(Blonde; Andrew Dominik, 2022)
Las primeras dos películas que el director Andrew Dominik hizo en Estados Unidos (su ópera prima, Chopper, es una producción de su nativa Australia) comparten un cinismo por los mitos de este país. En El asesinato de Jesse James por el cobarde Robert Ford, de 2007, sobre los últimos años del emblemático forajido del Viejo Oeste, encontró a alguien falible, desesperado y paranoico, eclipsado fácilmente por los relatos contados sobre él. En Mátalos suavemente, de 2013, la crisis financiera de 2008, el huracán Katrina y la elección de Barack Obama convergen en una moraleja sobre cómo el individualismo capitalista era más poderoso que cualquier mito de unidad nacional o los ideales de sus padres fundadores.
A primera vista, tiene sentido que Dominik se sienta atraído por la historia de Marilyn Monroe. La actriz, nacida Norma Jeane Mortenson, es una mujer tan famosa como incomprendida; encasillada desde el inicio de su carrera por la etiqueta de símbolo sexual y cuya escandalosa muerte a la edad de 36 años (manteniéndola eternamente joven en la memoria colectiva) suele recibir más atención que su talento como intérprete o su complejidad como persona. Al mismo tiempo, Monroe es una candidata inusual para un protagonista de Dominik. Sus películas tienden a girar alrededor de los fallos y corrupciones de hombres; las mujeres aparecen solo en el fondo, como objetos sexuales, amas de casa o menciones en sórdidas anécdotas. No busco acusar a Dominik y a su cine de misoginia, solo señalar que su filmografía sugiere mayor interés por el mundo masculino que el femenino. ¿Cómo sería una película suya con una mujer como protagonista?
Una importante aclaración sobre Rubia: no es estrictamente una biografía de Marilyn Monroe, sino una adaptación de la novela de 2000 de Joyce Carol Oates, una obra de ficción que parte de los hechos más conocidos de la vida de Monroe pero cuyos detalles y caracterizaciones son inventados por la autora. Si queremos respetar las intenciones de Rubia, no hemos de juzgar a la película por su fidelidad a la vida de Marilyn Monroe, sino por su capacidad de contar una historia que se sostenga por sí sola. Esto, por supuesto, plantea la pregunta, ¿por qué hacer de Marilyn Monroe la protagonista en primer lugar? ¿Es su mito tan irresistible que trasciende la realidad? Quizá Marilyn Monroe es una figura tan importante para la cultura pop estadounidense que ésta todavía está tratando de entenderse a sí misma través de ella; interrogarla a través de un personaje totalmente inventado probablemente no sería tan poderoso.

El guion de Dominik sigue a Norma Jeane (Ana de Armas; su transformación es drástica, si algo infantilizada) desde su niñez bajo el cuidado de su madre Gladys (Julianne Nicholson) y en orfanatos, pasando por su carrera como modelo y el detrás de escenas de algunos de los mayores hitos de su carrera cinematográfica, ya como Marilyn: el film noir Niágara y las comedias Los caballeros las prefieren rubias y Una Eva y dos Adanes. Son abordados también sus matrimonios con el beisbolista Joe DiMaggio (Bobby Cannavale) y el dramaturgo Arthur Miller (Adrien Brody).
Para unir los conocidos hechos biográficos, Rubia teje una maraña de ficciones y referencias, creando una frontera difusa entre la mujer Norma Jeane, la estrella Marilyn Monroe y sus roles en pantalla. El resultado es la imagen de una mujer encarcelada por sus propias representaciones, pero que igualmente se refugia de una cruda realidad en su labor como actriz. La amistad y romance que comparte con Charlie Chaplin Jr. (Xavier Samuel) y Edward G. Robinson Jr. (Evan Williams), hijos de las estrellas de cine, aparece para recordarnos cómo la imagen hollywoodense opaca a las personas reales.
Todo esto es contado de manera relativamente lineal, aunque con poca preocupación por cómo sus escenas se conectan entre sí. Personajes entran y salen con poca explicación, y poco tiempo se le dedica a responder preguntas sobre sus destinos. En este sentido, Rubia se apega férreamente al punto de vista de Marilyn. Pocas veces sabemos más de lo que su personaje sabe. Dominik parece escoger qué aparece y qué se queda fuera basándose en la sensación y experiencia de cada momento, si puede convertirlo en una secuencia visualmente creativa o chocante que nos dé una idea de lo que su Marilyn siente.
Visualmente, Rubia no se apega un solo estilo. La mayoría está fotografiada en blanco y negro, con una pantalla casi cuadrada, pero frecuentemente recurre al color, a cambios en la relación de aspecto (por ejemplo, para darle más presencia al primer plano de unos ojos, o la ovación de un teatro) y a distintos trucos visuales en los lentes y en la velocidad de la imagen. La combinación sugiere un personaje que puede verse desde muchos ángulos, ninguno más verdadero que el otro. Pero la película nunca logra esta complejidad que promete, quizá porque sus imágenes, que pueden ser escatológicas y escandalosas, son demasiado predecibles para ser verdaderamente provocadoras o profundas. Se queda sin trucos muy rápido.

Rubia es un martirio. No creo que éste sea un calificativo al que se opongan quienes la hicieron, pues desde el principio son claras sus intenciones de mostrar a Norma Jeane y a Marilyn en la mayor cantidad de horrores posibles. Aquí, ella solo existe para sufrir lo peor de la industria del cine. Vemos a hombres más interesados en su trasero que en sus opiniones sobre Dostoievski y Chéjov. La vemos violada por uno de los jefes de un estudio. Sus supuestos colaboradores la tratan como un chiste. Los promotores de su carrera le practican abortos contra su voluntad para mantenerla trabajando. Su detallada recreación de lo peor de la industria del entretenimiento tendría más peso si vinieran acompañados de algún comentario sobre la avaricia o la masculinidad, pero incluso en sus caracterizaciones de los hombres, Rubia se siente floja. Marilyn sufre sin motivo y los hombres a su alrededor imparten sufrimiento, también sin motivo.
Al mismo tiempo que Rubia denuncia a quienes le roban su interioridad a Marilyn, también se rehúsa a darle una. El mayor pecado de la película no es que sea injusta con el legado de Marilyn o con quien fue en la vida real (se puede argumentar que todas las historias, al omitir o enfatizar ciertos detalles, tienen un grado de ficción). Es que, debajo de un mito artificial y superficial, encuentra uno más superficial y aburrido todavía: una eterna niña que le llama “papi” a sus amantes totalmente indefensa ante las hostilidades que se cometen en su contra. Esto es en potencia inteligente, al exagerar la imagen de ingenuidad y sexualización creada por sus películas y los tabloides, Rubia más o menos confronta lo absurdo y cruel de imponerle esta imagen. Pero la Marilyn de Rubia, en su psicología, no tiene matices. Pocas veces tenemos podemos ver lo que se pierde. Vemos solo a una mujer que quiere ser buena hija, buena madre y esposa, y su sexualidad es presentada como una degradación por la que se debe de sentir avergonzada (no parece distinguir entre Norma Jeane ejerciendo su sexualidad y Marilyn convirtiéndose en un objeto sexual). Rubia no tenía que ser una historia de empoderamiento para ser una buena película, pero su idea de Marilyn Monroe resulta tan simple y superficial. No nos dice nada nuevo sobre su protagonista o el mundo en el que vivió.
★★
Rubia está disponible vía streaming en Netflix.