(Fernando Eimbcke, 2026)
El cine de Fernando Eimbcke siempre ha estado atento a las cosas pequeñas. Sus películas parten de situaciones cotidianas: Temporada de patos de un apagón, Lake Tahoe de chocar el auto familiar, Club Sándwich de una madre y su hijo de vacaciones y Olmo de un adolescente que tiene que cuidar de su padre. Pero Eimbcke no es exactamente un observador de la cotidianidad, alguien que se detiene poéticamente en esos momentos en los que parece que no pasa nada pero en los que finalmente acontecen nuestras vidas. Más bien sabe identificar esos instantes que, de manera sutil y mínima, nos cuentan sobre sus personajes y cómo poco a poco se transforman. Debajo de una seria e inexpresiva superficie, sus películas cuentan historias de emociones fuertes, particularmente de saltos de la infancia a la adultez, pero nunca de manera obvia y sentimental.
Lo mismo es mayormente cierto para Moscas, su película más reciente. En la genial primera escena de la película, que funciona como un sketch cómico por sí mismo, vemos a Olga (Teresita Sánchez) tratando de deshacerse de las moscas que están en la sala de su departamento. Olga es una mujer dura y seria, y su intolerancia a la más mínima intromisión en su vida queda sugerida por la determinación con que enfrenta esta situación muy simple y con la que fácilmente nos podemos identificar. Solo una necesidad económica repentina la obliga a dejar a otros dentro de este espacio. A regañadientes acepta rentar uno de sus cuartos a Tulio (Hugo Ramírez), un hombre que viene de fuera de la ciudad para visitar a su esposa, internada en el hospital al otro lado de la calle. Lo que Tulio no revela de inmediato es que viene acompañado de su hijo pequeño, Cristian (Bastian Escobar), a quien introduce clandestinamente para que pueda dormir también.
El rumbo de la historia queda implícito desde temprano. Olga y Cristian deberán convivir por necesidad y obligación, pero el pequeño derretirá el frío corazón de ella y los dos se harán amigos. Pero el guion, escrito con Vanesa Garnica, tiene algunas cosas más en su mente. Moscas empieza como la obra más realista y socialmente consciente de Eimbcke por la forma en que dialoga con su contexto. La historia depende de que, en la Ciudad de México de la vida real, el Centro Urbano Presidente Alemán, donde vive Olga, y el Hospital 20 de Noviembre, donde está internada la mamá de Cristian, estén uno frente al otro. Se trata de dos grandes y simbólicos proyectos públicos cuyas limitaciones ahora se reflejan en las vidas de sus personajes. Olga se daña los pies al subir las escaleras porque los elevadores de su edificio no sirven. Mientras tanto, Tulio y Cristian tienen que comprar las costosas medicinas y sortear las trabas burocráticas que impiden que el pequeño visite a su madre enferma.
Moscas se inserta en la precariedad con una mirada más bondadosa que miserable. Preparándole sándwiches en medio de la calle, o diciéndole que puede comunicarse con su madre mandándole señales con una lámpara, Tulio se esfuerza por construir una burbuja de protección alrededor de Cristian. Otros personajes adultos, como una guardia de seguridad o un empleado de limpieza del hospital interpretado por Enrique Arreola, tienen trabajos que los obligan a servir como obstáculos para Cristian, pero no pueden evitar tocarse el corazón ante él. Incluso el policía que lo persigue cuando lo encuentra orinando detrás de un árbol es una presencia cómica que no le crea muchos problemas.

Las dificultades quedan sugeridas sin que la película tenga que mostrar caras tristes. Bastan planos de las manos de Tulio sacando el dinero de su cartera para pagar las medicinas que le alcanzan. Mucho de la película se cuenta justamente con las manos, en las caricias con las que Tulio ayuda a que Cristian se vaya a dormir, o en Cristian poniendo la suya entre las de Tulio cuando Olga los descubre. La fotografía en blanco y negro, a cargo de María Secco, contribuye a esa amabilidad, convirtiendo los detalles arquitectónicos del hospital y los departamentos en fuertes líneas y formas que hacen que sus personajes se sientan rodeados por obras de arte.
Pero los días de Cristian transcurren, no solo en este pequeño rincón de la Ciudad de México, sino en el interior de un videojuego, clon del Space Invaders. Éste le sirve de distracción y la película lo convierte también en una fantasía que le permite entender el mundo a su alrededor: es así como Tulio le explica la enfermedad de su madre y como Cristian se imagina superando toda adversidad. Es una metáfora versátil, pero que se torna algo repetitiva pues es prácticamente lo único que lo vemos hacer y que viene a definir prácticamente toda su personalidad.
El acto final de Moscas tiene también otros tropiezos hacia lo sentimental. Un dato sobre el pasado de Olga ayuda a centrar los temas de la película alrededor del sentimiento de pérdida compartido, pero también la vuelve un personaje más simple, cuya personalidad se puede explicar por una única tragedia, disipando así el misterio a su alrededor. Tomas de sus personajes llorando o enojados, y el viraje hacia lo fantástico, que ofrece una mirada demasiado obvia y literal de la catarsis de Cristian, son sutiles para los estándares de muchas películas pero redundantes para el estilo minimalista de Eimbcke, que puede lograr más creando asociaciones que mostrando explícitamente.
Pero la mayoría de los momentos de la película se sienten astutamente observados. Me quedo, por ejemplo, con esa escena en la que Cristian pone sus brazos alrededor de Olga y su boca en la frente de ella. Es una acción absolutamente casual, que no busca transmitir cariño. Él solo quiere tomarle la temperatura después de que ella se enferma comiendo algo que le hace mal. Pero nos dice tanto del sistema de valores con el que el niño fue criado, y en Olga detona la súbita epifanía de que no han cuidado de ella de esa manera. Estos son los preciosos gestos con los que Eimbcke siempre ha pintado la intimidad de sus personajes.
★★★★

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