(Elio; Madeline Sharafian & Domee Shi & Adrian Molina, 2025)
Es muy raro que el estreno de una película venga acompañado de una explicación contundente de lo que salió mal en ella, pero eso es justo lo que ha pasado con Elio, la película más reciente de Pixar. Apenas un par de semanas después de su estreno internacional, cuando fue recibida con la taquilla más floja en la historia de la casa de animación, The Hollywood Reporter publicó un artículo detallando sus muchos problemas detrás de escenas. El cuento corto es que, después de funciones de prueba poco alentadoras e inquietudes de los ejecutivos de Pixar y Disney (su empresa matriz y distribuidora), el director original Adrian Molina abandonó el proyecto, el cual fue retrabajado drásticamente por Madeline Sharafian y Domee Shi (Molina conserva un crédito como director). Algunos artistas y empleados de Pixar citados en la pieza describen a la película que llega a cines como una versión radicalmente inferior y lejos de la visión personal de Molina.
No es algo del todo sin precedentes. Películas anteriores de Pixar han cambiado de director ya avanzada su producción, con resultados que han ido de excelentes (Ratatouille) a regulares (Valiente). Elio está más cerca de lo segundo que de lo primero, mostrando trazos de inspiración y emoción genuina, pero también las señales de un proceso problemático, completada más por compromiso que por visión o pasión genuina.
El inicio es uno de esos momentos que muestra promesa, así como la disciplina y precisión que han caracterizado a Pixar. Sentimientos fuertes quedan sugeridos con una situación simple y pocos detalles. En el comedor de la base de la Fuerza Aérea donde trabaja, Olga Solís (doblaje latinoamericano por Carla Medina) trata de que su sobrino Elio (Jorge Rafael) coma algo. Elio se ha vuelto retraído tras la reciente muerte de sus padres, escondiéndose debajo de la mesa y aferrándose a sus dos astronautas de juguete–los cuales, aunque el lazo no se articula de manera explícita, podemos asociar con su mamá y papá.
Elio se escapa por un momento y termina en una exhibición dedicada a la sonda espacial Voyager 1. Su disco de oro, que contiene información de la Tierra en el caso de ser descubierta por seres extraterrestres, deja una impresión especialmente fuerte en Elio. Desde entonces, el pequeño se obsesiona con los alienígenas, específicamente con ser capturado por ellos algún día. La conexión con la ciencia ficción no es gratuita: el final de la película traza una línea directa entre la experiencia de un niño solitario y la eterna pregunta de si estamos solos en el universo.
Elio tiene sus razones. No siente que pertenezca a la Tierra realmente: no tiene amigos de verdad y la persona que lo cría, según él, no lo trata como lo haría su familia. Su deseo se hace realidad, aunque la trama tiene que poner muchas piezas en movimiento para llegar a ello. Regañado después de pelearse con dos chicos, Olga se lleva a Elio a su oficina, donde espera que no se meta en problemas, pero Elio se escapa de nuevo cuando escucha que un analista ha descubierto cómo comunicarse con extraterrestres. Olga tacha al analista de loco, pero Elio aprovecha la oportunidad para mandar su propio mensaje al espacio exterior.

El mensaje llega al Comuniverso, una unión pacífica de especies extraterrestres que lo ha confundido con el líder de la Tierra. En el Comuniverso, Elio se topa con incontables maravillas que lo convencen de haber encontrado su lugar en el mundo (o el cosmos). La nave del Comuniverso está llena de toques creativos: un portal en espiral que es la versión Pixar de la puerta espacial de 2001: Odisea del espacio, así como incontables y coloridos espacios, aparatos y creaturas. Su invención más adorable es Ooooo (Cristina Hernández), una computadora líquida que toma numerosas formas y porta una simpática sonrisa.
Las maravillas del Comuniverso son mostradas de manera superficial, a manera de montaje. Son llamativas, pero no ofrecen suficiente motivación para que Elio, aun siendo un inadaptado en la Tierra, la abandone definitivamente. Sobre todo porque afiliarse a él involucra una peligrosa misión. Después de que Lord Grigon (Octavio Rojas), el aterrador líder de una especie guerrera, arremete violentamente después de ser rechazado por los líderes del Comuniverso, Elio se ofrece a negociar con él.
Elio, entre otras cosas, termina haciéndose amigo de Glordon (André Mitz), el hijo de Grigon, el cual no quiere seguir sus pasos y convertirse en un exterminador de planetas. Lo que quiere en su lugar tampoco queda claro nunca. Elio tiene demasiado material para una película de menos de cien minutos–otra subtrama importante involucra a un clon que ocupa el lugar de Elio en la Tierra para no despertar sospechas–y en su esfuerzo por cubrirlo todo no tiene oportunidad de adentrarse mucho en sus personajes y situaciones.
En cuanto a su estructura general, no hay mucho de malo en Elio. La película toca sus momentos importantes con claridad y eficiencia. Las motivaciones de sus personajes nunca quedan sin explicar o dan lugar a confusión. Pero para comunicar todo esto, el guion (atribuido a Julia Cho, Mark Hammer y Mike Jones; de una historia de Molina, Sharafian, Shi y Jones) corre constantemente, dejando poco tiempo para esos momentos cómicos o dramáticos que hacen que los personajes de otras películas Pixar se vuelvan finalmente entrañables.
Hay indicios de lo que pudo haber sido. Está Melmac (Jaime Maussan) el torpe, hiperactivo pero finalmente sincero analista espacial. O Bryce (Kenneth Lavíll), un niño con el que Elio se pelea antes de convertirse en su amigo. Pero la película apenas puede sugerir sus personalidades y por lo tanto no dejan mucha impresión. Cuando regresan decisivamente en el final, es más para darles algo que hacer y recordarnos que estaban ahí. Hay momentos tiernos, en los que Elio habla sobre temas difíciles con Glordon y después con Olga. Éstos bastan para indicarnos lo que debemos sentir: cómo a los padres (o a los que asumen su rol) les cuesta transmitir ese cariño que sienten por sus hijos. Pero las emociones nunca llegan.

Visualmente la película está bien lograda, con personajes humanos que aprovechan el lado más caricaturesco y expresivo de la animación–un sólido gag, por ejemplo, ve a Olga haciendo el mismo rostro que un dibujo en un libro de psicología infantil. Los diseños extraterrestres tienden a lo genérico y la película no les da mucha oportunidad de brillar por separado, pero las escenas en la Tierra llegan a usar la iluminación de una manera dramática–un momento con el clon de Elio tiene toques de terror incluso–que recuerda a películas de Steven Spielberg como E.T. el extraterrestre y Encuentros cercanos del tercer tipo.
Se dice que aquellas películas de extraterrestres de Spielberg son algunos de sus trabajos más personales. Todo parece indicar que Elio, por lo menos en su concepción original, era algo similar. Molina comparte con su protagonista el venir de una familia con raíces mexicanas (esta ascendencia no es mencionada explícitamente, pero una escena al inicio muestra un altar de muertos para sus padres) y el haber crecido entre bases del ejército de Estados Unidos. Sharafian ha comparado el sentido de pertenencia que Elio experimenta en el Comuniverso como muy parecido al de Molina cuando empezó a estudiar animación. Pero otros elementos, como la sugerencia de que Elio experimenta atracción hacia otro muchacho (Molina es gay), fueron recortados en lo que se siente como un acto de decepcionante tibieza por parte de Disney y Pixar. El interés de Elio por la moda y el medio ambiente también fueron abandonados, resultando en una caracterización, y una película, floja.
Incluso en su versión alterada, quería mantener la fe en Elio. Es, a pesar de todo, una idea original en un verano con algunos de los estrenos más comercialmente cínicos en mucho tiempo–los remakes en live-action de Lilo y Stitch y Cómo entrenar a tu dragón, su principal compañía con el público infantil, siendo algunos de los más desesperados. El éxito de éstas dos y el desempeño decepcionante de Elio pueden interpretarse como señal definitiva de que el público ha expresado su preferencia, pero no sigo convencido. A los problemas de Elio detrás de escenas le siguieron una pobre campaña de publicidad, prácticamente diseñada para que la película pase desapercibida y convencer a los creativos de Pixar que lo único que funciona es hacer secuelas a sus éxitos comprobados (se vienen, en los próximos años, una tercera Los increíbles sin su creador original Brad Bird, una segunda Coco, una quinta Toy Story). No puedo decir que Elio sea tan divertida o emotiva como Intensamente 2, la oferta de Pixar del año pasado, pero una imperfecta propuesta original revitaliza al estudio más que un hilo infinito de secuelas. Claro, si es que Disney y Pixar se atreven a confiar de verdad en sus directores.
★★★
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