(The Substance; Coralie Fargeat, 2024)

En la última década, el cine de terror ha visto una tendencia hacia lo que se llama “terror elevado”. La etiqueta suele referirse a películas que se presentan a sí mismas como más sofisticadas que el cine de terror tradicional, ya sea porque su realización toma influencia de lo que entendemos como cine de arte, porque sus historias tocan temas de especial relevancia social o porque hacen énfasis en la complejidad psicológica de sus personajes. Algunos de los ejemplos más llamativos se pueden encontrar en las filmografías de los directores Jordan Peele, Robert Eggers y Ari Aster, o en aquellas distribuidas en Estados Unidos por la compañía A24.

Como toda moda, el “terror elevado” se ha encontrado también con cierta resistencia. Lo que en algún momento fue nuevo se convierte en fórmula y cierta parte del público ha respondido de manera acorde. Una de las principales críticas tiene que ver con la jerarquía sugerida por el término. Pensar en ciertas películas como “terror elevado” automáticamente relega a las películas de terror tradicionales a un lugar inferior. Queda implícito que las emociones que éstas nos suelen provocar, como el asco y los sustos, no bastan; que aquello que les da prestigio a otras películas, como el comentario social y una presentación “artística”, es inmediatamente superior.

La sustancia, la nueva película de la directora francesa Coralie Fargeat, contiene varios de los indicadores del “terror elevado”. Aquí en México y en otros territorios es distribuida por Mubi, la compañía mejor conocida por su plataforma de streaming con curaduría de cine clásico, de arte e internacional. Tiene una duración de casi dos horas y media, en contraste con ejemplos más típicos del género, que pocas veces superan las dos horas. Su fotografía y diseño de producción están llenos de simbolismos y guiños al trabajo de grandes directores. Y los estándares de belleza y su efecto nocivo en las mujeres no sólo aparecen para justificar sus elementos de ciencia ficción, son la idea central de la película.

Demi Moore interpreta a Elisabeth Sparkle, una actriz con una larga y brillante trayectoria, pero que lucha por mantenerse relevante en un mundo obsesionado con la juventud. El único dejo de fama que le queda es un modesto programa de aerobics, pero el productor Harvey (Dennis Quaid) está ansioso por remplazarla con un rostro y cuerpo nuevos. Después de un aparatoso choque del que sale milagrosamente ilesa, Elisabeth es invitada a recibir un tratamiento clandestino que le promete vivir como una versión más joven y “mejor” de sí misma.

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Más que rejuvenecer su cuerpo existente, “la sustancia” que se inyecta hace que de éste brote uno totalmente nuevo. Como todo, el tratamiento tiene un precio. Elisabeth puede vivir como esta nueva persona por siete días seguidos, pero debe regresar a su cuerpo original por los siguientes siete. Elisabeth y Sue, su nuevo alter ego, empiezan a llevar vidas alternas, la segunda buscando remplazar a primera como la estrella de su programa.

Es un planteamiento bastante familiar (un poco de Jekyll y Hyde, un poco de Dorian Gray), pero el estilo de Fargeat busca generar extrañeza desde el principio. El montaje desorienta con sus cortes abruptos, mientras que los lentes angulares de la fotografía le dan a todo un sentir grotesco. Las actuaciones, particularmente la de Quaid, tienden hacia lo bizarro y exagerado. Harvey no es un ser humano, sino la viva encarnación de una industria del espectáculo que convierte a la mujer en objeto de placer visual y después en un bien de consumo.

La ambientación es técnicamente Hollywood, pero éste luce más como su equivalente en el videojuego Grand Theft Auto V: caricaturesco y vulgar, pero hueco y antiséptico. Los interiores, masivos y vacíos, no tienen una lógica práctica: el estudio donde Elisabeth graba su programa cuenta con un pasillo sin puertas que parece extenderse hacia el infinito. No hay nada táctil sobre ellos, incluso los interiores más simples se ven como maquetas modeladas por computadora. Todo esto, supongo, tiene sentido en una película que intenta atacar lo superficial de este mundo.

Hay guiños importantes al cine de David Lynch: la incómoda relación entre dos mujeres que parecen ser la misma persona recuerda a Sueños, misterios y secretos, mientras que su eventual tratamiento de las malformaciones del cuerpo humano aluden a El hombre elefante. También hay mucho de Stanley Kubrick, específicamente El resplandor: el diseño de muchos escenarios evoca al lujoso pero gélido Hotel Overlook, mientras que la premisa básica parece una adaptación a largometraje de la escena en que Jack Torrance entra a la habitación 237 y se abraza con una bella mujer que se convierte en un podrido y anciano cadáver caminante.

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Visualmente, La sustancia es llamativa al mismo tiempo que sacrifica casi todo detalle, lo que facilita leerla como metáfora y analogía. En concepto, Fargeat ha construido una sátira del mundo del espectáculo moderno–aunque el término “moderno” es algo impreciso, la película parece desarrollarse en el presente, pero se aferra a detalles ochenteros y noventeros como los programas de aerobics y la obsesión con los ratings de televisión. Al hacerlo, relega cualquier impacto visceral a segundo plano. La película tiene elementos de comedia y (por supuesto) de terror, pero hacer reír y perturbar nunca parecen ser su principal motivación. La sustancia es, primero que nada, un vehículo para transmitir un mensaje.

Cuando Harvey aparece rodeado de sus accionistas que son una tropa de hombres viejos y blancos, o cuando un vecino queda atontado por la belleza de Sue, leemos estos momentos claramente como chistes. Pero la idea que transmiten es tan obvia que los vemos venir a millas de distancia; no hay nada espontáneo y eso mata la comedia. De manera similar, cuando Elisabeth y Sue descubren las grotescas consecuencias del mal uso de la sustancia, reaccionamos con la mente antes que con el cuerpo. Brotan predeciblemente de las ideas centrales de la película.

¿Son estas ideas novedosas o complejas por lo menos? Para nada. Para que no se diga que no tiene nada que decir, La sustancia presenta su mensaje con ridícula obviedad. No hay necesidad de interpretarla, la película viene con una lectura preprogramada. El subtexto se convierte en texto, sus metáforas y simbolismos son dolorosamente literales.

Los nuevos números del programa, en los que Sue baila en un apretado y revelador leotardo de un rosa brillante, son presentados con el montaje rápido y el enfoque en partes específicas del cuerpo (su trasero, su pecho, su entrepierna) que tanto se le ha criticado a directores de Hollywood como Michael Bay. Pero dado que Sue es un personaje con el que en teoría simpatizamos, Fargeat no está convirtiendo su cuerpo en un objeto, está haciendo un comentario sobre la forma en que a las mujeres se les convierte en objetos, supongo–el montaje regresa constantemente a la toma de un camarógrafo masculino con la lente a la altura de su entrepierna; en lo que me quiero imaginar es un guiño para los seguidores de la teórica feminista Laura Mulvey, la cámara es literalmente un pene.

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La creciente separación que brota entre Elisabeth y Sue puede entenderse como una negación de la supuesta dualidad del cuerpo y la mente (al principio se nos sugiere que la conciencia de Elisabeth se transmite de manera íntegra a Sue, pero cada cambio de cuerpo también las hace sentir cada vez más como personas distintas). O como la idea de que las mujeres, para encajar en los estándares de belleza, deben aprender a odiarse a sí mismas. Éstas no son observaciones totalmente triviales, pero no bastan para sostener una película cuya razón de ser son sus ideas.

La sustancia no es una crítica, es un regaño. No es una experiencia, es un sermón. Y es que pocas veces trata de reconocer los matices del mundo real. Elisabeth y Sue son conceptos; se parecen a las mujeres de carne y hueso solo en lo más superficial. Fuera de una escena en la que Elisabeth se prepara para una cita con un viejo conocido, solo para juzgarse cruelmente en el espejo, no experimentan conflictos internos ni tienen riqueza psicológica. Las definen simples obsesiones: Elisabeth con la juventud, Sue con la fama. Pero dado que el trasfondo social de la película está delineado de manera simplista, no podemos entenderlas como productos de la sociedad que las rodea. Existen en un vacío. Y en la simple moralidad de la película, sus obsesiones son inevitablemente castigadas. Desde el primer momento en que Elisabeth recibe las instrucciones de regresar a su cuerpo después de siete días “sin excepción,” sabemos que será víctima de algún horrible destino.

Siendo justos con la película, este horrible destino es presentado con impresionantes efectos prostéticos y copiosas cantidades de sangre y otros fluidos corporales. Quizá aquí la película traiciona su propia tesis: se nos invita a cuestionar la obsesión con la belleza y la perfección, pero al mismo tiempo se nos dice que las deformaciones del cuerpo son grotescas y asquerosas. Esto, no obstante, es lo más que La sustancia se acerca a alguna complejidad y ambigüedad. No se toma en serio en el sentido tradicional, pero tampoco exhibe una verdadera irreverencia. Sus ideas son simples y su estructura moralista. No nos agarra desprevenidos ni nos confronta con algo verdaderamente extraño porque desde el principio queda claro hacia dónde se dirige. Nos lleva todo el tiempo de la mano, siempre nos dice qué sentir y qué pensar. Su piel es escandalosa y chocante, pero su interior es seguro, académico y respetable. Una verdadera tragedia para una película de terror.


★★


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