(Silence; Martin Scorsese, 2017)
Silencio, la nueva película de Martin Scorsese, es cine trascendental. Es una película que articula el dilema central de la fe como ninguna otra que haya visto antes; el dilema de intentar mantener vivo lo espiritual en un mundo material, de someterse al martirio y estar dispuesto a morir por una creencia empeñada en honrar la vida. Es una película sobre sacerdotes jesuitas en el Japón del siglo XVII, llevada a la pantalla por un director católico, pero sus observaciones se sienten universales, aplicables a toda creencia religiosa que se haya visto amenaza por la persecución y la duda. La fe siempre ha sido parte importante del cine de Scorsese, una pieza clave de sus más memorables protagonistas. La fe está en el martirio interno del gángster de Harvey Keitel en Calles peligrosas. Está definitivamente en La última tentación de Cristo, un proyecto que el director tardó más de una década en concretar. Silencio, resultado de una producción similarmente complicada (el primer borrador del guion data de 1991), parece una culminación de lo que Scorsese ha buscado decir sobre la fe a lo largo de una carrera de más de cuarenta años. Es un matrimonio perfecto de ideas y técnica. Si no es su obra cumbre es sólo porque tiene que competir con películas como Buenos muchachos y Taxi driver.
Partiendo de una adaptación que Scorsese y su colaborador frecuente Jay Cocks hicieron de la novela de Shūsaku Endō, Silencio cuenta de Sebastião Rodrigues (Andrew Garfield) y Francisco Garupe (Adam Driver), dos sacerdotes portugueses que reciben la noticia de que su mentor, el padre Ferreira (Liam Neeson), renunció a la fe después de ser torturado por predicar la palabra de Dios en Japón. La carta que les leyó el padre Alessandro Valignano (Ciarán Hinds) tardó meses en llegar a sus manos y no ofrece información definitiva del paradero de Ferreira, pero Rodrigues y Garupe no están convencidos de que éste en verdad haya abandonado sus creencias y su deber. En un definitivo salto de fe, Rodrigues y Garupe se introducen a Japón con ayuda de Kichijiro (Yōsuke Kubozuka), un cristiano japonés que se convirtió en alcohólico después de rechazar públicamente a Dios para salvar su vida. En la aldea japonesa de Tomogi, los tres son recibidos por un aterrado grupo de pobladores; víctimas de uno de los encargados de erradicar la religión católica en Japón, el inquisidor Inoue Masashige (Issey Ogata), pero bendecidos por la posibilidad de recibir una vez más el bautismo y la confesión.

La fe de los aldeanos es genuina. Parece ser lo único que les permite tolerar la opresión y la persecución, aún si es precisamente aquello por lo que se les persigue en primer lugar y también aquello que los inquisidores usan en su contra. Para exponer a los creyentes, los inquisidores colocan frente a ellos una imagen religiosa y piden que la pisen en señal de profanación. A los que se rehúsan se les castiga brutalmente. Temprano en la película, tres aldeanos son crucificados en una playa, a plena vista del resto del pueblo, para que mueran de hambre o ahogados por la marea. He aquí uno de los conflictos centrales de la película y de Rodrigues, su protagonista. Él les pide a los aldeanos que, si llegan a ser puestos a prueba, que pisen la figura de Cristo que el inquisidor coloque frente a ellos. La idea es que, si en el fondo siguen creyendo, y sólo traicionan a Dios para salvar sus vidas, éste entenderá. Pero el acto de pisar la imagen de Dios tiene una carga simbólica indudable. La renuncia de la fe, aún una renuncia aparente, comunica el mensaje de que hay cosas que Dios no puede.
Los muertos no pueden predicar la palabra de Dios. Pero los que renuncian públicamente a él tampoco. La fe se disemina con el mensaje de los creyentes y con la sangre de los mártires. ¿Cómo saber cuándo uno es uno o el otro? ¿Cómo saber cómo servirle mejor a Dios? Si uno debe entregar su vida a Dios, entonces sufrir por Él y morir por Él son la máxima expresión de amor a Dios. Pero si Dios promete a aquellos que entregan su vida por Él un lugar en el paraíso, ¿cómo puede uno saber que el amor que le tiene a Dios es genuino y altruista y no surge del deseo de adquirir la recompensa divina? Nadie lucha con estas preguntas mucho más que Rodrigues y nadie las explota mejor que los antagonistas de la película. Pero tan crueles como los métodos de manipulación de Inoue pueden llegar a ser, éstos no carecen de motivación. Silencio rara vez menciona cómo el catolicismo se estableció en Japón, pero es difícil no sentir el rencor que las primeras misiones sembraron originalmente. El catolicismo es después de todo una religión europea, una invasión de su cultura natal. Para ellos, Rodrigues y Garupe no tienen lugar ahí. Representan un peligro y deben ser tratados como tal.
Discusiones, como la que Rodrigues tiene con un intérprete (Tadanobu Asano) sobre la legitimidad de la iglesia católica en Japón, se encuentran a la orden del día en Silencio. Discusiones con argumentos a favor y en contra que no se pueden probar, que no llevan a un lugar definitivo y sólo nos convencen más de la naturaleza intangible de lo que creemos. Discusiones que hacen de Silencio una película abundante en diálogo, pero no una que rechaza las posibilidades visuales del medio cinematográfico. La palabra hablada tiene un lugar protagónico; la voz susurrada de Rodrigues, la voz de un hombre que persiste a pesar del peso insoportable de la duda, sostiene la a veces redundante narración que repasa los eventos de la película. Pero la palabra hablada es acompañada por las composiciones impecables de Rodrigo Prieto, las cuales, destacando la profundidad y el orden del espacio, sugieren el temple y la autoridad de cada personaje. Prieto es un factor determinante en que la búsqueda espiritual de Scorsese se convierta en la película más visualmente deslumbrante del año. Lo ayudan los meros paisajes de Taiwan, en donde se filmó la película, los cuales encogen y abruman a Rodrigues, Garupe y a Ferreira. En Silencio, lo terrenal es abrumador y seductor. Lo que podemos ver, el humo, el fuego, el viento en el follaje, el agua de la lluvia, nos distrae de lo que no está al alcance de nuestra vista. Y como Rodrigues, empezamos a dudar de lo que se encuentra más allá.

¿Ofrece Silencio alguna respuesta definitiva e inequívoca al debate de la fe? ¿Alguna demostración de que la fe está justificada? ¿De que Dios existe? No, y esto parece ser por diseño. El título mismo se refiere a que Dios está presente en la ausencia, a que la fe por definición es ciega y frágil, falible. Si la palabra de Dios, un ser perfecto, queda en manos del ser humano, un ser imperfecto, ¿cómo no torcer sus enseñanzas y traicionarlo al momento de predicarla? Pero si no se hace el intento de diseminar su palabra, ¿qué esperanza tiene esta de sobrevivir en la Tierra? Más que una película que celebra la fe, Silencio parece una película crítica de ella. La devoción de Rodrigues no lo regresa a su maestro. No le permite proteger a las aldeas cristianas de Japón. Ni siquiera le provee el martirio necesario para ascender a los cielos. Y, aun así, las creencias, quizá de Scorsese, quizá de Endō, se cristalizan en un verdadero momento de revelación que la película retrata con total sinceridad. Ni una escena anterior, en la que se sugiere que una epifanía similar fue poco más que una alucinación provocada por la falta de alimento, no hace cuestionar la pureza de este momento. Es un momento que marca la diferencia porque marca la diferencia en Rodrigues y por lo tanto demuestra que su fe sirve de algo. Silencio es una de las piezas de cine más poderosas e importantes de los últimos años porque nos sume en el infierno de la incertidumbre y aun así nos invita, de manera convincente, a creer.