(Humberto Hinojosa, 2017)
Qué tanto te guste Camino a Marte dependerá tal vez de qué tanto te divierta su título (“a Marte”, “amarte”, ¿entienden?) Ésta es una película cuya generosidad y franqueza juvenil rayan ocasionalmente, pero nunca demasiado, en lo cursi y sentimental. Sí, el concepto es algo ridículo y sus diversos elementos trillados, pero así como Tu nombre de Makoto Shinkai, Camino a Marte es un romance de escala cósmica cuyas fallas son fáciles de pasar por alto por lo intenso y universal de sus sentimientos y por el amor que les tiene a sus personajes. Éstos son imperfectos, a veces egoístas; para nada los imposiblemente lindos y perfectos héroes de tantos romances insípidos. La película quiere hacerlos felices, pero nunca perdiendo en cuenta de que tanto el mundo como ellos mismos plantean enormes obstáculos.
Tómese por ejemplo a Emilia (Tessa Ia), la protagonista de la película y una joven con una enfermedad terminal. Ella sabe que se va a morir y la película también. Ella se embarca en un viaje por carretera que se convierte en una fantasía sobrenatural, pero hasta esto se siente algo agridulce: sólo cambiando radicalmente las reglas del universo es que Emilia puede ser verdaderamente feliz. Harta de desperdiciar sus últimos días en el hospital sin mostrar señal de recuperarse, Emilia emprende con Violeta (Camila Sodi) un viaje de Tijuana a Balandra, su playa favorita. Toda sinopsis que leí me sugiere que Emilia y Violeta son sólo mejores amigas, pero la verdad es que se sienten más como hermanas; quizá porque Tessa Ia y Camila Sodi son medias hermanas en la vida real, quizá porque Violeta constantemente asume el tono paternal que los hermanos mayores más responsables y sensibles tantas veces adoptan.
En una gasolinera al lado de la carretera, Emilia y Violeta se encuentran con un hombre (Luis Gerardo Méndez) en chaqueta de cuero y casco de motocicleta que se les queda viendo. El extraño parece un peligro más grande para sí mismo que para las personas a su alrededor: no puede hablar ni servirse café sin hacer un desastre. En el calor del momento, Emilia y Violeta lo rescatan de un cajero que lo intenta agarrar a golpes (al parecer tratar de pagarle en besos fue mala idea) pero lo dejan a mitad de la carretera cuando se dan cuenta de que no saben quién es o de qué es capaz. ¿Qué si nada más se está haciendo el tonto para guiarlas fuera de la carretera y aprovecharse de ellas? A lo largo de la película, Emilia y Violeta saben mantener su distancia de los hombres que se encuentran. Este sentimiento de alerta no las define, no las hace menos atrevidas, pero es algo con lo que viven todo el tiempo.

Temiendo que el extraño termine atropellado, Emilia y Violeta deciden regresar por él y éste finalmente se presenta como un extraterrestre con la misión de destruir la Tierra. Emilia y Violeta lo toman por un aficionado a las drogas que “se quedó arriba” y no le hacen mucho caso, pero las extrañas habilidades que revela poco a poco las convencen de que podría estar diciendo la verdad. Violeta luce perpleja y después divertida. Decide darle el nombre Mark en honor de una tormenta tropical que está por tocar tierra cerca de ellos. Emilia, por su parte, parece encantada. Por un lado, sólo un extraterrestre genocida podría compartir su cinismo; por otro, sus reacciones son lo más genuino y puro que ha visto en mucho tiempo. Él está maravillado con un mundo del que ella se aburrió hace mucho tiempo.
En Camino a Marte, Luis Gerardo Méndez se libera del papel de junior arrogante y atolondrado en el que Nosotros los nobles y la serie de Netflix Club de Cuervos parecían haberlo encasillado. Sin desaprovechar sus dotes cómicos, por supuesto. Su Mark es un simpático pez fuera del agua, un extraterrestre tan avanzado que puede aprender el idioma español escuchándolo por un par de segundos, pero no distinguir si un insecto está muerto o no. Su actuación está llena de geniales detalles: Méndez parpadea como si sus ojos se estuvieran acostumbrando a una atmósfera alienígena o como si tratara de explicar de dónde sacó su casa en Lomas de Chapultepec. Ia y Sodi, por su parte, se sienten tan cómodas y naturales en sus papeles; intercambian abrazos y gestos como hacen sólo aquellas personas que se conocen profundamente y por mucho tiempo. El lenguaje coloquial mexicano y los chascarrillos que el director Humberto Hinojosa y su coguionista Anton Goenechea escriben para ellas, los usan de una manera que nunca se siente forzada. Y se necesita habilidad para que frases como “¿Te gusta mi look estilo Oliver Twist visita la ciudad?” suenen naturales.

Camino a Marte es la clase de película que el cine mexicano comercial debería hacer más seguido. Sus valores de producción provienen, no de un intento de replicar los escenarios y efectos especiales de Hollywood, sino de los paisajes que ya existen dentro del país, usados con un ojo atento a su función en la historia: es apropiado que una de las escenas más conmovedoras en una historia de amor marcada por la muerte y la decadencia ocurra sobre un plato satelital abandonado. El estilo es ligeramente crudo y experimental, pero su abrumador y etéreo diseño sonoro siempre complementa la historia y los cortes abruptos y cámara temblorosa nunca nos impiden reconocer información importante.
Pero más importante, Camino a Marte nunca pierde de vista quienes son sus personajes ni qué historia está contando. Sólo porque su premisa sea una fantasía de ciencia ficción no quiere decir que no pueda hacer preguntas complicadas sobre sus personajes. ¿Está siendo egoísta Violeta al reclamarle a Emilia por dejar sus medicinas, a pesar de que ésta ha decidido morir en sus propios términos? ¿O está siendo Emilia egoísta al tratar de alejar a Violeta cuando ella más quiere estar a su lado? El final de Camino a Marte es similarmente atrevido en cómo compara la muerte individual con el fin del mundo. Si el mundo se vuelve real a través de la conciencia, ¿deja entonces éste de existir cuando uno deja de experimentar la conciencia? Estas preguntas no son nada nuevo, y la película nunca ofrece una respuesta contundente. En una película inferior (por ejemplo, I Hate Love, la segunda película de Humberto Hinojosa), esta ausencia de resolución se sentiría inevitablemente pretensiosa e insoportable. Pero los personajes de Camino a Marte se sienten tan reales, el enfoque de su guion es claro (salvo quizá por una subtrama sobre un escritor de ciencia ficción desaparecido, la cual no lleva a ningún lado) y la película está hecha con tanta sinceridad que su trip apocalíptico resulta al final más encantador que pedante.