(Jonás Cuarón, 2026)

En un primer nivel, Campeón gabacho es esa historia inspiradora que ya hemos visto antes: la de un joven sin rumbo que encuentra propósito y trascendencia en el deporte del boxeo. Imaginemos Rocky protagonizada por un inmigrante mexicano en Nueva York. A grandes rasgos, ésta es la historia de Liborio (Juan Daniel García Treviño) quien, tras intervenir cuando un grupo de maleantes acosa a la joven Irene (Leslie Grace), despierta el interés de varios que buscan aprovechar su talento para dar y recibir golpes. Su camino lo lleva de una influencer (Rosario Dawson) que promete hacerlo famoso, a un boxeador en busca de compañero de entrenamiento y finalmente al encargado de un albergue para niños (Rubén Blades), quien finalmente lo convence de inscribirse a un torneo como combatiente.

En un segundo nivel, Campeón gabacho trata situar esta historia inspiradora en un contexto social real. Liborio no es solo un joven sin rumbo, también un indocumentado que, como tal, ha sufrido todo tipo de discriminación y rechazo. Los “putazos” que recibe en las peleas son poca cosa comparados con aquellos que la vida le ha dado. El ring le da la oportunidad de golpear de vuelta, de convertir su enojo en los gritos de emoción y esperanza de otros que han sufrido como él. Su comentario político no toma una forma sutil. En un momento, la bandera de Estados Unidos ondea improbablemente cuando un policía que atosiga a Liborio enuncia la palabra “dinero”. De Spike Lee, el director Jonás Cuarón toma prestado un montaje en el que distintos personajes miran directamente a la pantalla repitiendo los insultos raciales que usan de manera cotidiana.

Si Lee puede hacer que una película relativamente moderada como Del cielo al infierno, vibre con la textura y actividad del Nueva York real, lo mismo no puede decirse de Cuarón y Campeón gabacho. El guion, de él y Aura Xilonen (basado en la novela de ella) hace referencias casuales a la gentrificación en un intento de situarla en las problemáticas actuales de la ciudad. Pero el realismo se disipa por un diseño de producción que coloca la acción en unos escenarios claustrofóbicos recurrentes, y donde el horizonte urbano luce como una serie infinita de edificios generados por computadora. La fotografía le da colores tan apagados y una iluminación de bajo contraste que toda la película parece acontecer en el ambiente controlado de un foro de pantalla verde.

Dicho artificio no es un problema por sí mismo. La película está llena de trucos visuales y sonoros que nos dejan claro que el Nueva York de la película está filtrado por la fantasía de su protagonista. Un aparente plano secuencia sintetiza de manera deslumbrante y fluida el tiempo que Liborio vive en la librería del gringo cascarrabias Chief (Eddie Marsan). En las peleas de Liborio, el tiempo se congela permitiéndole hablar directo a la pantalla. Su primer beso con Irene los hace flotar por el aire y después por el espacio. Sonidos de caricatura complementan algunos gestos con las manos y también hay creativos enlaces entre escenas, como cuando el agua del Río Bravo se convierte en el balde de un trapeador o un foco iluminado da lugar a una bomba molotov en el aire.

El problema de Campón gabacho está más bien en que toda esta parafernalia solo disfraza su incapacidad de encontrar el corazón de sus clichés. La historia de Liborio traza un arco entre el sufrimiento y el triunfo, pero la película opera bajo la impresión de que aludir a este trillado esquema basta para que nos conmueva. Pero si una película como Rocky perdura a pesar de (o gracias a) su sentimentalismo, es porque colorea la vida de su protagonista con suficiente detalle y lo guía con determinación a la pelea final. Es fácil encontrar equivalencias entre los personajes de Rocky y los de Campeón gabacho. Liborio es Rocky, Irene es Adrian, Chief y el abuelo de Irene (Cheech Marin) se dividen el rol de Paulie, las figuras abrasivas pero simpáticas que aparecen de apoyo, en fin. Pero sus roles se sienten desdibujados, nunca más que abstracciones que repiten frases de aliento huecas. Y el enfrentamiento culminante se siente secundario, algo que Liborio es obligado a hacer y no que nace de su propia pasión.

Si Campeón gabacho no funciona como fábula de superación, comentario social o drama deportivo, por lo menos funciona como vehículo estelar para Juan Daniel García Treviño. Desde Ya no estoy aquí, la película que lo puso bajo los reflectores, García Treviño ha sostenido cabalmente la simpática Adolfo y el tibio thriller Perdidos en la noche. Su actuación aquí es un tanto más convencional, menos interna, pero no menos destacada. En ella encuentra un delicado balance entre una superficie dura y un noble corazón, mientras que su salto ágil entre el español, el inglés y sus respectivas jergas le dan un color y naturalidad que se extraña en la propuesta visual de la película. Es un protagonista simpático y, si la película estuviera armada de mejores ingredientes, podría haberla convertido en una excelente.


★★


Ko-fi

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