta. Hay un sentido medio perverso de que, a pesar de todo lo que pasa, la vida sigue y que la gente todavía se divierte.

Mucha de la vitalidad y energía de El agente secreto viene igualmente de su cinefilia: de sus referencias y menciones de otras películas, así como su reverencia por las salas de cine. No es regla que los críticos de cine que hacen el salto a hacer cine, como es el caso de Mendonça Filho, también hacen películas sobre otras películas (creo que esto es muy cierto, de Jean-Luc Godard, pero no igualmente de François Truffaut). Pero las emociones y experiencias relacionados al cine no pueden separarse fácilmente de la trama de El agente secreto. Al mismo tiempo que es una película sobre la dictadura brasileña, su corazón también está en ese niño que quiere ver Tiburón porque el póster le provoca miedo y fascinación en dosis iguales. En esa multitud que se emociona con los sustos de La profecía y, por qué no, en una pareja practicando sexo oral en sus asientos, en medio de los demás espectadores.

Todo esto tiñe a El agente secreto de nostalgia, pero no esa a la que nos ha acostumbrado el Hollywood de ahora. Esa que nutre películas que son repeticiones de otras que salieron hace diez, veinte o más años, que no nos dan más que el reconocimiento de algo que alguna vez nos hizo felices y que alimentan el recuerdo falso de un pasado feliz y sin dificultad—una nostalgia que fortalece el fascismo que describe Umberto Eco, que ignora los hechos de la historia e inventa un ayer mítico al mismo tiempo que excluye la diferencia. 

Pero la nostalgia de El agente secreto es complicada, agridulce. No se hace ilusiones, no niega lo que fue un tiempo de violencia. Dispersos momentos de alegría coexisten con atrocidades y crímenes que corren el riesgo de olvidarse y quedar impunes. El recuerdo de querer ver Tiburón en el cine se funde con la persecución política de un ser querido. Recordar lo ocurrido y lo vivido, en toda su complejidad, es esencial porque la memoria colectiva, lo que pensamos del pasado, moldea nuestras creencias y las ideas con las que actuamos en el presente. Porque los males de la dictadura, aunque a veces obvios, también se mueven en las sombras; aparecen en la forma de un funcionario corrupto que contrata a un par de sicarios que contratan a otro para no dejar rastro.

Supongo que todo esto suena un poco sentimental y sí, El agente secreto tiene cosas sentimentales. Pero estos elementos aparecen esporádicamente y coexisten con un universo más rico, con un humor vulgar e irreverente, por lo que nunca sentimos que la película quiere llevarnos a las lágrimas. Quizá el toque tan rico de la película se explica por la experiencia propia de Mendonça Filho, quien nació en 1968 y creció en el mismo Recife—lo que lo haría más o menos la edad del personaje de Fernando y un adolescente cuando la dictadura terminó. 

Y quizá esto también explica su urgencia política, la idea de que las vidas de sus personajes están tan conectadas al mundo que las rodea. Me siento tentado a compararla con Una batalla tras otra de Paul Thomas Anderson, otra película de este año que se centra en la clandestinidad y la lucha contra un gobierno autoritario. Pero aunque Una batalla tras otra me parece en general una película mejor y me gusta mucho más, también es una en la que la política actúa como el trasfondo para una historia personal, en la que la revolución actúa como metáfora dentro de una historia sobre un padre y su hija. En El agente secreto la política y la vida diaria se entrelazan de manera inseparable. Las decisiones de unos pocos en el poder, repercuten no solo en la integridad física de Armando, pero también en decisiones prácticas, casuales sobre como vivir la vida diaria. Para la película, esos detalles pequeños pesan tanto como los hechos históricos.


★★★★


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