(The Killer; John Woo, 2024)
The Killer de John Woo es una verdadera obra maestra y una seria candidata al título de la mejor película de acción de la historia. Me refiero, por supuesto, a la película de 1989, hecha en Hong Kong y protagonizada por Chow Yun-fat y Danny Lee y que ahora recibe un remake hollywoodense. La idea de hacer una nueva versión de un clásico definitivo del género es nada menos que atrevida. Y sería un verdadero sacrilegio, si no fuera porque el director, en lugar de algún otro cineasta menos experimentado, es el mismísimo Woo.
The Killer de 2024 retoma entonces la premisa básica de aquella película. De nuevo tenemos la amistad improbable entre un asesino a sueldo y un policía incorruptible, pero con suficiente novedad y variación para divertir y sorprender incluso a aquellos que tenemos a la película original grabada en la mente. Podemos pasar más tiempo disfrutándola por lo que es, y menos comparándola negativamente con lo que fue. Uno de los cambios más visibles tiene que ver con el género y la raza de sus protagonistas, quienes pasan de ser dos hombres chinos a una mujer y un hombre negros. Nathalie Emmanuel interpreta a Zee, una asesina a sueldo que trabaja para el capo Finn (Sam Worthington), eliminando sin cuestionar a los blancos que él le indica.
Woo se divierte con las posibilidades de una protagonista femenina desde la primera vez que la vemos en acción. En lugar de interrumpir un encuentro clandestino descargando sus pistolas gemelas en un grupo de anonadados criminales, como hizo el personaje de Chow, Zee se toma el tiempo para bailar y seducir a sus víctimas antes de desenvainar una espada de fibra de carbono que esconde en los tirantes de su vestido. En uno de sus trabajos, Zee acaba de manera experta con los miembros de una pandilla, pero hiere sin querer a la joven cantante Jenn (Diana Silvers), quien queda ciega. Llena de remordimiento, Zee se resiste a las instrucciones de Finn de matarla al mismo tiempo que el caso es investigado por Sey (Omar Sy), un policía recto pero temerario–a él lo conocemos disparándole a un criminal que se escondía detrás de un rehén; el rehén se salva, pero los jefes de Sey quedan molestos.
El planteamiento es básicamente el mismo, y el guion de Brian Helgeland, Josh Campbell y Matt Stuecken conserva los temas de honor y lealtad, centrales al cine de Woo, al mismo tiempo que la trasladan a un nuevo ambiente y añaden complicaciones que agregan cierta frescura. Aunque pertenecen a lados opuestos de la ley, Zee y Sey vienen a admirar la disciplina y capacidad del otro y con el paso del tiempo descubren que sus valores se alinean más de lo que esperaban.

Quizá por los efectos de la globalización, los dramas internos de las triadas chinas son desplazados por una trama sobre el tráfico de drogas internacional donde figuran un capo irlandés y un príncipe saudí. Zee y Sey se dan cuenta de que incluso sus compañeros más cercanos, relaciones forjadas en situaciones de vida o muerte, pueden corromperse por el dinero o la política. Esto se desarrolla más aquí que en la película original, y ayuda a que sus protagonistas se sientan más como versiones espejo el uno del otro.
Menos efectivos son sus cambios a la relación entre su protagonista asesina y la cantante ciega que cataliza su redención. El subtexto romántico original da lugar a una relación estrictamente platónica. En algún momento, Zee dice que Jenn le recuerda a una hermana pequeña cuya vida no pudo salvar, lo que es un tanto extraño porque ambos personajes lucen más o menos de la misma edad (en la vida real, Emmanuel tiene 35 y Silvers 26, una diferencia de edad más que común para los romances heterosexuales de Hollywood). La película también condensa la acción a lo que se siente como un par de días, lo que añade cierta urgencia, pero impide que las relaciones, particularmente la de Zee y Jenn desarrollen intimidad y compromiso.
Lo mismo sucede con los intentos de añadirle sustancia a los personajes con historias de fondo más detalladas. Éstas son presentadas a través de flashbacks que Woo afortunadamente mantiene breves, pero que no se sienten del todo necesarios. El enfoque de Woo es melodramático, de sentimientos potentes y conflictos morales tensos, pero estos rara vez frenan la acción, más bien son inseparables de ella. Esta versión de The Killer igualmente tiene muchos momentos que demuestran ese talento. Escenas con diálogos prolongados son dirigidas con un brío e intensidad que nos sugieren la violencia de la que sus personajes son capaces–un momento destacado: una conversación entre Finn y su jefe Jules (Eric Cantona) es presentado con un movimiento de cámara imposible entre sus rostros en primer plano y una copa que figurará de manera decisiva en unos momentos.
De los dos protagónicos, Sy da la actuación más orgánica y simpática. Su intensidad es complementada por una cotidianidad y sentido del humor. Emmanuel, interpretando al personaje que experimenta más arrepentimiento y dolor, es un poco menos convincente en los momentos que le piden mostrar mayor emotividad con el rostro. Pero Woo siempre ha sido más hábil para transmitir las emociones a través de gestos mínimos, imágenes y montaje que a través de una narrativa convencional. Su referencia sigue siendo los elegantes y serenos thrillers del francés Jean-Pierre Melville–particularmente El samurai, al que parece homenajear directamente con la ambientación parisina y uno de los vestuarios de Zee. Las posturas y miradas de sus actores hablan más que sus diálogos–Woo fue, después de todo, uno de los directores que hicieron la carrera de Jean-Claude Van Damme.

La acción en The Killer puede quedarse corta en comparación con las películas que Woo hizo en sus apogeos en Hong Kong y en Hollywood, pero está un paso arriba de Venganza silenciosa, su película del año pasado. Está hecha con lo que parece un presupuesto mayor y cada dólar se ve en la pantalla. The Killer presume peleas con artes marciales, tiroteos, espadazos, persecuciones a pie y en automóvil, piruetas de motocicleta, explosiones, balazos, chorros de sangre. Y el director de fotografía Mauro Fiore los captura con ángulos y movimientos fluidos y atrevidos que nos permiten apreciar tanto la lógica y la potencia de lo que pasa.
Esta misma fotografía, no obstante, tiene todos los indicadores de las cámaras digitales del Hollywood actual. Aunque coloreada en tonos terrosos, sigue siendo demasiado nítida y limpia para sugerir el peligro de su submundo criminal, o para que sus escenarios no luzcan como sets de filmación. Le impide desarrollar una verdadera atmósfera. Su repetido uso de transiciones y pantallas divididas, lejos de encajar con el típico dinamismo visual de Woo, parecen más los artilugios de un software de edición básico, usados de manera liberal y sin sentido.
Es difícil ver The Killer sin compararla con lo que pudo haber sido, pues ya existe una versión que es toda una obra maestra. Pero Woo, un verdadero autor con la disciplina que le deja una larga carrera en industrias cinematográficas a ambos lados del Pacífico, no trata de superar a la anterior, sino aprovechar el mismo concepto para jugar con cosas nuevas. The Killer de 2024 está lejos de alcanzar el nivel de emoción y energía de la película de 1989, pero está poco preocupada con este legado y más bien se divierte con ideas con las que a Woo de seguro le habría encantado jugar en alguna otra película. Woo no tiene nada que probarle a nadie. Su nueva película es eficiente, a veces brillante.
★★★1/2
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The Killer está disponible en streaming vía Max.