(Father Mother Sister Brother; Jim Jarmusch, 2026)
Éste puede ser solo un prejuicio mío pero siento que la mayoría de las películas que se centran en el tema de la familia lo hacen desde el melodrama. En ellas, los errores de los padres y las insolencias de los hijos detonan en conflictos intensos que finalmente se resuelven con lecciones importantes y muchas emociones. Padre madre hermana hermano, la nueva película de Jim Jarmusch, se compone de una serie de escenarios que bien podrían seguir esta ruta. No obstante, de manera típica para él, Jarmusch las lleva por su propio camino, a veces dando la impresión de que no las lleva por ningún lado. Siendo estrictos, no creo que Padre madre hermana hermano funcione como un drama. Pero al no apegarse a sus reglas logra fijarse en las excentricidades de las familias con una melancolía y ternura de las que pocas películas son capaces.
La película se compone de tres historias o segmentos que tienen básicamente la misma premisa: dos hermanos visitan la casa de uno o ambos de sus padres. En el primero, el más ligero y que establece el patrón, Jeff (Adam Driver) y Emily (Mayim Bialik) llegan a donde vive su padre (Tom Waits) en una parte rural de Estados Unidos. Los problemas de dinero presentan una tensión entre los tres. Jeff menciona haberle prestado dinero antes, y lleva consigo una caja de víveres que piensa le harán falta a él.
Pero el tema nunca es perseguido profundamente. En éste, como en el segundo segmento, el silencio se impone reforzando lo incómodo de la situación. Jeff, Emily y su padre no tienen mucho que decirse y solo hablan para llenar el tiempo. Sus temas de conversación, como si el agua es apropiada para hacer un brindis, o un reloj Rolex que puede o no ser una imitación barata, se repiten en los dos segmentos posteriores. Cada que aparecen, nos dicen un poco de los personajes que encontramos, pero cumplen una función más parecida a las frases que riman en un poema. Los detalles más triviales adquieren una belleza al convertirse en un lenguaje común, que une a tres familias a pesar de la distancia geográfica.

El segundo segmento se desarrolla en Dublín, Irlanda y sigue a dos hermanas, Timothea (Cate Blanchett) y Lilith (Vicky Krieps), llegan por separado para visitar a su madre (Charlotte Rampling). Es quizá el más precioso de los tres, por la fina decoración de la casa de la madre, una escritora famosa. Y por la atención a los vestuarios, que nos dicen más sobre las hijas que el guion mismo. Timothea, en un saco café y lentes gruesos, es tímida y aburrida; Lilith, en un suéter de agresivo rojo y cabello desaliñado y teñido de rosa—los créditos de la película mencionan a Anthony Vaccarello, director de la casa de moda Yves Saint Laurent como director creativo. En ninguno de los tres segmentos vemos las reuniones familiares llegar a pleitos, pero en éste segundo es donde se nota una mayor tensión, donde se guardan más secretos y parecen más incómodos en su compañía. Tiene sentido que aparezca en esta parte, a manera de segundo acto.
Si los primeros dos segmentos nos dan una idea bastante cínica de las familias, ésta impresión desaparece por completo en el tercero, situado en París y centrado en los gemelos Skye (Indya Moore) y Billy (Luka Sabbat). A ambos los une, no solo esa conexión telepática que se le atribuye a los gemelos, pero también un sincero amor y placer en la compañía del otro. El silencio, incómodo en los segmentos anteriores, aquí se convierte en paz y seguridad. Pero la conversación igualmente fluye con facilidad. Los sentimientos se admiten abiertamente y esta parte de la película se vuelve entonces la más cálida y placentera incluso cuando, al revelarse la situación de los padres, se convierte también en el más triste.
Siendo Padre madre hermana hermano una antología, existe la tentación de decir que algún segmento es mejor o peor que los demás. Puedo decir que el último es en el que más simpaticé con los personajes, el que más me hizo sentir y que, de haberlo visto solo, me habría parecido un genial cortometraje. Pero mucho de su impacto viene precisamente de todo lo que vino antes. El lazo entre Skye y Billy se siente más precioso después de ver a dos familias a las que les cuesta tanto lograr ese vínculo que los dos habitan con tanta comodidad. Más que tres historias separadas, la película es un diálogo entre experiencias, en el que podemos observar cómo situaciones tan parecidas se pueden vivir de maneras tan diferentes.

En todo esto aparecen numerosas observaciones sobre las familias. Algunas son muy obvias. Personajes repiten el cliché de que uno no escoge a su familia. O notan que tienen puestas prendas del mismo color, como sugiriendo que, a pesar de todo, todavía tienen algo fundamental en común. Otras observaciones son más sutiles, e incluso dudo si son cosas que la película quiso decir. Por ejemplo, el énfasis en un grupo de patinadores, fotografiados en cámara lenta y por ende rompiendo con el naturalismo y objetividad del resto de la película, como sugiriendo la añoranza de una comunidad elegida de rebeldía y libertad sin las obligaciones de la familia. Noto también una ironía en las primeras dos historias. ¿Por qué nos cuesta tanto reunirnos con esas mismas personas que nos acompañaron por mucho nuestras vidas y por ende nos pueden conocer mejor que nadie? ¿Por qué es difícil ser honestos? ¿Por qué se siente como una obligación?
En lugar de darnos respuestas, Jarmusch no deja contemplando los huecos. La película es más especial por lo que no hace que por lo que sí hace. No nos da historias completas. Sus actores gesticulan poco. Sus personajes son apenas un bosquejo. Al reunirse no se dicen sus verdades y no salen transformados de ellas, como sucedería en un drama tradicional—aunque el que las cosas sigan igual lo tiñe todo de una tristeza que es dramática a su manera. Jarmusch se detiene en las banalidades de la ocasión misma, en sus rituales. Al acercarse con esa frialdad y distancia, las cosas más cotidianas adquieren una extrañeza, y las vemos con el nerviosismo de vivirlas por primera vez.
Me resisto a decir si Padre madre hermana hermano tiene o no tiene un punto. El placer de las películas de Jarmusch lo encuentro en los mundos que crea y habita, ese frío inexpresivo que igualmente se recibe con amabilidad y humor. La película nunca es un drama hecho y derecho porque los conflictos siempre quedan debajo de la superficie, implícitos. Tampoco es una comedia—aunque el primer segmento termina con un remate bobo y simple, como de un chiste—pero sabe fijarse en esos detalles que en la vida diaria nos sacan una sonrisa.
★★★★
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