(Honey, Don’t; Ethan Coen, 2026)
Los hermanos Joel y Ethan Coen construyeron una de las filmografías más fascinantes del de Hollywood contemporáneo saltando constantemente entre dramas y thrillers serios y oscuros (De paseo por la muerte, Sin lugar para los débiles, Balada de un hombre común) y comedias bobas aparentemente sinsentido (Educando a Arizona, El gran Lebowski, Quémese después de leer). Los inicios de esta década, cuando ambos empezaron sus respectivas carreras en solitario, sugieren una explicación simple. Joel, quien hizo La tragedia de Macbeth, una inmaculada adaptación de Shakespeare en blanco y negro, era el del drama y el sentido visual. Y Ethan, quien dirigió la comedia criminal lésbica El amor es un viaje en trineo al infierno, era el del sentido del humor y los personajes excéntricos.
Honey, no, la segunda película de Ethan en solitario, continúa este espíritu y solo da más credibilidad a esta explicación. Margaret Qualley interpreta a Honey O’Donahue, una detective privada de Bakersfield, California que, al inicio de la película, llega a la muerte de una mujer en lo que parece un claro accidente de tránsito. En apego a las reglas de la ficción criminal, éste incidente es apenas la superficie de una complicada red de corrupción. Y en apego a las reglas de las comedias de los Coen, ésta red es operada, no por mentes maestras criminales sino por oportunistas e idiotas reaccionando como pueden a lo que se les aparece en el camino.
El guion, a cargo de Coen y Tricia Cooke (su esposa, coeditora de algunas películas de los hermanos) funciona mejor en sus episodios aislados que como un todo. Hay momentos divertidos y personajes extraños memorables: Kinna McInroe, como la madre de la víctima inicial, tiene un prolongado monólogo sobre las personas que usan el autobús que no lleva a ningún lado pero que articula toda una filosofía de la humanidad. Pero para el final deja una sensación hueca: la impresión de inconsistencias, hilos narrativos que quedan colgando y un misterio que se resuelve de manera poco satisfactoria.
No sé si Coen y Cooke se están burlando de las reglas básicas del guionismo o si simplemente se rehusaron a hacer más de un par de borradores. Pero esa falta de refinación y pretensiones funcionan como pastiche de las películas de bajo presupuesto, como cuidadosa observación de los azares de la vida en una ciudad pequeña y aburrida, o como ejemplos absurdos de cómo la violencia se puede salir de las manos. Parte del encanto, como en muchas películas de los Coen, está en no saber porqué pasan las cosas.

Todo este sinsentido resulta en una película consistentemente ridícula, pero Coen y Cooke cuidan de qué burlarse y de qué no. Aunque Honey nunca se toma muy en serio, es un personaje capaz y admirable. Abierta y orgullosamente lesbiana, Honey disfruta del sexo casual y se maneja entre la violencia con facilidad. Su sexualidad es discutida con apertura por los demás personajes, pero nunca con prejuicio. El universo de la película es un campo de juegos donde ésta se puede vivir abiertamente. Pero debajo del tono burlón de la película, ésta tiene un cariño sincero por la resiliencia y la comunidad que forman las mujeres. Cuando Corinne (Talia Ryder), la sobrina de Honey, llega buscando refugio de su novio que la golpea, Honey y su pareja MG (Aubrey Plaza), la consuelan en una escena inusualmente tierna.
Por el otro lado, los personajes masculinos principales se caracterizan por ser patéticos y estúpidos. Charlie Day aparece como un policía que intenta coquetear con Honey, pero no logra procesar que a ella le gustan las mujeres ni leer el subtexto de sus excusas. Fuera de eso, su personaje es un tipo más o menos simpático y alivianado. Chris Evans interpreta a un pastor religioso que tiene relaciones sexuales con sus feligreses, opera una red de tráfico de drogas y hace sermones explosivos donde, por ejemplo, compara a los fariseos con macarrones. Es un uso perfecto de un actor que brilla haciendo personajes odiosos y arrogantes, como en Entre navajas y secretos y Scott Pilgrim vs. los ex de la chica de sus sueños.
La dicotomía que mencioné al principio simplifica mucho las cosas. Hasta las películas más serias de los Coen tenían personajes sacados de una mitología bizarra de Estados Unidos y hasta sus comedias más bobas tenían un estilo visual dramático y precioso. A Honey, no le falta algo de esto último. La fotografía de Ari Wegner recrea funcionalmente la atmósfera de esa California pobre y rural, pero carece de ese ojo para exagerar los rasgos y gestos de sus personajes y convertirlos en las absurdas caricaturas que quieren ser. Pero mucha de esa caricatura persiste en las actuaciones y las situaciones mismas—destaco una pelea sangrienta que se alarga hasta extremos inhumanos—y basta para emocionarme por la película con la que Coen y Cooke prometen cerrar esta trilogía.
★★★1/2
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