(Athena; Romain Gavras 2022)

El inicio de Atenea solo se puede describir como virtuoso. Un plano secuencia sigue a un joven en uniforme militar que camina por los pasillos de una comisaría de policía momentos antes de dar un anunció a la población y a la prensa, reunidos afuera. La cámara flota por encima de gente local y personas de los medios para detenerse en un grupo de encapuchados, uno de los cuales lanza una bomba molotov a la estación, inaugurando así un completo asalto a las instalaciones. Los encapuchados se abren camino, capturando una caja fuerte que contiene armas de fuego y la cámara, que no ha cortado, nos lleva a través de todo el caos: un auto se estrella en la pared y los invasores repelen a los policías con coloridos petardos. Una vez logrado su objetivo, se trepan a una camioneta de la policía y escapan por una avenida, varios de ellos asomándose desde el interior de la camioneta, otro ondeando una bandera francesa mientras motocicletas se balancean en una rueda a su alrededor. La cámara continúa tras ellos hasta que llegan a las torres de apartamentos del barrio de Atenea, que les sirve como base de operaciones, donde se reúnen con sus compañeros y finalmente posan desafiantes en un puente sobre la avenida. Después de poco más de diez frenéticos minutos, ocurre el primer corte visible.

Al centro de Atenea están tres hermanos, ubicados en distintos frentes de la ley después del asesinato del menor de ellos, Idir, al parecer a manos de oficiales de policía. Los tres tienen raíces árabes, como muchos en el complejo de apartamentos. Abdel (Dali Benssalah), el militar que vimos al inicio, colabora con las lentas e inciertas investigaciones de la policía. Karim (Sami Slimane), opta por una ruta más directa, es él quien encabezó el asalto a la comisaría; él y sus compañeros juran no ceder hasta que los asesinos de su hermano sean identificados y encarcelados. Moktar (Ouassini Embarek), el tercero de ellos, es un traficante cuyas operaciones se ven frustradas cuando Karim y su grupo se atrincheran en los apartamentos. Un cuarto personaje importante es Jérôme (Anthony Bajon), uno de los policías antimotines que empiezan a sitiar Atenea, haciendo que entrar y salir sea casi imposible.

Atenea convierte las tensiones y divisiones sociales de la Francia actual en su tema principal. Uno de sus guionistas es Ladj Ly, el cineasta de ascendencia maliense que dirigió Les Misérables, que también cuenta de un caso de brutalidad policiaca que sirve como catalizador para las frustraciones sociales de su población, particularmente inmigrantes de África. Atenea trata de darnos una idea de esta complejidad, dando peso similar a los puntos de vista de los tres hermanos, quienes entran dentro de distintos arquetipos y tienen actitudes muy diferentes hacia el orden y la justicia: el soldado que se asimila a la sociedad dominante (al grado de pelear por ella), el disidente que se levanta violentamente contra el orden, y el criminal que solo busca su ganancia personal.

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Entre más se enfoca en estos tres personajes y sus pleitos personales, Atenea pierde su enfoque social. Se siente menos como una radiografía de una sociedad compleja que como un poco cocido drama familiar. Sus caracterizaciones son mínimas, pero las de otros personajes son casi inexistentes. Restringido desde su concepción a un par de horas muy tensas y llenas de acción, el guion de Gavras, Ly y Elias Belkeddar, tiene poca oportunidad para adentrarse en sus psicologías de manera significativa; qué representan más allá de sus metas inmediatas es un misterio para nosotros. Sus actores principales tienen oportunidad de mostrarse emotivos pero estos momentos no parecen conectados a nada.

No ayuda tampoco que Gavras nunca abandone del todo el concepto del plano secuencia. El artilugio impresiona en sus primeros minutos, pero escenas subsecuentes igualmente se desarrollan con la cámara siguiendo a uno de sus personajes principales por el complejo de apartamentos, cada vez más parecido a una verdadera zona de guerra. La mayoría de sus cortes se reservan para indicar un cambio en el punto de vista, un intercambio de la batuta narrativa. Pero en lugar de facilitar el involucrarnos emocionalmente con ellos, el plano secuencia hace todo lo contrario. Los ambientes se reducen totalmente a sus obstáculos físicos. Crean una experiencia visceral pero vacía, fugaz. La música del compositor GENER8ION, pulsante y ominosa, solo contribuye a esta repetitiva intensidad.

Como sucedió con 1917 de Sam Mendes, el plano secuencia resalta solo la emoción superficial y la proeza técnica de la producción. Gavras orquesta impresionantes secuencias, coreografiando explosiones, enfrentamientos, acrobacias y efectos especiales, pero parece que no tiene más en su mente que reducir el sufrimiento de sus personajes a un espectáculo (lo mismo contra lo que Jordan Peele advirtió en ¡Nop!). Atenea no es una película particularmente cínica, incendiaria o provocativa. No es un llamado a la revolución ni una denuncia de los extremos a los que se pueden llegar para conseguir justicia. Es una película de acción hecha hábilmente que recurre a un tema relevante para compensar lo hueco de sus intenciones.


★★1/2


Atenea está disponible vía streaming en Netflix.