En México, las salas de cine se encuentran abiertas de nuevo, pero la contingencia sanitaria por COVID-19 continúa. Si deciden ver Pantera Negra: Wakanda por siempre o cualquier película en cines, asegúrense de seguir las recomendaciones de higiene y seguridad pertinentes.
(Black Panther: Wakanda Forever; Ryan Coogler, 2022)
Pantera Negra ocupa un lugar inusual dentro del Universo Cinematográfico de Marvel. No solo por el aclamo que recibió de la crítica (cuenta con un 96 por ciento de críticas positivas en Rotten Tomatoes y un puntaje de 88 de 100 en Metacritic) y su reconocimiento en los premios Oscar (siete nominaciones, incluyendo mejor película, de las cuales ganó tres), pero también porque su ejecución trascendía lo que se estaba convirtiendo en una línea de ensamblaje con productos cada vez menos distinguibles entre sí. Su narrativa ponía la violencia colonialista al centro, y la dramatizaba en la forma de un potente dúo de superhéroe y supervillano. Su diseño de producción, de vestuario y su música combinaban influencia de múltiples culturas africanas con el presupuesto de un blockbuster hollywoodense para crear una visión del afrofuturismo nunca vista a esa escala.
Su inevitable secuela (la película recaudó más de 1 300 millones de dólares, después de todo) se enfrentaba a grandes expectativas. Un desafío considerable incluso antes de que Chadwick Boseman, actor que interpretó al personaje titular, falleciera el 28 de agosto de 2020 de complicaciones derivadas del cáncer de colon. Pocas películas podrían recuperarse de perder a un personaje central antes de empezar el rodaje. Véase, por ejemplo, Star Wars: El ascenso de Skywalker, cuyo (quizá bien intencionado) intento de incorporar a la difunta Carrie Fisher a través de escenas eliminadas de una película anterior solo resultó desalmado y torpe.
Pantera Negra: Wakanda por siempre pudo haber sido mucho peor. Su mayor acierto es convertir la ausencia de Boseman y de su personaje T’Challa en el punto de la película y no en un obstáculo imposible de sortear. Años después de los eventos de la primera Pantera Negra, el rey T’Challa, soberano de la nación africana de Wakanda y quien asumiera el manto del superhéroe Pantera Negra, ha fallecido a causa de una misteriosa enfermedad. El trono ha pasado a su madre Ramonda (Angela Bassett), quien debe liderar a una nación en luto y protegerla de las potencias mundiales que, buscan apoderarse de sus yacimientos de vibranio, el invaluable mineral en el que se basa su avanzada tecnología, a como dé lugar.
Es un planteamiento que retoma lo que resonó de la película original de Pantera negra. Su fantasía de empoderamiento se encontraba, no solo en que su superhéroe era negro, pero también en una mitología que incorpora elementos de la historia de los pueblos negros, particularmente su explotación por las potencias mundiales blancas (una escena al principio, situada en una reunión en las Naciones Unidas, hace énfasis en los representantes de Francia y Estados Unidos, países con largas historias de violencia colonial). Ramonda se rehúsa a ceder el vibranio de Wakanda a otros países, los cuales redoblan sus esfuerzos por encontrar otra fuente.

En el fondo del mar, un equipo de científicos localiza un yacimiento que podría ser incluso más grande que el de Wakanda, pero antes de poder acceder a él son frustrados y masacrados por un grupo de soldados submarinos. El líder de estos es Namor (Tenoch Huerta Mejía), monarca del reino submarino de Talokan, quien está decidido a proteger sus riquezas y a su pueblo de manera más celosa que la misma Ramonda. Creyendo a Wakanda responsable del furor alrededor del mineral, Namor ordena a Ramonda y a su hija Shuri (Letitia Wright) que le entreguen al científico responsable de crear el detector de vibranio. Si se niegan, Talokan desatará una guerra contra los habitantes de la superficie de la Tierra.
Shuri, genio de la tecnología y hermana menor de T’Challa, y Okoye (Danai Gurira), líder de las Dora Milaje, las soldados de élite de Wakanda, deciden saltar a la acción. Verlas juntas por mucho de la película resalta cuánto el mundo original de Pantera Negra estaba lleno de poderosas figuras femeninas (regresa también Lupita Nyong’o como Nakia, exagente secreta y pareja de T’Challa), es una lástima que haya tomado la muerte de Boseman para que ellas pudieran tomar un papel central. Wright y Gurira asumen este nuevo protagonismo con confianza, pero poco pueden hacer ante los chistes flojos que caracterizan el MCU, intercambios que pudieran salir de la boca de cualquiera. Shuri comentando sobre el maquillaje de Okoye no hace a ninguna de las dos más humanas o relacionables.
La marca del MCU nunca fue un sello de calidad, pero sí alguna vez de coherencia narrativa, personajes simpáticos y ligereza. Pero con treinta películas bajo su cinturón, varias de ellas entre las más taquilleras de la historia (¡gracias inflación!) y varias series de streaming, cada nuevo producto se siente cada vez menos como un ente individual y más como una repetición de una fórmula que no da señal de dejar de funcionar, por lo menos monetariamente. Cualquier rastro de personalidad debe ser aplastado por la búsqueda de la uniformidad y cualquier historia con sentido emocional debe subordinarse a los adelantos de la próxima película o serie. ¿De qué otra manera explicar la subtrama con Martin Freeman y Julia Louis-Dreyfus? ¿O el pseudo-piloto de la serie de Ironheart?
Esto, más que cualquier pretensión épica, contribuyen a la duración inflada de dos horas cuarenta minutos de Wakanda por siempre. Es tiempo que pudiera haberse empleado mejor en pulir el drama interno en las altas esferas del poder de Wakanda, o la afinidad que Shuri y Namor vienen a desarrollar: en ambos, su sentido del deber hacia sus familias y naciones frecuentemente se asoma como rencor destructivo; como los buenos dúos de héroe/villano no son tan diferentes después de todo. Pero con tanto (mucho de ello innecesario) que balancear, la historia de fondo de Namor, que toca los horrores de la conquista europea de la civilización maya, debe limitarse a un prolongado y estático monólogo.

La película continúa con el aburrido uso del lenguaje cinematográfico que caracteriza al MCU. Por ejemplo, dos escenas de Shuri, de peso dramático comparable, pero con sentidos completamente diferentes (una con Ramonda y otra con Namor) son filmadas de manera prácticamente idéntica: con los personajes sentados, lado a lado, y la cámara detrás, cortando entre primeros planos. Considerando lo mucho que las locaciones de Wakanda y Talokan son centrales para sus personajes, el que interactúen tan poco con el espacio se siente como una oportunidad desperdiciada. La acción, por su parte, sigue siendo ejecutada de manera incoherente, nunca dando oportunidad de asombrarnos con la proeza física de los guerreros de Wakanda, de Talokan o de sus intérpretes.
Una vez más, lo que funciona de Wakanda por siempre es lo que menos se parece al resto del MCU. Los vestuarios de Ruth E. Carter y los escenarios de Hannah Beachler no solo guardan multitud de referencias a la historia del continente africano, pero crean una serie de texturas y monumentos que son su propio espectáculo. La música de Ludwig Göransson se distingue entre las estruendosas orquestas que se acostumbran en el cine de superhéroes con una mayor variedad de temas e instrumentaciones. La fotografía, a cargo de Autumn Durald Arkapaw mayormente retiene los colores vivos del trabajo de Rachel Morrison en la película anterior. Las actuaciones son en su mayoría buenas, aunque el melodrama frecuentemente les gana, como si mostrarse constantemente al borde de las lágrimas elevara un material mayormente superficial, o como si un tono fúnebre fuera más honroso con la figura de Boseman.
Wakanda por siempre tiene límites a lo que intenta hacer. Sería injusto tratarla como un intento de arte revolucionario cuando a lo mucho busca jugar con sus símbolos de resistencia para apelar a un nuevo público. Sus contradicciones están frecuentemente a la vista. Referencias casuales a la brutalidad policial chocan con su retrato de un bonachón agente de la CIA. Namor describe el español como un idioma odioso (cosa que, como víctima de la colonización tendría muchas razones para hacer), momentos antes de que una canción en español acompañe la escénica introducción de Talokan–este Namor, incluso con las libertades tomadas de su origen en los comics, es un producto para un público latino que en su mayoría habla o se identifica con el español. Claro, el mayor logro de la primera película de Pantera Negra no se encuentra en su discurso revolucionario, sino en que era una emocionante, bien contada y ocasionalmente inspiradora película de superhéroes. Pantera Negra: Wakanda por siempre palidece ante los logros de su predecesor. De haberse estrenado años antes, sería una decepción. Como parte de la descaradamente floja e insulsa fase cuatro del MCU, es de lo mejor que ésta tiene que ofrecer.