(120 battements par minute; Robin Campillo, 2017)

120 latidos por minuto es una película sobre un grupo específico en un lugar específico en un momento específico y sin embargo se siente extrañamente universal. Sus protagonistas son los miembros de la rama parisense de ACT UP, un grupo de acción directa dedicado a levantar conciencia y defender a los diagnosticados con VIH o SIDA, durante los años noventa, pero cualquiera que haya sido parte de un grupo unido por una misma convicción política puede verse un poco reflejado en ella. Como suele suceder en las películas con un numeroso elenco estelar, al principio cuesta reconocer quién es quién. Y como sucede en todo grupo de personas, poco a poco unos destacan más que otros. Sophie (Adèle Haenel), una obstinada y apasionada joven que toma protagonismo en todas las reuniones, emerge como la líder natural del grupo. Marco (Théophile Ray), un introvertido adolescente VIH positivo y su madre Hélène (Catherine Vinatier), destacan quizá porque a primera vista se sienten tan fuera de lugar en las ruidosas, a veces juveniles reuniones. La película nos da pocos detalles de la vida de cada uno. Rara vez los vemos interactuar fuera de sus reuniones y eventos, pero igualmente podemos empezar a armar un boceto mental de sus vidas. Nunca recibimos una explicación de por cómo se unieron o cómo Hélène, por ejemplo, reaccionó inicialmente a la enfermedad de su hijo, pero la película no las necesita. En su forma de actuar se sienten suficientemente humanos y delineados.

El director Robin Campillo, quien se describió como un militante de ACT UP en su juventud, recrea la dinámica de este grupo con una nerviosa energía. Reuniones en las que personajes discuten temas de actualidad o cuestiones administrativas se desarrollan con la sensación de que el caos está a punto de estallar, pero siempre hay algo que lo evita. No hay un protocolo firme, pero sí algunas reglas: chasquidos de dedos sustituyen a los aplausos y el tiempo para hablar es regulado por un moderador. Los miembros de ACT UP tienen metas comunes: que se escuchen las necesidades de las minorías más afectadas como las prostitutas, los homosexuales y los drogadictos y que se establezca una justa legislación para tratar sus problemas. Pero hay discrepancias en cuanto a cómo lograrlo. Aquellos más sensibles y civiles como Sophie condenan acciones como el atacar a un funcionario público con sangre falsa. Las llaman contraproducentes y bien podrían tener razón al verlas así.

A otros como Sean Dalmazo (Nahuel Pérez Biscayart) parece no importarles. De hecho, no sólo ven la utilidad de meterse sin permiso a salones de clase y laboratorios, sino que también parecen disfrutar del desorden que con ellos viene. Lejos que argumentar que una estrategia funciona mejor que otra, 120 latidos por minuto y el guion de Campillo y Philippe Mangeot reconocen que éstas fundamentales diferencias de opinión tienen orígenes muy personales; que tienen que ver con la situación particular de cada uno, con lo que han vivido y lo que han sufrido. A aquellos que como Sean tienen tiempo diagnosticados y tienen que enfrentarse a dolorosos y caros tratamientos que no les dan muchas posibilidades de vivir no podrían importarles menos las palabras de expertos y doctores. Éstos bien pueden ser sinceros y tener buenas intenciones, pero sin quererlo terminan repitiendo lo mismo que los que viven con un diagnóstico han estado escuchando todo el tiempo. Pueden entender las minucias médicas y las ramificaciones sociales del problema pero no el miedo existencial de vivir con éste todo el tiempo. Los actos de rebeldía de Sean y compañía no necesariamente están dirigidos hacia una acción a futuro; son también intentos de recuperar el control de sus vidas.

120 latidos por minuto_1

120 latidos por minuto no tiene mucho en lo que a historia se refiere. Se compone de momentos aislados, de reuniones de grupo, desfiles y protestas que son presentados en una fotografía naturalista rica en textura y una cámara siempre en movimiento. La música es una constante, la película parece siempre ágil y alegre a pesar de lo serio de su temática. Un par de secuencias, del grupo bailando en una discoteca, rayan en lo psicodélico pero igualmente recuerdan de manera visual que vivir con una enfermedad es vivir con el tiempo contado. Sin embargo, las escenas más vivas de 120 minutos son también las menos extravagantes; aquellas en las que el grupo se encuentra encerrado en una sala de reuniones. Sus opiniones y personalidades fuertes son el motor que mueve la película.

El punto fuerte de 120 latidos por minuto es esta dinámica de grupo, éstas relaciones. Sin embargo, por alguna razón, la película por un buen tiempo se desprende de ellos para enfocarse en Sean. Cuando éste empieza a cortejar a un joven VIH negativo llamado Nathan (Arnaud Valois) que se acaba de incorporar al grupo, la película sutilmente deja de ser sobre un grupo de acción social para convertirse en una historia de amor. Ésta funciona a grandes rasgos, aunque se intercala bruscamente con las actividades del resto del grupo y, dado que Sean y Nathan son siempre parte de una historia más grande, la película nunca nos da la oportunidad de conocerlos lo suficiente para de verdad involucrarnos en su relación. El final de 120 latidos por minuto encuentra una forma de arreglarlo, no sólo trayendo de vuelta al resto del grupo y haciendo referencia al inicio de la película, sino también reiterando la sensación de pertenencia que existe dentro de este grupo. Es a la vez ingenioso, triunfal y melancólico. La militancia de sus personajes no se disipa pero sí revela algo más parecido a una unidad familiar. 120 latidos por minuto empieza como un tributo al activismo político y funciona porque revela la humanidad que se encuentra al centro de su movimiento.

★★★1/2