(Napoleon; Ridley Scott, 2023)

A pesar de haber hecho algunas de las películas hollywoodenses más importantes y aclamadas de los últimos cincuenta años (Alien: El octavo pasajero, Blade Runner), Ridley Scott difícilmente encarna la imagen del director de cine como genio y visionario. Su carrera, muchos se apuran a señalar, se caracteriza más por cantidad que por calidad (ha hecho 28 películas desde 1977). Su obra contiene una gran variedad. Aunque más conocido por películas de ciencia ficción (El marciano, dos precuelas de Alien, además de las dos mencionadas anteriormente) y épicas históricas (Gladiador, Cruzada) también se ha aventurado en la comedia y el drama de escala más cotidiana (Un final inesperado, Los tramposos, Un buen año). Es útil pensar en Scott más como artesano que como artista, navegando las tendencias y el sistema de los estudios en lugar de querer imponer su visión a como dé lugar (para eso están las versiones del director que puede sacar más tarde, como ha hecho en múltiples ocasiones). En sus películas puede haber temas que se repiten y un estilo visual reconocible, no obstante Scott da la impresión de un hombre práctico y adaptable.

Esto de alguna manera explica por qué, en los últimos años, sus películas lo han logrado emocionar tanto como aquellas del inicio de su carrera. No es algo que se le puede atribuir solo a su edad (tiene 85 años), sino más bien a la forma en que las películas de Hollywood en general han cambiado. El impresionante diseño de producción, su iluminación y sus encuadres se empezaron a perder en los planos más cercanos y cortes rápidos característicos de los noventa. Por su parte, los colores más ricos, saturados y contrastados de sus películas fotografiadas en celuloide dieron lugar a paletas más apagadas, casi monocromáticas, una vez que, como el resto de la industria, hizo la transición a la fotografía digital.

Es en parte por esto que Napoleón, su película más reciente, a pesar de estar encabezada por excelentes actores, de tener una espectacular recreación histórica, no logra impresionar del todo. Tiene elementos de grandeza, más no termina de ser una gran película. Esto no basta para eclipsar sus virtudes, afortunadamente. Es una película hecha con la confianza y enfoque de un logrado veterano de la industria. Y aunque puede dar la impresión de un blockbuster que busca ennoblecer a una figura histórica a través de secuencias de acción de gran escala, Napoleón encuentra a un personaje multifacético y es esa riqueza psicológica lo que finalmente nos mantiene enganchados por sus más de dos horas y media de duración.

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El guion, de David Scarpa (con quien Scott previamente hizo Todo el dinero del mundo), tiene una claridad destacable para una película que cubre décadas de tumultuosos eventos históricos. Napoleón empieza en 1793, con la ejecución de María Antonieta, la última reina de Francia, señalando el inicial triunfo republicano. En este contexto, el líder revolucionario Paul Barras (Tahar Rahim) envía al joven oficial Napoleón Bonaparte (Joaquin Phoenix) a capturar el puerto de Tolón, defendido por las fuerzas leales al viejo rey y sus aliados de España y Gran Bretaña. Es una tarea difícil, pues los realistas cuentan con la imponente flota británica. No obstante, Napoleón idea un atrevido y poco convencional plan que involucra tomar la fortaleza enemiga en un ataque sorpresa que finalmente rinde frutos. Esta primera secuencia de acción (aunque fotografiada de manera demasiado apagada para leerse con facilidad), establece contundentemente a Napoleón como un inusual y astuto líder militar.

Es una imagen radicalmente diferente a la que la película construye de Napoleón como político o civil. Cuando Napoleón ve por primera vez a Josefina de Beuharnais (Vanessa Kirby), parece embelesado al punto de la estupidez. Ella lo nota mirándola; cuando se acerca a preguntarle por qué, él apenas logra articular una respuesta coherente. La relación que florece entre Napoleón y Josefina le proporciona a la película su núcleo emocional; un drama y conflicto palpable que va más allá del simple recuento biográfico. Josefina, viuda de un aristócrata asesinado durante el Reino de Terror de Robespierre, es una sobreviviente tenaz y pragmática, una adición excelente al canon de mujeres fuertes del cine de Scott como Ripley de Alien, y Thelma y Louise de Un final inesperado.

Napoleón parece “conquistar” a Josefina, pero tenemos la impresión de que en realidad sucede lo contrario. Ella no está precisamente en control de la relación, igualmente debe someterse a sus caprichos y apetitos. Sus relaciones sexuales son un asunto rutinario: una obligación para ella y un desfogue para él. La cara de ella, aburrida y ecuánime durante el acto, nos dice todo. Pero ninguno de los líderes europeos con los que Napoleón se encuentra después parece capaz de ponerlo en su lugar como hace ella. Incluso cuando él interrumpe abruptamente sus campañas tras enterarse de los amantes de ella, Josefina no se deja someter.

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Cuando Napoleón se siente amado por Josefina, es brillante e imponente en el campo de batalla. Su campaña en Egipto es resumida en un violento cañonazo a la cima de una de las pirámides de Giza, uno de los momentos que inspiró más quejas hacia la exactitud de la película, pero una imagen dramática y efectiva, no obstante. En Napoleón, la lógica dramática se impone sobre el rigor histórico. Eventos importantes, como la traición del zar Alejandro ocurre totalmente fuera de cuadro, dejando espacio para más escenas de la pareja real. La voz en off de Napoleón ayuda a llenar los huecos de la historia, pero ésta, presentada en la forma de cartas de amor de Napoleón hacia Josefina, cumple la doble función de transmitir su anhelo y el efecto que ella tiene sobre él.

Al final, no nos quedamos con la imagen de Napoleón como un hombre de esos que se nos dicen hicieron la historia, sino uno que se dejó moldear por ella. Su proeza e inteligencia en el campo de batalla quedan más que claras en los varios enfrentamientos que Scott recrea con detalle e impresionante escala. En la Batalla de Austerlitz de 1805, Napoleón logra imponerse, y la película muestra con paciencia y claridad cómo él esconde su caballería y artillería para una devastadora emboscada. Entendemos la lógica detrás de ella y cómo Napoleón puede ser considerado un héroe mientras mira desde lejos y da órdenes.

Fuera de este elemento, tenemos la impresión de alguien incapaz de pensar a futuro. Sus grandes avanzadas políticas, como el golpe de estado que lo convirtió en emperador en 1799, son presentadas como la idea de otros hombres. Otros grandes errores, como la decisión de invadir San Petersburgo en el amargo invierno ruso, son presentadas como producto de impulsividad y frustración. Si los principios y objetivos de Napoleón parecen nebulosos es quizá porque, la película sugiere, no los tienes en realidad. La película se entretiene caracterizándolo como un simplón y de ahí que la elección de Phoenix sea algo astuta. Este Napoleón no es necesariamente el emperador que interpretó previamente para Scott en Gladiador, sino el sexualmente frustrado pero inquietante bruto de The Master: Todo hombre necesita un guía de Paul Thomas Anderson.

El efecto es un tanto desorientador porque Scott no trata los momentos más cómicos–como Napoleón cayéndose al piso más de una vez en el preludio al golpe de estado–como tales. Su dirección sigue siendo demasiado seca y respetable. Como en La casa Gucci, Scott parece operar bajo la idea de que un chiste es más gracioso cuando se cuenta con total seriedad. El resultado, sin embargo, es una entretenida pero poco romántica mirada al poder. Solo porque un hombre pueda comandar ejércitos, no quiere decir que tenga la inteligencia para gobernar, sea Europa o su propia vida.


★★★1/2


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