(Jorge Forero, 2026)

Al inicio de Matrioshka, Ana (Alma Rodríguez) llega a una retirada casa de campo. Ha regresado a su natal Colombia después de mucho tiempo fuera, esperando descansar por unos días y volverse a encontrar con su abuela Lucía (Vicky Hernández). Al entrar, Ana descubre que Julia (Ana María Sánchez), su madre, está también ahí, cuidando de Lucía, quien se está recuperando de un pie lastimado. Es una reunión superficialmente alegre. Lucía recibe a Ana con un fuerte abrazo y una aromática para tomar. Julia, por su parte, se aleja de la escena con cierta frialdad. Para ella, la llegada de Ana no es una sorpresa tan agradable. En su reacción se asoman las tensiones que estas tres generaciones de mujeres arrastran de su pasado y que burbujearán debajo de la superficie en los días que tendrán que convivir juntas.

Las tres mujeres cargan con una especie de soledad. Ana es actriz, y ha estado lejos de sus raíces, grabando una serie de televisión en México. Sabemos que Julia, una escritora publicada, fue una madre distante y ausente. Estuvo casada con otra mujer pero se divorció recientemente. Lucía enviudó temprano y tuvo que trabajar y criar a Julia prácticamente sola. Hay otros detalles importantes de su pasado, pero no vale la pena mencionarlos aquí. Parte del sentido de la película está en cómo éstos se asoman en sus interacciones más simples, y se revelan solo cuando ellas están listas para sanar viejas heridas.

Matrioshka convierte su pequeña escala en una virtud. Toda la acción transcurre en el interior y las inmediaciones de una casa rústica y acogedora, llena de tiliches e historia y rodeada de verdes jardines y bosques. Hay un cuarto personaje, una vecina que llega a saludar a Julia, pero éste solo aparece por una escena. En algún momento Ana y Lucía viajan al pueblo para hacer algunas compras, pero en realidad no lo vemos, contribuyendo a una sensación de claustrofobia. Las tres mujeres, sobre todo Julia y Ana, quisieran evitar temas difíciles y regresar a sus vidas normales. Pero el azar las ha alejado del mundo y obligado a convivir en una incómoda y cotidiana cercanía. 

El director Jorge Forero ocasionalmente añade toques acertados en la fotografía. En una de las primeras conversaciones de Ana y Julia, la cámara se coloca dejando espacios en negro en la pantalla. Ellas tratan de mirar a la otra pero en realidad las separa un abismo que les impide comportarse como madre e hija. El guion, de Forero y Tatiana Andrade, introduce dos motivos visuales importantes. Uno es la titular matrioshka, la tradicional muñeca rusa que nos recuerda cómo cada generación es moldeada por la madre que la crió y que aparece como una figura que Ana encuentra en la casa. Otro es el espejo roto que no pueden arreglar sino hasta el final, posiblemente un vestigio de un tema de identidad no muy explorado—la implicación parece ser que, después de haberse reconciliado entre ellas y con su pasado, finalmente pueden verse a sí mismas con claridad.

Pero Matrioshka verdaderamente le pertenece a sus actrices. Hernández, Sánchez y Rodríguez se desenvuelven entre ellas con una naturaleza que sugiere un pasado compartido en los gestos más sutiles. Le imprimen a sus personajes los matices e inteligencia de personas que pueden sortear problemas de manera mesurada, sin negar ese palpable sentimiento y dolor. En el momento culminante de la película, un monólogo de Julia, la emoción se manifiesta, no en fuertes estallidos, sino en el esfuerzo por contenerse, en esas pausas que nos permiten anticipar los dolorosos detalles que sabemos que vienen. 

En manos menos delicadas y capaces, la revelación contenida en este monólogo podría golpearnos con una fuerza manipuladora. Otros hechos de sus pasados, cercanos y lejanos, se adentran al territorio del melodrama. Ésta es una película sobre temas familiares en más de un sentido, pero también una que sabealternarlos inteligentemente con situaciones cotidianas. Momentos fugaces de alegría, como un apagón que se presta para que jueguen a las cartas como viejas amigas, todos sus problemas suspendidos brevemente. La música es usada de manera frugal, permitiendo que, incluso cuando los diálogos articulan sus ideas de manera muy literal—típicamente a través de Lucía, quien parece ser la más sensata de las tres—no dejen de sentirse como conversaciones que pudieran ocurrir la vida real. Matrioshka tampoco termina con algún gesto explícito y obvio de reconciliación, nada que nos diga de manera definitiva que estas tres mujeres han enmendado su complicada relación. Pero cuando sentimos que solo se tienen la una a la otra, ahora es con una sensación de tranquilidad y no de soledad.


★★★1/2


Ko-fi

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