(In die Sonne schauen; Mascha Schilinski, 2026)

Termino de ver El sonido al caer y quedo con una idea bastante difusa de lo que pasó en ella pero impresionado de cómo está armada formalmente y profundamente conmovido por sus poderosos momentos e imágenes. No tiene mucho sentido describir los eventos que en ella se muestran porque la película no parece muy interesada en ello; no se esfuerza por ser comprendida o más bien se esfuerza por no ser comprendida. De manera muy general podemos decir que la acción transcurre en una granja de Alemania y se concentra en cuatro momentos particulares: uno a inicios del siglo XX, otro alrededor de la Segunda Guerra Mundial, uno más durante la Guerra Fría, y un último en el que parece ser la actualidad.

Cada episodio se centra en el de una niña o mujer joven: Alma (Hanna Heckt), Erika (Lea Drinda), Angelika (Lena Urzendowsky) y Lenka (Laeni Geiseler). El punto de vista es llevado a extremos considerables: la película no se limita a lo que cada una de ellas vive y puede observar, sino que se adentra también a sus pensamientos y recuerdos. El guion, de la directora Mascha Schilinski y Louise Peter no presenta los eventos en orden cronológico sino a través de saltos constantes entre los cuatro tiempos. Los saltos nunca son señalados con claridad, por lo que no es fácil saber con seguridad cuando hemos pasado de una década a otra, o salido de la mente de un personaje para entrar al de otro. Experimentamos sus vidas como sintonizando fuerzas sobrenaturales. De vez en cuando el sonido se convierte en el zumbido y estática de una grabación analógica, como si estuviéramos perdiendo esa señal. En otras ocasiones uno de los personajes parece mirar a la cámara, como regañándonos por nuestra intromisión a algo que no tenemos permiso de ver.

¿Cómo encontrar sentido o coherencia en una película así? A lo largo de El sonido al caer aparecen elementos que riman, sugiriendo una unidad poética más que narrativa: una anguila, una mosca, rocas que se colocan sobre los ojos de alguien, y por supuesto la imagen de alguien cayendo al suelo. Frases y situaciones que se repiten introducen metáforas útiles para pensarla. La expresión “dolor fantasma”, mencionada literalmente en el contexto de un familiar amputado, se vuelve evocativa en una película donde el sufrimiento vivido parece impregnarse a un lugar donde persiste como un eco décadas después. Los retratos familiares, con un miembro que se convierte en un espectral barrido de luz al moverse durante la fotografía, hablan también de una preocupación con la permanencia y lo falible de la memoria. Cuando la narración habla del dolor de poco a poco ir olvidando los detalles del rostro de un ser querido, o cuando la cinefotografía de Fabian Gamper deja que la acción transcurra en una oscuridad casi absoluta, los eventos concretos se borran, abriendo la puerta para la imaginación y los fantasmas que los distorsionan.

Los eventos traumáticos son otro eje. Se recuerda el caso de una hermana que, después de una mala cosecha, es básicamente vendida a un vecino. El de un joven celoso que acusa de promiscuidad a la prima por la que se siente atraído. Una preadolescente que nota que un amigo sus padres mira su cuerpo desnudo de forma inusual. Otros se conectan de manera más directa con la historia de Alemania: un pariente que es amputado para no tener que servir en la guerra, un grupo de mujeres que se sumerge en el agua para protegerse del fin de otra, o nadar en el Río Elba cuando era parte de la muy vigilada frontera entre la Alemania del Este y la del Oeste. El trauma ofrece una posible explicación para la incierta y desordenada estructura de la película: fragmentar o suprimir lo que realmente pasó para poder vivir con ello.

A pesar de una soltura que nos dificulta pensar en personajes individuales, la película respeta su subjetividad, insertándose decididamente en sus experiencias. En lo que ven, lo que recuerdan, las preguntas que se hacen y las reflexiones filosóficas a las que llegan. Las cosas que desde pequeñas despertaban su curiosidad, enfatizadas por la toma repetida que mira del otro lado de una puerta, o sensaciones como las manos arrugadas de una pariente anciana, reciben tanto o más protagonismo que los hitos del crecer. Fantasías de la muerte, rodando hacia un río o dejándose tragar por una máquina segadora, son presentadas de manera tan vívida y fiel como si se hubieran vivido en carne propia. 

La película no nos dice mucho de las vidas de Alma, Erika Angelika y Lenka. No dramatiza ni profundiza en un sentido tradicional, pero construye un rico tejido a partir de esos momentos que se quedan grabados en la memoria. ¿Aporta algo a la trama el episodio en que una de ellas trepa a un árbol y después no puede bajar? ¿Ese en el que otra que se debate existencialmente entre sabores de helado? No, pero son momentos que se vivieron con un miedo y una inseguridad profundos que los volvió recuerdos fundacionales y eternos. 


★★★★


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