(Teenage Sex and Death at Camp Miasma; Jane Schoenbrun, 2026)
La mayor sorpresa de Adolescencia, sexo y muerte en Campamento Miasma no es que sea una película sobre sexo disfrazada de película de terror slasher. Después de todo, es bien sabido que a este subgénero lo atraviesa centralmente el sexo. La fórmula dicta que estas películas deben seguir a jóvenes cachondos que son asesinados en pleno libertinaje por un psicópata o ente sobrenatural, mientras que la heroína suele ser la chica recatada y virginal que se resiste a estos impulsos. En esto queda implícito que el sexo es algo sucio, y que la catarsis y satisfacción de estas películas está en el pensamiento conservador de que estos comportamientos merecen ser castigados. Para este punto hay variaciones, excepciones y parodias, pero ésta es la imagen que sigue rodeando a series como Masacre en Texas, Halloween, Pesadilla en la calle del infierno y Scream.
Campamento Miasma sabe todos los clichés y diálogos que hay alrededor de estas películas. Su protagonista, Kris (Hannah Einbinder), es una enciclopedia andante del terror. Ella es una cineasta independiente que acaba de recibir su gran oportunidad en Hollywood dirigiendo la nueva película de Campamento Miasma, una franquicia de terror que ha caído en el olvido. Para darle un toque personal a su entrega, Kris visualiza el regreso de la estrella original, Billy Presley (Gillian Anderson), pero ella se ha retirado de la actuación y lleva una vida aislada y solitaria en el campamento donde se filmó la primera película. Buscando convencerla, Kris decide viajar al retirado sitio en medio de las montañas nevadas para reunirse con ella.
La personalidad de Kris es su trabajo. Se presenta hablando de su carrera y suelta un rollo conceptual sobre lo que espera lograr con su nueva película. Pero Billy, con una confianza y autoridad casi maternales, las reconoce como evasiones. Ella quiere conocer a la persona detrás de la directora y fanática obsesiva del cine de terror. Pero esa línea resulta ser difícil de encontrar. Como Todos vamos a la Feria Mundial y Vi el brillo del televisor, las dos películas anteriores de su directore Jane Schoenbrun, Campamento Miasma gira alrededor de la idea de que lo que encontramos del otro lado de una pantalla—un desafío de internet, una serie de televisión para adolescentes, una franquicia de terror—pueden ser tan reales y formativos como lo que experimentamos fuera de ella. Son espacios de juego y exploración donde empezamos a formar la idea de quienes somos.

Esta inmersión y sinceridad ayudan a que Campamento Miasma se sienta como algo más que el típico intento de sátira que Hollywood hace de sí mismo de vez en cuando. Claro, la película se burla de cómo los grandes estudios se han apropiado del feminismo, las voces diversas y términos progresistas como la inclusión, al punto de robarles su significado e intención originales. Nos queda claro que los ejecutivos que contrataron a Kris no lo hicieron por su visión, sino para resucitar una franquicia “problemática” con la credibilidad que proporciona el nombre de una cineasta queer—Kris usa pronombres ella/elle y tiene una relación poliamorosa con otra mujer. La película trata esto con una ferocidad e insistencia que se siente personal, como si brotaran de las propias experiencias de Schoenbrun como cineasta transgénero navegando una industria que le sigue viendo como concepto.
Campamento Miasma se deleita burlonamente con su propio ingenio e irrealidad. Sus escenarios incluyen evidentes miniaturas y cielos pintados de colores vivos. El diálogo llama atención a técnicas fotográficas como la dioptría dividida y a cómo sus situaciones y personajes se parecen a las de otras películas—antes de conocerla, Kris describe a Billy como la egocéntrica y solitaria Norma Desmond de El ocaso de una vida de Billy Wilder. Una secuencia en la que ambas ven la película de Campamento Miasma le permite saltar ambiguamente entre lo que ven en la pantalla y lo que viven. El nombre de su monstruo, la Pequeña Muerte (Jack Haven) es una nada sutil referencia al orgasmo y la lanza con la que mata a sus víctimas alude a la penetración sexual. Incluso su extraño diseño, con un conducto de aire como cabeza, tiene una lógica no muy rebuscada.
Pero lo que hace a Campamento Miasma tan especial no está en este artificio, sino en los sentimientos íntimos que se asoman poco a poco. En su mezcla de sangre, cachondez y timidez irónica, Campamento Miasma captura esa mezcla de atracción y repulsión que el sexo sigue despertando en muchos de nosotros. El terror y la incertidumbre de algo que al mismo tiempo se nos presenta como prohibido y obligatorio. Pero también lo bello que puede ser experimentarlo con alguien a quien deseamos y que nos desea también. Alguien que responde a nuestros titubeos con paciencia y comprensión, a quien queremos complacer y voluntariamente permitimos experimentar nuestro cuerpo como fuente de placer. Cuando la película finalmente llega a la violencia culminante del slasher, no es con terror y suspenso sino con un regocijo cómico y referencial. La mayor sorpresa de Adolescencia, sexo y muerte en Campamento miasma es que su idea del sexo es finalmente tierna, cariñosa y positiva. Que su baño de sangre viene acompañado de un final feliz.
★★★★

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