(Coyote vs. Acme; Dave Green, 2026)

Coyote vs. Acme sería un homenaje perfecto a los Looney Tunes, probablemente el mejor largometraje hecho de ellos para la pantalla grande, si no fuera por una cosa. Es una película que logra capturar su singular sensibilidad y sentido del humor, combinando el absurdo con la violencia exagerada. También es la primera que de verdad aprovecha el formato de larga duración. Sus momentos de locura se integran astutamente a una efectiva reconstrucción de un género cinematográfico conocido, con una mordida satírica y una historia emotiva incluso. 

A primera vista, Wile E. Coyote y el Correcaminos son los personajes de los Looney Tunes que menos sugieren una historia elaborada y emotiva. Son la expresión más depurada y elemental de la fórmula de la persecución; sus caricaturas típicamente consisten en una serie de gags en los que el Coyote trata de atrapar al Correcaminos para comérselo, solo para fallar de la manera más ridícula y humillante. Quizá por eso, Coyote vs. Acme se basa, no solo en los cortos originados por el director Chuck Jones y el escritor por Michael Maltese, sino en un artículo de comedia que el autor Ian Frazer escribió para The New Yorker, que imagina un caso legal en el que el Coyote demanda a Acme, la compañía que lo surte con la interminable lista de productos defectuosos que usa en sus trampas.

La película inicia dándole un giro moderno a una de sus persecuciones típicas. En esta ocasión, unas botas cohete, un guante magnético de alta tecnología,—ambos marca Acme, por supuesto—una turbina eólica y un avión caza son las causas de la ruina del Coyote. Regresando a su cueva, derrotado por lo que se siente como la milésima ocasión, Coyote es recibido por un anuncio de televisión de Frank Avery (Will Forte), un abogado que se concentra en demandas contra la compañía Acme. Reconociendo él cliente ideal en sí mismo, Coyote viaja a la ciudad de Albuquerque con la intención de montar un juicio mayor contra la compañía.

Como un híbrido de animación y live-action, uno de los mayores aciertos de Coyote vs. Acme está en su habilidad para mezclar ambos mundos. El guion de Samy Burch toma la pauta de ¿Quién engañó a Roger Rabbit? e imagina una sociedad en la que humanos y caricaturas coexisten—con algunas implicaciones terroríficas que la película sabe aprovechar más adelante. La lógica se explica solo brevemente, lo necesario para plantear a los héroes y villanos del caso y lo que está en juego. Los actores, particularmente Forte, John Cena, como el abogado despiadado de Acme, y Luis Guzmán como un juez, interpretan a sus personajes con simples e infladas expresiones que coexisten de manera cómoda con personajes animados. Martha Kelly, quien interpreta a una colega de Frank que apenas mueve el rostro o sube su tono de voz, es el contrapunto inexpresivo ideal a toda la locura que hay a su alrededor.

La principal emoción de la película brota de la relación que desarrollan el Coyote y Frank. Frank, quien se especializa en resolver casos de manera extrajudicial por unos pocos cientos de dólares, espera hacer lo mismo con el Coyote. Pero éste, hablando solo con mímica y letreros, congruente con su caracterización típica, insiste en montar un juicio potencialmente largo y costoso—el Coyote, quien ya sabemos es capaz de soportar toda humillación y sufrimiento sin abandonar su meta, resulta un apto protagonista para una lucha legal que parece imposible. Los dos desarrollan una gradual amistad, a medida que Frank redescubre su vocación como litigante y, junto con su idealista sobrina Paige (Lana Condor), desenmarañan una siniestra conspiración ingeniada por un auténtico Goliat corporativo.

Este ángulo le da a Coyote vs. Acme una resonancia especial considerando su complicado camino a los cines. En la película, Acme es mostrada como el pináculo de la crueldad y avaricia corporativa, comparable con los grandes monopolios o las empresas que hacen pruebas con animales. No es difícil ver en ella un poco de Warner Bros., el estudio que originalmente comisionó su producción y después la trató de enterrar buscando un beneficio fiscal—la película fue finalmente adquirida por Ketchup Entertainment, que previamente hizo lo mismo con El día que la Tierra explotó: Una película de Looney Tunes. De manera circunstancial, la lucha de Frank y el Coyote terminó reflejando la de las personas que hicieron la película.

La situación fue especialmente triste, considerando que Coyote vs. Acme es uno de los tributos más cariñosos y atinados que se han hecho a los Looney Tunes, personajes emblemáticos del estudio desde la década de 1930. La trama teje acertados cameos para figuras queridas como Bugs Bunny y el Pato Lucas (ambos con voz de Eric Bauza) pero también para otras menos familiares como la Bruja Hazel (Candi Milo) y un guiño a las muchas parodias que en su tiempo hicieron al actor Peter Lorre. El humor también se siente más consistente con el de las caricaturas. A diferencia de los chistes más asquerosos de El día que la Tierra explotó, Coyote vs. Acme aprovecha el duelo legal para secuencias de persecución, como cuando Frank y el Coyote escapan de los agentes de Acme enviados para eliminarlos, o cuando un esbirro de Acme hace su propio intento de atrapar al Correcaminos.

Mi mayor problema con Coyote vs. Acme tiene que ver con su modo de animación. A diferencia de los cortometrajes clásicos o sus previos híbridos con live-action, Coyote vs. Acme parece haber sido hecha, no con animación en dos dimensiones, sino en tres dimensiones, retocada para lucir como las caricaturas originales. La decisión tiene cierta lógica, particularmente por la facilidad de integrarlos a escenarios reales, a veces con complicados movimientos de cámara—películas anteriores como Looney Tunes: De nuevo en acción lo resolvieron con sombreados que sugieren los volúmenes creados por la iluminación real. 

El proceso es hecho con gran habilidad y atención, particularmente en lo que se refiere a las expresiones de los personajes y el ritmo de los chistes. Hay toques que hablan de un intento deliberado de emular la apariencia de los Looney Tunes como los conocemos: en el cameo de Lucas se puede ver cómo su cuerpo se extiende en cuestión de cuadros, mientras que las patas del Correcaminos se interpretan como remolinos de rojo y naranja. Pero los personajes no dejan de sentirse extrañamente plásticos, delineados no con los trazos artesanales de un dibujo, sino con torpes líneas digitales. No es suficiente para arruinar una película que se nota hecha con habilidad y sentido del humor. Pero considerando que los Looney Tunes son también ejemplares de lo que la técnica y artesanía de la animación puede lograr, tampoco me parece un asunto menor.


★★★1/2


Ko-fi

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