(Split; M. Night Shyamalan, 2017)

No creo que me haya dado cuenta de que Desesperación no era un muy buen libro hasta que terminé de leerlo. Desde el principio, su planteamiento, la situación de peligro en que sus personajes se encontraban al parecer sin explicación, me había enganchado. Las distintas líneas argumentales que se malabareaban y que esperaba terminarían por unirse en un espectacular final, me mantuvieron intrigado por más tiempo del que quizá fue prudente. Cuando la última página vino y se fue sin traer consigo un final satisfactorio o una explicación lógica, el sentimiento de vacío, de decepción, no tardó en llegar. Experimenté algo similar al ver Fragmentado, la nueva película de M. Night Shyamalan. Por dos horas me volví adicto a una historia sin darme cuenta de que lo me atraía de ella no eran los personajes o la situación sino la promesa de coherencia y un final contundente. No obstante, no puedo decir que no haya disfrutado la película, como no puedo decir que no haya disfrutado las horas que de adolescente le dediqué a Desesperación y a tantos otros libros, algunos mediocres, de Stephen King. ¿Son el talento de un escritor o director y una premisa intrigante suficiente para crear un buen libro o película? No lo creo. Pero a veces son suficientes para provocar una reacción visceral y para sostener una ilusión en la que uno quiere perderse por un par de horas. Eso es lo mínimo que se le puede exigir a una película o libro de terror.

Shyamalan, quien en 1999 cautivó a críticos y a la taquilla con El sexto sentido, película que le ganó dos nominaciones al Oscar y comparaciones con Alfred Hitchcock y Steven Spielberg, se aferró a su etiqueta de autor con El protegido y Señales antes de convertirse en el hazmerreír de la comunidad cinéfila con una sarta de películas casi universalmente detestadas. El 2015 lo vio regresar con nuevos bríos, su Los huéspedes fue una pequeña y efectiva película de terror que hizo uso creativo del found-footage, recurso que para entonces se había convertido en un cliché del género. Los huéspedes no fue precisamente un salto creativo, sus primeros éxitos son todavía sus películas más efectivas y mejor construidas. Pero el hacer dupla con el productor Jason Blum, así como el adaptarse a presupuestos más limitados (Fragmentado tiene un costo estimado de 10 millones de dólares; contrástese con los 40 millones de El sexto sentido o los 150 de El último maestro del aire, ampliamente considerado el nadir de su carrera), parece haberle dado licencia para provocar y perturbar.

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El planteamiento de Fragmentado es suficientemente aterrador, aún sin los aderezos sobrenaturales que típicamente adornan las películas de Shyamalan. Casey Cooke (Anya Taylor-Joy) es una adolescente introvertida y problemática, atorada en una fiesta con dos compañeras que ni siquiera le caen bien, Claire (Haley Lu Richardson) y Marcia (Jessica Sula). Saliendo de una fiesta, una mirada subjetiva nos coloca en los pies de un extraño que se acerca al padre de Claire, quien termina de colocar unas cosas en el maletero de su auto mientras las niñas esperan dentro. Hay verdadera tensión en cómo la película se toma su tiempo para establecer al observador y en la manera en que corta para mostrar que el hombre que termina subiendo al asiento del conductor no es el padre de Claire, sino un intimidante extraño con intención de secuestrar a las niñas.

Kevin (James McAvoy), su secuestrador, parece el típico pervertido. Las encierra en un sótano e intenta violar a una de ellas. Pero la verdad es mucho más complicada. Sus acciones fueron en realidad las de Dennis, una de las veintitrés personalidades que residen dentro de él, un paciente de trastorno de identidad disociativo. Además de Dennis, dentro de él viven Patricia, una mujer cortés y delicada; Hedwig, un niño de nueve años; Barry, un diseñador de modas; y otros diecinueve. Tres tramas paralelas se desarrollan a lo largo de la película, lo que hace que aquella que se enfoca en los intentos de Casey y sus compañeras por sobrevivir pierda algo de su claustrofóbica efectividad. Una de ellas, a través de numerosos saltos al pasado, nos muestran la infancia de Casey y su relación con su padre y su tío. La otra nos muestra las visitas de Kevin a la psicóloga Karen Fletcher (Betty Buckley), quien ha deducido que las múltiples personalidades de su paciente contienen la clave de lo sobrenatural.

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Este último detalle es suficiente para situar a la película firmemente en el territorio de lo sensacionalista y vulgar, y Shyamalan le añade un acorde sabor de cine de explotación. Si Shyamalan alguna vez mereció comparaciones con Hitchcock, Fragmentado es su Psicosis, una película cruel en temática pero elevada por la técnica. Mike Goulakis, el director de fotografía, da preferencia a lentes amplios que distorsionan los rostros de los personajes, e ilumina el sótano de Kevin como la antesala del infierno. El diálogo incómodo y rebuscado, uno de los aspectos que se le suele criticar más a Shyamalan, distrae de los elementos más controversiales, como la tendencia de la película a mostrar a las tres adolescentes en ropa interior y el que el abuso sexual sea una parte tan importante de dos personajes clave. Shyamalan nunca ha sido un director particularmente interesado en el sexo, por lo que las ocasiones en que parece sexualizar a sus tres víctimas parecen más un juego de manos, una manera de que el público no adivine sus verdaderas intenciones o la eventual dirección de la historia. Su fuerte afiliación a la fantasía también hace que la película difícilmente pueda confundirse con un retrato acertado del trauma, aunque por lo menos un intento de explorarlo a través de personajes con más de una dimensión.

Fragmentado es cruel y atrevida de una manera en que pocas películas de Shyamalan lo han sido antes. Pero también le falta lo bien construido y simpático de sus mejores guiones. Y es que, si bien la película hábilmente balancea tres historias paralelas, no puede hacerlas converger de una manera satisfactoria o poblarlas de personajes en verdad entrañables. Fragmentado tiene mucho a su favor. Si la actuación de McAvoy no es una de las mejores del año, por lo menos es una de las más comprometidas. Su Kevin, con todas las personalidades que éste engloba, es un villano memorable, surreal, y absurdo sin caer en la caricatura. Es fuente de terror como de humor. Y Anya Taylor-Joy, una revelación en La bruja el año pasado, posee la tenacidad y vulnerabilidad de las mejores heroínas de terror. Pero la película termina de una manera demasiado familiar, cuando sus malabares narrativos y la técnica de Shyamalan nos habían prometido más.

★★1/2