(Hugo Lara, 2017)

El planteamiento de Cuando los hijos regresan tiene potencial. Si no para una gran película, por lo menos para una divertida comedia de conjunto con una que otra observación acertada sobre cómo funcionan las familias. Manuel (Fernando Luján) se acaba de jubilar y con su esposa Adelina (Carmen Maura) está listo para disfrutar de su segunda “vida de solteros”. Más buenas noticias: su hijo Rafis (Francisco de la Reguera), un intelectual que nunca trabajó y sigue viviendo en su cuarto de niño, finalmente deja el nido para mudarse a Puebla y trabajar como investigador astrónomo en una universidad. Libres al fin, Manuel y Adelina gozan tomando clases de baile, armando rompecabezas y revitalizando su vida amorosa. Pero el gusto les dura poco; tan pronto como se empiezan a acostumbrar a esta nueva rutina se aparece en su puerta su hija Carlota (Cecilia Suárez) con la noticia de acaba de dejar a su esposo Gilberto (Tomás Rojas) porque sospecha que lo está engañando. Y antes de que puedan saber qué pasa, Chico (Erick Elías), su otro hijo, llega acompañado de su esposa después de que sus deudas los llevan a perder su apartamento en Santa Fé. Y Rafis regresa diciendo que el trabajo no le gustó cuando en realidad nunca lo obtuvo en primer lugar.

La primera parte de la película no es perfecta pero funciona. La cena familiar en la que Manuel y Rafis comparten sus buenas nuevas establece más o menos la dinámica de un clan que no se lleva del todo bien, pero igualmente se soporta durante los ratos que se ven obligados a compartir. Nos damos una idea de las tensiones que saldrán a la luz una vez que todos se encuentren bajo el mismo techo. Hay algunos tropiezos, no obstante. La escena en que los hijos empiezan a llegar no es tan divertida como podría serlo porque escenas anteriores ya nos dicen de los problemas de Chico y Rafis. No hay sorpresa cuando se aparecen uno tras otro. Y la película no hace mucho con que Carlota, la única hija, sea la única de los tres que no llega con una excusa inventada (Chico y Daniela dicen que están arreglando su apartamento). Que sus padres desconfíen de ella pero acepten las mentiras de los dos varones hasta se siente como un comentario sobre los diferentes estándares que aplican a los hombres y las mujeres. Pero la resolución de esta pequeña trama nunca es tan ingeniosa o inspirada como debería.

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Lo mismo se puede decir del resto de la película. Una vez que padres e hijos empiezan a compartir la misma casa, impera una sensación de “¿y ahora qué?” En lugar de nacer de los rencores pasados, de sacar a sus personajes de sus zonas de confort o de la mera dificultad logística de convivir en un mismo espacio, el drama y la comedia de Cuando los hijos regresan proviene de los lugares más trillados. El mayor obstáculo a vencer es un complot para quitarle la casa a Manuel y Adelina, llevado a cabo por la esposa de Chico, un personaje que hasta en una telenovela destacaría como demasiado caricaturesco en su villanía. Un intento para recuperar la residencia involucra un concurso de baile con un premio en efectivo–es un recurso trillado, sacado de la manga, pero la película por lo menos lo resuelve de forma divertida. Y un personaje secundario, cuya única característica destacable es su nacionalidad, le da a la película la oportunidad de robarse el chiste menos divertido de las comedias de los ochentas. Cada que Takumi (Takato Yonemoto) se aparece, la música cambia a una muy trillada tonada japonesa.

Es tentador llamar a Takumi un estereotipo racial, pero él (y dos joviales empleados de mudanza que discuten sobre estilos arquitectónicos), es de los pocos personajes de la película que no es totalmente detestable. El vello facial y el trato algo infantil de Rafis recuerda al personaje de Charlie Day en la serie It’s Always Sunny in Philadelphia, pero la inocente idiotez que Fernando de la Reguera interpreta nunca es tan convincente. De la Reguera nunca parece incrédulo a las consecuencias de lo que dice o hace, y entonces sus chascarrillos se sienten más crueles que otra cosa. Él y Fernando Luján, quien lleva su papel de viejo cascarrabias un tanto muy lejos, se disputan el título de la actuación más incongruente de la película. Sus rabietas frustradas expresan un rencor y amargura que no encajan con un personaje que en el fondo, se supone, de verdad quiere a sus hijos.

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Cuando los hijos regresan tiene uno que otro detalle simpático. El equipo de boliche de Carlota–su distracción de la vida diaria–hace referencia a una colección de lechuzas de porcelana que su madre tiene en la sala, indicando que no la ha hecho del todo a un lado. Hay una discusión algo dramática que el director Hugo Lara resuelve en un algo impresionante plano secuencia. Y es algo enternecedor que Rafis se acople con tanta facilidad con los hijos preadolescentes de su hermana, mientras sus hermanos y sus padres discuten sobre problemas financieros; de alguna manera, él sigue siendo el niño de la familia. Carmen Maura, una colaboradora frecuente de Pedro Almodóvar, da la mejor actuación de la película. Cuando los hijos regresan nunca trata de explicar por qué Adelina habla con un acento español a pesar de que se supone vivió toda su vida en México, pero no importa. Ella irradia la calidez y bondad de una matriarca de familia, pero también la chispa y espontaneidad de una mujer que igualmente preferiría pasarse las tardes en la cama con su esposo.

Hay momentos de Cuando los hijos regresan que capturan con algo de fidelidad la atmósfera de una familia obligada a compartir un espacio limitado. Las familias de vacaciones, a quienes la película casi seguramente dirigida, probablemente encuentren por lo menos una cosa con qué identificarse. Pero al final, Cuando los hijos regresan es de esas películas que, por una hora, muestra a sus personajes siendo crueles el uno con el otro antes del obligado recordatorio de que son familia y se quiere mucho. De ahí que Manuel y Adelina tengan relaciones sexuales mientras todos los escuchan, se paseen semidesnudos por la casa, torturen psicológicamente a sus hijos con sus miedos infantiles y gusanos en la comida y después sean celebrados por su labor como padres. La extraña yuxtaposición de crueldad y sentimentalismo es suficiente para descarrilar a la mayoría de las comedias, y Cuando los hijos regresan no tiene el hábil manejo del tono que necesita para que esto funcione. Lo que podría ser una alegre y ligera forma para despedir el año se convierte en una aburrida película del montón.

★1/2