(Project Hail Mary; Phil Lord & Christopher Miller, 2026)

Hubo un tiempo en el que el sello de los directores Phil Lord y Christopher Miller era tomar malas ideas y milagrosamente sacar algo bueno de ellas. Comando especial reinventó una serie ochentera prácticamente olvidada como una comedia saturada de buenos chistes y la genial química de Jonah Hill y Channing Tatum. La gran aventura LEGO, que sonaba como un inflado comercial de juguetes, resultó una muy entretenida y ocasionalmente emotiva fantasía animada sobre el poder de la imaginación. 

Tengo una hipótesis. Ambas películas funcionaron, no a pesar, sino precisamente porque sus conceptos eran ridículos. Eran premisas que su público no podía tomar en serio, lo que las hacía blancos perfectos para el sentido del humor bobo y burlón de Lord y Miller. Me gusta ver las cosas de esta manera porque también explica por qué su película más reciente, Proyecto fin del mundo, es la que menos me ha gustado de ellos. Por primera vez en su carrera, Lord y Miller trabajan con una idea que, aunque no totalmente original, es verdaderamente buena. No hay que ir muy lejos para encontrar otras películas de ciencia ficción centradas en una misión espacial para salvar a la humanidad de un posible cataclismo (se me ocurren Interestelar de Christopher Nolan o la oscura e infravalorada Sunshine: Alerta solar de Danny Boyle). Pero el énfasis que Proyecto fin del mundo hace en la curiosidad científica basta para darle un ángulo novedoso. Una que quizá no merece absoluta y pomposa seriedad, pero sí una compostura y asombro que Lord y Miller nunca logran desarrollar.

Ryan Gosling interpreta a Ryland Grace, un hombre que despierta como el único tripulante de una nave espacial a años luz de la Tierra, sin idea de cómo llegó ahí. Los recuerdos le regresan poco a poco. Él era maestro de ciencias en una escuela secundaria y antes de eso un científico expulsado de la comunidad investigadora por su controversial teoría sobre la posibilidad de otras formas de vida. Grace recibe la oportunidad de probar esta teoría cuando Eva Stratt (Sandra Hüller), una estricta y serena agente de gobierno lo recluta para investigar una misteriosa formación que lentamente extingue nuestro sol y que en treinta años podría acaba con la vida en el planeta. La trama, que salta entre pasado y presente, explicará más adelante cómo Grace pasó de un consultor científico al astronauta encargado de salvar a la humanidad. Pero desde el inicio nos queda claro que su tarea es investigar una estrella lejana que parece ser inmune a este mismo fenómeno. 

Lo digo un poco como cumplido, mayormente como crítica, pero Proyecto fin del mundo es una película ñoñísima. Uno de los elementos más tiernos, lo que la distingue de la ciencia ficción de alto presupuesto que típicamente nos trae Hollywood, es su claro amor por la ciencia y su proceso. Su villano, si es que se le puede llamar así, existe fuera del bien y el mal. No tiene características humanas y por lo tanto no se puede combatir con violencia o diplomacia; solo con una exacta observación de su naturaleza física. La película obviamente inventa tecnologías y formas de vida que no tienen precedente en el mundo que conocemos. Pero como en Contacto de Robert Zemeckis, hay un intento de anclarlas en conceptos de las ciencias reales, y de guiarnos de manera lógica por cómo Grace y sus compañeros sacan sus conclusiones. La película no se saca términos de la manga, sino que apela a tecnologías y métodos de investigación con los que el público en general puede estar ya familiarizado, o en los que se puede interesar después de ver la película.

Proyecto fin del mundo quiere que su público se enamore de la ciencia. Y lo hace presentándola de forma humilde; como algo que no siempre requiere de equipo caro y masivo. Como Grace en su primer experimento, la ciencia puede hacerse con tablas de madera y cinta adhesiva, por ejemplo. A través de simples experimentos, o mirando con atención las formas que se mueven bajo un microscopio, tenemos acceso a maravillas que ponen a prueba lo que sabemos del universo. La película trata estos momentos de descubrimiento con el peso e importancia que otros blockbusters les dan a sus escenas de acción. En papel, busca más empatía y humildad que un sentido de superioridad.

El otro y más desafortunado lado de su ñoñería está en su sentido del humor. Acercándose por fin a la estrella donde su misión empieza de verdad, Grace se encuentra con una masiva nave alienígena tripulada por una criatura con forma de roca a la que termina llamando Rocky. El primer encuentro de Grace y Rocky es tenso. Ninguno de los tiene cómo comunicarse con el otro, están ante una forma de vida completamente extraña. Pero este obstáculo se supera rápidamente cuando Grace desarrolla un programa de computadora que le permite traducir los sonidos de Rocky a palabras en su idioma (James Ortiz le presta su voz, además de operar la marioneta de la criatura). Pero este encuentro cósmico sin precedentes pronto se manifiesta en trillados malentendidos cómicos, sosos bailes y saludos y anticuadas referencias de cultura pop. 

Como en otras películas de Lord y Miller, Proyecto fin del mundo trata de llenar cada minuto de su duración con chistes. Pero si antes trataban de construir gags sólidos que de verdad hicieran reír, aquí solo logran pintar a Grace como un bufón. Aunque la película está basada en un libro de Andy Weir publicado en 2021, no dejo de pensar que Ryland Grace fue construido alrededor de la personalidad de Gosling (hasta sus nombres se parecen). El bagaje del actor lo persigue aquí; cuesta ver a Grace sin pensar en el idiota y atolondrado Ken que Gosling interpretó genialmente en Barbie. Pero si sus guiños burlones funcionaban en aquella película, socavan una como Proyecto fin del mundo, que aspira a una sinceridad y absoluta falta de cinismo.

La actitud relajada y confiada de Gosling diluyen el impacto emocional de un héroe cuya debilidad fundamental es su falta de confianza. No me creo a Gosling como alguien que no cree en sí mismo. Alguien más apropiado quizá sería Matt Damon, quien interpretó al protagonista de Misión Rescate, otra película adaptada por el guionista Drew Goddard de un libro de Weir. Interpretando a otro astronauta en una misión de supervivencia que no eligió, Damon presentaba su sentido del humor como un mecanismo de defensa, una forma de mantener el entusiasmo y la motivación ante un pronóstico desolador. Su actuación tenía una humildad que simplemente no veo en la de Gosling.

Lord y Miller sabotean el asombro de su película en otros aspectos. Se rodean de colaboradores capaces, pero que entregan versiones diluidas de trabajos anteriores. La música de Daniel Pemberton es una cosa irregular. En sus momentos de mayor suspenso, su uso creativo de los instrumentos logra crear sonidos que de verdad se sienten fuera de este mundo. Pero cuando trata de ponerse inspirador, suena como los alegres pero repetitivos sintetizadores que acompañarían un video corporativo. 

El director de fotografía Greig Fraser ha hecho algunas de las películas de Hollywood más preciosas de la última década (Rogue One: Una historia de Star Wars, las dos primeras partes de Duna y Resistencia). Y aquí entrega algunas imágenes en efecto bonitas, con una cálida textura e intensas sombras. Me imagino que algunas de las más espectaculares, como las de sus naves flotando en el espacio, o empequeñecidas por la figura de un planeta extraterrestre, son efectos visuales generados por computadora. No obstante, éstos son tan finos que no se nota donde termina lo real y empieza lo construido digitalmente. Pero la edición reduce cada una de estas vistas impresionantes a fragmentos de uno o dos segundos, no dejando que nuestros ojos las absorban con esa curiosidad científica que en teoría busca promover. 

Lord y Miller no me parecen cineastas sin talento. En momentos aislados, la película logra efectos potentes, como cuando salta entre el silencio inmaculado del espacio y el ruido estruendoso del peligro. En otros puede ser hábilmente manipuladora. Incluso si la amistad entre Grace y Rocky nunca dejó de parecerme boba y cursi, el final me hizo preocuparme por el bienestar de la criatura casi instintivamente. Pero sus esfuerzos parecen concentrados en socavar precisamente lo que hace a su historia tan especial, poblando una gran aventura espacial por la salvación de la especie humana con absolutos payasos. Supongo que una de las intenciones de la película es bajar a la ciencia de su pedestal, quitarle su aire pedante y mostrarla como algo divertido y accesible. Pero Proyecto fin del mundo nunca me pareció verdaderamente divertida. Si la película fuera una persona, sería ese maestro que a toda costa quiere caerle bien a sus alumnos, pero que solo logra que cada minuto de clase se sienta eterno. 


★★


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