(Emilio Portes, 2026)

No dejes a los niños solos tiene mucho a su favor. En primer lugar, una sólida premisa que, como en mucho del buen cine de terror, revitaliza clichés (en este caso el de la casa embrujada) apelando astutamente a miedos de la vida cotidiana. En segundo, un atinado diseño de producción que reconstruye con detalle y atención la época en que se desarrolla, en la forma de una locación principal llena de personalidad. Y por último y más impresionante, se sostiene de dos actuaciones infantiles creíbles y muy logradas, que de manera convincente y emotiva capturan la complicada dinámica de amor y odio que se acostumbra a vivir de niños entre hermanos varones. 

El escenario es simple. Matías (Juan Pablo Velasco) y Emiliano (Ricardo Galina) son los dos hijos de Catalina (Ana Serradilla), una madre soltera. Al inicio de la película, ella está a punto de salir a una fiesta cuando se da cuenta de que no tiene quien cuide de los dos. Los pequeños están emocionados. Lo ven como una oportunidad para, por primera vez, quedarse solos en casa, sin un adulto que les diga qué hacer. Los separa una pequeña brecha de edad: Mati dice que acaba de pasar a sexto de primaria, mientras que Emi tiene ocho. Pero la película parte de la observación acertada de que esa pequeña diferencia pesa mucho. Mati es el hombre de la casa y con ello viene el poder de decirle a su hermano qué hacer, autoridad que puede usar para bien o para mal. 

Aunque se resiste al principio, Cata decide ir a la fiesta de todos modos y deja a Mati a cargo. Al principio esto sugiere una madre irresponsable que pone la diversión por encima del bienestar de sus hijos, pero una vez que ella llega vemos que las cosas no son tan simples y que su salida tiene más de negocios que de placer. Cata ha encontrado una irregularidad en los documentos de la casa que acaba de comprar y donde ahora viven ella y sus hijos, y espera encontrar al juez que presidió la subasta para aclararlo.

El terror de la película brota en parte del miedo de una madre que por primera vez deja que sus hijos se valgan por sí mismos, insegura de si en efecto son capaces de cuidarse entre sí. La despedida de Cata, en la que repasa los cuidados especiales que los niños deben tener con la estufa, la chimenea y con cerrar bien las puertas, es un recordatorio inquietante de que, en efecto, los lugares donde vivimos están llenos de peligros potenciales.Es una preocupación que solo crece cuando, gracias a los comentarios embriagados de los asistentes a la fiesta, la mente de Cata se llena con detalles sórdidos del dueño anterior del lugar.

La otra cara de este terror es el que experimentan los niños. Inicialmente emocionados por la idea de cenar pizza y desvelarse viendo la tele, los hermanos poco a poco reconocen la casa que los rodea como un espacio tenebroso, enorme y lleno de tiliches extraños—el salto constante entre la casa oscura y solitaria y la fiesta, saturada de gente y de voces, contribuyen a una sensación de claustrofobia. El diseño de la casa añade mucha atmósfera y personalidad. Grande y de líneas elegantes y modernas en lo que parece ser una colonia exclusiva, con dos pisos, terraza, alberca y amplios ventanales. Pero descuidada, llena de cajas, con papel tapiz que se está cayendo. Y en el patio un perro bravo, propiedad del dueño anterior, que se la pasa ladrando, como amenazándolos. Es un ambiente que la imaginación infantil puede llenar con todo tipo de horrores.

La película extrae tensión de la duda de si lo que Mati y Emi ven está en su mente o si es la obra de algún ente sobrenatural. Se nos dice que Emi sufre de alucinaciones que tiene que suprimir con ayuda de una pastilla. Más adelante, Mati y Emi se encuentran una ouija y juegan con ella, pero en ese momento no podemos saber si de verdad han hecho contacto con algún espíritu o si esto es parte de los crueles juegos a los que están acostumbrados. Risas, que suenan como las provocaciones siniestras de fantasmas, terminan siendo transiciones a lo que ocurre en la fiesta, un simpático toque de humor negro.

Esta, a veces perversa, dinámica que se nota entre los hermanos, es lo que mejor funciona de la película y donde se encuentra su verdadero corazón. Mati en un inicio se esfuerza en ser nefasto. Se impone con insultos y groserías y trata a Emi como su esclavo, condicionándole la cena a cambio de favores. Pero cuesta odiarlo porque su comportamiento se siente congruente con cómo los niños son a esa edad y porque, conforme las cosas verdaderamente se salen de control, su lado más noble emerge. Cuando Emi se corta tratando de partir un mango, Mati corre de inmediato a su ayuda. Su tono sigue siendo mandón, pero ahora refleja la urgencia de la situación.

Hasta ahora he descrito lo que suena como una película de terror por encima del promedio, que sabe jugar con nuestra percepción y que construye personajes realistas con los que podemos simpatizar. Pero es como película de terror donde No dejes a los niños solos flaqueamás. La dirección de Emilio Portes se despide temprano de la sutileza. Llamadas amenazadoras por teléfono, o los imanes del refrigerador con mensajes ordenando a los hermanos matarse entre ellos, son detalles demasiado obvios. Se sienten más apropiados en una parodia que en una película que busca provocar sustos o una atmósfera de temor sostenido. Cortes frenéticos con vistazos a cosas monstruosas se utilizan con tanta frecuencia que el recurso se desgasta desde temprano. Su diseño sonoro y música, ominosos y lúgubres desde el principio, hablan de una película impaciente, aterrada de aburrir a su público. Las películas no son solo la suma de sus elementos individuales. No quiero menospreciar las partes de No dejes a los niños solos que funcionan, solo señalar que la misma película es la que les quita la oportunidad de brillar como deberían.


★★1/2


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