(Captain Fantastic; Matt Ross, 2016)

Al momento de expresarse, el cómo es tan importante como el qué. Hay una escena en Capitán Fantástico que retrata el enorme golfo entre lo que uno piensa que dice y lo que en verdad dice. Alrededor de la mitad de la película, Ben Cash (Viggo Mortensen) interrumpe el funeral cristiano de su esposa Leslie y proclama frente a los feligreses que Leslie, una convertida a budista, deseaba ser cremada y no sepultada. Para el espectador, la meta de Ben es clara. Los que hemos pasado casi una hora con él sabemos que éste simplemente busca que los deseos de ella sean honrados. Pero para los asistentes de la misa su diatriba muy probablemente parece aquella de un hombre enceguecido por el duelo, un intenso rencor a la iglesia, o una necesidad de llamar la atención. Vestido en un vistoso traje rojo, una barba poblada y desaliñada y postrado al lado del ataúd, Ben parece más un villano de Batman que un esposo preocupado. Su verdadera intención se pierde en su ostentosa presentación.

El lenguaje es traicionero. Para darse a entender, uno necesita no sólo saber qué decir, sino cómo esto puede ser interpretado por los demás. La comunicación es un proceso mutuo. Es un dar y recibir. El equilibrio es engañoso. Capitán fantástico, de Matt Ross, es una película sobre un hombre para quien esto es a la vez obvio e imposible. Un genio en sociología y un idiota social. Ben es un paria por elección. Desilusionados con el capitalismo y la hipocresía de la vida estadounidense, él y su esposa optaron por criar a su familia en los bosques de Washington, llevando vidas mínimas. Viven en cabañas. Cazan y cosechan su alimento. En vez de Navidad, celebran el cumpleaños de Noam Chomsky. Sus hijos reciben una estricta, inusual educación. Rutinariamente leen Dostoievski, libros de derechos humanos, ciencias, medicina, física teórica, historia. Su educación física incluye cacería y alpinismo.

Ben puede ser un radical, pero Capitán fantástico se apega con dolorosa rigidez al guion cinematográfico clásico, aquel perfeccionado por el cine comercial estadounidense. Qué ironía. El primer punto nodal de la trama aparece en la forma de una llamada telefónica, con la noticia de la muerte de Leslie. Ben la toma con sorprendente calma, ya sea porque la veía enfermo desde hace tiempo o porque el luto ha sido pervertido por el comercialismo americano o algo así. Ben no tiene interés en dejar el enclave en el que él y sus hijos viven con aparente tranquilidad. Además, Jack (Frank Langella), el padre de Leslie, amenazó con arrestarlo si es que llegaba a aparecerse en el funeral. Pero el resto del clan Cash quiere despedir a su madre, así que Ben toma el volante de Steve (su camión/biblioteca que sirve como única conexión de la familia con la civilización) rumbo a Nuevo México para la ceremonia.

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Regresar al “mundo real” tiene sus problemas. Ben y compañía se detienen brevemente en casa de Harper (Kathryn Hahn), la hermana de él. Mientras tratan de tener una tranquila cena familiar, la muerte de Leslie eventualmente sale a colación. Harper y su esposo Dave (Steve Zahn), intentan esquivar el tema por el bien de los hijos de Ben y los suyos. Piensan que éstos no tienen por qué saber que Leslie sufría de trastorno bipolar y se cortó las muñecas. Desde un punto de vista, tienen razón. ¿Qué cuadro de referencia tienen sus dos muchachos preadolescentes para entender lo que Ben está diciendo? ¿De qué les sirve esta información? Pero Ben también tiene algo de razón. Sus hijos entienden perfectamente lo que sucedió. No se apegan a la idea de que temas como ese no tienen lugar en la mesa. Si sus hijos pueden soportar la muerte de su madre, entonces el que la mente de un niño no puede comprender tales conceptos es falso.

¿Pero hasta qué punto conviene rechazar esta falacia? Los niños Cash son capaces de sobrevivir en ambientes hostiles, a valerse por sí mismos intelectual y físicamente. Pero lo social es algo ajeno a ellos. Esto sólo los aísla más dentro de la doctrina de Ben, quien parece ignorar que su búsqueda de la libertad e independencia de sus hijos creó su propio sistema de subordinación. En su intento de escapar del “fascismo” contemporáneo de Estados Unidos, Ben se ha vuelto el dictador su propio régimen autoritario, con todo y mentalidad de culto. Ben les ha enseñado a sus hijos a ser críticos de todo menos de él mismo.

Capitán fantástico no es una película de preguntas fáciles. Su conflicto es el mismo que aflige a las personas bien intencionadas que buscan un cambio social significativo a través de una vía razonable: ¿qué tan radical puede ser uno antes de volverse demasiado radical? Si esta pregunta fuera explorada a fondo, hasta me atrevería a decir que la película es buena, pero lo superficial de su ejecución traiciona la promesa de este dilema. Sus personajes parecen provocarle sólo un mínimo de curiosidad al guion de Ross; éste nos pide aceptar su exterior en lugar de explorar las causas de su comportamiento. Ben no es un ermitaño porque su experiencia lo llevó a ser así, es un ermitaño porque así lo decidió el guion. Lo único que puede volverlo humano son los propios prejuicios estadounidenses que el público pueda proyectarle. Dado que la raíz de su comportamiento es elusiva, muchos de sus momentos dramáticos se sienten huecos y arbitrarios, problema que se extiende también a sus hijos. Nunca es claro por qué Bodevan (George MacKay), su hijo mayor, decidió actuar a espaldas de él y aplicar a media docena de universidades prestigiosas (en un momento que estira la credibilidad, es aceptado por todas ellas). Tampoco es claro por qué Rellian (Nicholas Hamilton) de repente quiere vivir con sus abuelos en lugar de regresar con Ben. La película ofrece explicaciones, explicaciones que tienen que ver con la enfermedad y muerte de su madre, con su propia madurez, pero estas decisiones nunca se sienten producto de una personalidad congruente o fundamentada. La película es incapaz del escrutinio que Ben le trata de enseñar a sus hijos. Sus personajes son títeres.

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Matt Ross y su director de fotografía Stéphane Fontaine retratan la vida de Ben y su familia con algo de romanticismo cuando deberían ser más críticos. El trabajo de cámara de Capitán Fantástico es típico del cine independiente: planos cerrados a manera de compensar la dificultad de controlar los espacios que rodean a los personajes. Esto no es malo en sí, muchas películas han prosperado en esta limitación. Pero al incorporarlo a su película, Ross y Fontaine fragmentan el ambiente de Ben y llaman más atención a los detalles individuales que al rol de éstos en la vida de la familia, por lo que se sienten algo artificiales, un disfraz que la familia Cash se pone para que los demás no duden de sus ideas políticas.

El mundo de los Cash nunca se siente natural, y esto se extiende a la familia misma. Capitán Fantástico parece indiferente a las complejidades de la personalidad humana, a la idea de que, un marxista radical, por ejemplo, no habla todo el tiempo de Marx. Alguien que vive en el bosque y celebra el cumpleaños de uno de los críticos más severos de la política estadounidense no parece alguien que de verdad esté en contra del sistema, sino alguien que quiere hacer pensar a los demás que está en contra del sistema. ¿Ve la película de esa manera a Ben Cash? Quizá Ben en verdad es tan ingenuo e inútil como parece. Quizá “poder a la gente. Rebélate contra la autoridad,” el credo que se repite a lo largo de la película es tan vacío y meramente simbólico como parece pues, aunque la familia se aparta del sistema, nunca parece verdaderamente interesada en cambiarlo. Quizá el acto de vandalismo que la familia ejecuta al final de la película tiene más que ver con su sentido de justicia y superioridad moral que con honrar los deseos de la madre fallecida, pues la agresión que cometen contra el padre de Leslie no es una agresión contra “el hombre”, sino contra un padre de familia cariñoso y preocupado, una figura paterna más ejemplar que Ben. La película trata a su protagonista con demasiada solemnidad e idealismo, por lo que nos hace pensar que está de su lado. ¿Piensa Capitán Fantástico que Ben es un narcisista y socialista de caricatura? Para nada. Pero por la manera en que se desarrolla su historia, el cómo, nos hace pensar que éste es en verdad este cansado cliché.

★★