(Knives Out; Rian Johnson, 2019)
En 2017, Rian Johnson estrenó la mejor película de Star Wars desde El imperio contraataca. Aunque su episodio ocho fue un éxito con los críticos y recaudó más de 1,300 millones de dólares alrededor del mundo, un pequeño pero ruidoso contingente de fanáticos convirtió al guionista y director en blanco de insultos y críticas de lo más trivial. Vilipendiaron su jocoso estilo cómico, su reinterpretación del mito de Luke Skywalker y el mayor protagonismo de ciertos personajes femeninos y pertenecientes a minorías raciales.
Éste último dato es importante. La ola de odio dirigida hacia la película no puede verse como un fenómeno aislado, más bien como uno de tantos episodios de la guerra cultural entre los polos políticos de Estados Unidos. Aunque los que levantaron la voz contra Johnson (y contra la presidenta de Lucasfilm Kathleen Kennedy y la actriz Kelly Marie Tran) quisieran considerarse como personajes apolíticos, preocupados únicamente por la correcta conservación del universo creado originalmente por George Lucas, la verdad es que su repetición constante de retórica anti-feminista y de derecha sólo hizo más difícil tomarlos en serio.
Una de las críticas más extrañas que se le hizo a Los últimos Jedi tiene que ver con la tendencia de Johnson a jugar con las expectativas del público. Quizá los engaños y enredos resultan desconcertantes en el contexto de una serie basada en mitos familiares, pero cabe señalar que Johnson nunca ha sido un director que juega con las mentes de su público solo porque sí. Más frecuentemente que no, su ingenio pone las mecánicas de un género en particular al servicio de alguna idea más grande. Lo que hizo para Star Wars lo hizo previamente para el cine negro en Brick, para el de atracos en Estafa de amor y para el de viajes en el tiempo en Asesino del futuro.
Uno tiene que sentirse un poco mal por Johnson, que no cometió crimen mayor que el de sobreestimar la inteligencia del fandom y sin embargo terminó en el fuego cruzado de una pequeña guerra de internet. Pero si su película más reciente es señal de algo es que encontró una forma más productiva de canalizar el enojo. Entre navajas y secretos habla con fluidez el lenguaje de las presentes guerras culturales, pero su filoso humor va más allá de estas trivialidades.

En su feroz reinterpretación de los misterios tipo Agatha Christie (de por sí dados a la sorpresa y los enredos), Johnson ahonda también con inteligencia en las tensiones de las que el pleito en el que se metió sin querer es un mero síntoma. Sus ideas están insertadas en un producto salvajemente entretenido, entramado con increíble precisión y llena de diálogos y gags ocurrentes. Es capa sobre capa de diabólico ingenio.
La película empieza como tantas en su género: con una muerte enigmática y un amplio elenco de sospechosos. Un día después de su cumpleaños número 85, el millonario escritor de novelas de misterio Harlan Thrombey (Christopher Plummer) es encontrado muerto en el estudio de su barroca mansión, de un navajazo que al parecer se hizo él mismo. El sentido común dicta que se trata de un suicidio, pero el detective privado Benoit Blanc (Daniel Craig, con un denso y casi incomprensible acento sureño), contratado para asistir al detective Elliott (Lakeith Stanfield) y al policía estatal Wagner (Noah Segan, dulce y torpe), no quiere descartar la posibilidad de un homicidio y decide interrogar a los familiares y allegados de Harlan que estuvieron durante su fiesta: sus hijos Linda (Jamie Lee Curtis) y Walt (Michael Shannon); sus parientes políticos Richard (Don Johnson) y Joni (Toni Collette); sus nietos Ransom (Chris Evans), Meg (Katherine Langford) y Jacob (Jaeden Martell); y su enfermera Marta (Ana de Armas).
La forma en que Johnson los presenta, mediante una interrogación policiaca, es igualmente familiar (nótese sin embargo el humor con que el editor Bob Ducsay corta entre las distintas declaraciones que se contradicen), pero sirve un propósito mayor: al poder hablar de sí mismos en los términos más favorables, la familia Thrombey construye un mito alrededor de sí misma que Johnson procede a destruir poco a poco. Linda, una empresaria de bienes raíces; Walt, el administrador de la editorial su padre y Joni, una gurú de estilo de vida, hablan de sus propias empresas y fortunas como el fruto de su propio esfuerzo e ingenio, cosa que no es del todo cierta. Ya sea en la forma de un préstamo o una pensión, todos se beneficiaron de los millones que Harlan hizo con la venta de sus libros y tenían algo que ganar de su herencia. Al mostrar la verdadera naturaleza de los Thrombey, Johnson desbarata el mito que justifica la acumulación de la riqueza en las manos de unas pocas élites.
Entre navajas y secretos alienta lecturas políticas, no sólo porque repite términos como “social justice warrior”, “copo de nieve liberal” y “trol alt-right” (cortesía de los personajes de Meg y Jacob, el primero una estudiante universitaria de artes liberales y el segundo un adicto a su teléfono con ideas de ultraderecha).

En una escena clave, los adultos de la familia entran en una acalorada discusión sobre la migración. Los argumentos que se intercambian reflejan la típica dicotomía liberal/conservadora del discurso político del país, pero lo que llama la atención es que Marta, una hija de inmigrantes latinoamericanos (nunca sabemos de qué país exactamente, gracias a uno de los mejores gags de la película), sólo sea invitada a la conversación cuando uno de los Thrombey la usa como ejemplo. Entre navajas y secretos expone la presente polarización política de Estados Unidos como un juego de las élites. Por supuesto se habla de duras realidades y políticas cacapes de destruir vidas individuales, pero aquellos directamente afectados son finalmente relegados a los márgenes. La moralidad es secundaria a los intereses de clase. Cuando aquellos con dinero y poder se enfrentan a la posibilidad de perderlos, medidas devastadoras como la deportación se justifican por la necesidad de mantener su privilegio.
Diré poco sobre cómo estas ideas son incorporadas a la trama, pues vale la pena verla sabiendo lo menos posible, descubriendo con ojos frescos la cada vez más complicada intriga alrededor de la muerte de Harlan. Al mismo tiempo, el saber cómo termina tampoco opaca los méritos película; vista una segunda vez, uno aprecia mejor el cuidado y atención con el que Johnson orquesta cada evento, cómo cada detalle que parece irrelevante cobra sentido con su resolución.
El ingenio de Johnson como guionista en ocasiones eclipsa su talento visuales y sonoro, la forma en que su visión se sincroniza perfectamente con sus talentosas cabezas de departamento: el diseñador de producción David Crank, quien hace de la mansión de Harlan (donde la mayoría de la película transcurre) un monstruoso pero romántico rompecabezas; el director de fotografía Steve Yedlin, quien llena la película de llamativos movimientos de cámara, pero que siempre corresponden a lo que nos quieren mostrar y hacer sentir; y su hermano y compositor Nathan Johnson, cuya partitura evoca los thrillers psicológicos de Hitchcock, apropiado pues la película se convierte en uno cada vez que se apega al punto de vista de un personaje clave. No revelaré de quién se trata, pero es ese punto de vista lo que finalmente hace a Entre navajas y secretos más que un ingenioso ejercicio, un dulce y optimista comentario sobre el tiempo en que vivimos; un recordatorio de que ser buena persona no quiere que aquellos que actúan en mala fe deben salirse con la suya.