(Wake Up Dead Man: A Knives Out Mystery; Rian Johnson, 2025)
Iniciaré, de manera apropiada para una película que gira alrededor de la investigación policial y el catolicismo, con una confesión. Antes de publicar esta reseña, vi Wake Up Dead Man: Un misterio de Knives Out dos veces. Esto es algo que no acostumbro a hacer, pues soy un creyente parcial en el valor de las primeras impresiones. Pero películas como Wake Up Dead Man están, por supuesto, diseñadas para desafiar las primeras impresiones. Pertenece orgullosamente a esa tradición de ficción detectivesca en la que el espectador (o lector o escucha, pues el género también tiene larga historia en la literatura, la televisión y la radio además del cine) recibe detalles parciales de un crimen y se engancha tratando de averiguar quién y cómo lo cometió antes de un dramático final que lo revela todo. Películas como ésta se ven una primera vez queriendo saber quién es el culpable. Y se ven una segunda con ojo a cómo la narración hace que todo encaje en su lugar, apreciando su pericia para engañarnos.
Parte importante del éxito de las dos predecesoras de Wake Up Dead Man, Entre navajas y secretos de 2019 y secuela de 2022 Glass Onion, está en la increíble habilidad de su guionista y director Rian Johnson para construir tramas complicadas y sorpresivas que están siempre un paso delante de nosotros. Para ese punto de su carrera ya había experimentado con géneros famosos por su complejidad: el cine noir en Brick, el de estafas en Estafa de amor y la ciencia ficción de viajes en el tiempo en Asesino del futuro–Star Wars: Los últimos Jedi se siente como la mayor anomalía de su filmografía, aunque ese episodio igualmente me parece el más narrativamente ambicioso de aquella saga. Una película (ahora toda en franquicia) inspirada en la ficción detectivesca tipo Agatha Christie era un paso lógico en su evolución como cineasta.
La primera vez que vi Wake Up Dead Man, su tercera película centrada en las pesquisas del detective Benoit Blanc (Daniel Craig), me hizo sentir que Johnson por fin había estirado la liga demasiado. Me pareció ambiciosa, entretejiendo las conspiraciones y revelaciones a las que nos había acostumbrado con una sorprendentemente sincera reflexión sobre la religión católica. Pero aunque el misterio me intrigó al principio, sentí que su resolución dedicaba más tiempo a las explicaciones que a dejar que pasaran cosas nuevas. Me quedo con algunas pequeñas reservas, pero me da gusto haberle dado una segunda oportunidad.

Aunque las sorpresas y los engaños son centrales a su encanto, las películas de Blanc también han construido sus propias normas que nos dan una idea más o menos clara de qué podemos esperar. Más que un investigador imparcial, Blanc de nuevo se comporta como el aliado de la única persona decente–la Marta Cabrera de Entre navajas y secretos, la Helen de Glass Onion– en un verdadero nido de víboras. Aquellas películas nos daban por lo menos unos momentos para llegar a esa conclusión, pero Wake Up Dead Man expedita el proceso poniéndonos desde el principio en el lugar de Jud Duplenticy (Josh O’Connor), un padre católico recientemente reasignado a la iglesia de la pequeña comunidad de Chimney Rock.
Jud se convierte en el asistente del monseñor Jefferson Wicks (Josh Brolin), quien preside una congregación cada vez más pequeña de seguidores que le deben una férrea y fanática lealtad. Están su entregada administradora Martha Delacroix (Glenn Close), el alcohólico doctor Nat Sharp (Jeremy Renner), la confiable abogada Vera Draven (Kerry Washington), el hijo adoptivo de ella y político fallido Cy (Daryl McCormack), el paranoico escritor de ciencia ficción Lee Ross (Andrew Scott) y la chelista discapacitada Simone Vivane (Cailee Spaeny). Tan intensa es su devoción (o su miedo), que cuando Jud llega ofreciéndoles una interpretación más clemente y amigable de la fe católica, ellos lo tachan inmediatamente de usurpador.
Esta colección de personajes le permite a Johnson, como hizo en las dos películas anteriores, comentar y burlarse del panorama político de Estados Unidos. El personaje de Cy, el ejemplo más obvio, ofrece la cara más oportunista y cínica del partido republicano: en uno de los muchos y finos chistes de la película, Cy se toma una pequeña eternidad para enlistar todas las causas de las que se trató de colgar para avanzar su carrera. Lee, por su parte, se refugia en Chimney Rock y monseñor Wicks queriendo escapar de la “mente colmena” de los progresistas urbanos.
La novedad está en que Wake Up Dead Man se acerca a la política, como puede esperarse, desde el ángulo de la religión. Wicks, la aparente víctima pero también el más claro villano de la película, encarna lo peor de la religión institucionalizada. Él tergiversa la fe y el dogma bíblico para convertirla en miedo y desconfianza en sus seguidores y en poder y dinero para él. Los miembros individuales de su congregación buscan cosas diferentes en él, lo que le permite a la película articular actitudes variadas sobre la religión. Algunos son creyentes verdaderos, otros comparten el cinismo de Wicks, pero no hablaré de ellas con mucho detalle, pues los verdaderos motivos de cada uno son pistas importantes para resolver el misterio.

Benoit Blanc me sigue pareciendo, no necesariamente un portavoz de lo que Johnson piensa y siente, pero sí un símbolo de lo que él valora: es tremendamente astuto, con un sentido del humor bobo y burlón (su grueso acento, que lleva el habla sureña a los extremos caricaturescos del Gallo Claudio de los Looney Tunes, es parte fundamental de él) y una moralidad incorruptible. Pero Blanc, quien se describe como un “orgulloso hereje”, no refleja exactamente los valores de una película que, a través de Jud (y otro personaje) tiene por lo menos un poco de confianza en el poder redentor y bondadoso de la fe. Jud, un boxeador que pierde el camino después de matar a un rival en la lona y lo vuelve a encontrar en Jesucristo, es el espíritu y corazón de la película. Él y Blanc hacen una divertida y conciliadora pareja dispareja; aunque el segundo no simpatiza con la institución que el primero representa, entiende la bondad fundamental que guía su creencia.
La religión católica, con sus muchas imágenes y simbolismos, también le permite a Johnson hacer lo que hace siempre ha hecho: divertirse. Su título, que toma prestado de una canción de U2 y literalmente se traduce a “despierta hombre muerto” sugiere un complot elaborado o sobrenatural que hará ecos al milagro de la resurrección de Jesús. Un objeto de particular importancia alude a la manzana que despojó a Adán y Eva del jardín del Edén–introduciendo así otro tema importante, el de la tentación. Mientras que el mismo nombre de Jud alude por supuesto al de Judas (que traiciona a Jesús así como Jud parece traicionar a Wicks). Un bar, en el que Jud se refugia después de ser rechazado determinadamente por la congregación, es decorado totalmente en imágenes del diablo.
Detalles obsesivos como éstos serían pedantes en una película más seria. Pero Johnson puede cortar el tono solemne que construye a ratos con chistes de lo más vulgar. Las alusiones religiosas son una cara de su humor. La otra: una cripta vandalizada con dibujos de penes, momento que recibe un genial remate cuando Martha cree inocentemente que se trata de cohetes espaciales. O Wicks tratando de incomodar a Jud describiendo con detalle distintas de formas de masturbarse.

Wake Up Dead Man igualmente juega y se divierte con su técnica. Para las escenas que ocurren en el interior de la iglesia, el director de fotografía Steve Yedlin alterna entre la nublada oscuridad y fuertes destellos de luz que parecen intervención divina, apareciendo justo cuando el drama lo exige. Un flashback lleno de ira es filmado parcialmente a través de vidrios de colores acomodados en ángulos expresionistas. Movimientos de cámara llamativos aparecen de manera ocasional para hacer énfasis en algún objeto o evento importante, pero su estilo tiende a ser sutil y modesto, componiéndose principalmente de primeros planos que nos permiten leer con claridad aquellas expresiones mínimas que delatan las verdaderas intenciones de sus personajes. La música de Nathan Johnson, con sus cuerdas chillantes y nerviosas, completan la atmósfera de un misterio clásico.
No puedo hablar con el mismo entusiasmo de la forma en que la película trata a su elenco. La lista de nombres famosos es impresionante–Mila Kunis y Thomas Haden Church completan los papeles más importantes: ella como una agente de policía, él como el jardinero de la iglesia. Pero no siento que brillen verdaderamente como conjunto. Aunque Johnson comunica la motivación de cada personaje con eficiencia, sacrifica oportunidades para que, al interactuar, revelen verdaderas personalidades. Extrañé los mezquinos pleitos entre el caprichoso clan de Entre navajas y secretos o los ilusos disruptores de Glass Onion.
Pero si Wake Up Dead Man sacrifica este placer particular, nos entrega muchos otros también. Me queda claro que Johnson llega a Benoit Blanc con un amor profundo y conocimiento enciclopédico de las narrativas de misterio–una de sus pistas importantes es la lista de recomendaciones de un club de lectura, lo que la hace la rara película que viene con bibliografía incluida. En sus fórmulas no ve rígida repetición sino la capacidad de experimentar y jugar con la forma en que las películas nos transmiten información y juegan con nuestro conocimiento. Dudé por un momento, pero Johnson recuperó mi fe.
★★★★
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