(Star Wars: The Mandalorian and Grogu; Jon Favreau, 2026)

Star Wars: The Mandalorian and Grogu me dejó con una duda: ¿existe otra película basada en una serie de televisión basada en otra película? Supongo que la pregunta importa poco hoy en día, cuando las series de televisión tienen valores de producción comparables con películas de alto presupuesto y cuando los blockbusters están dirigidos de manera tan corriente y funcional que, como la televisión más floja, parecen diseñados para verse sin prestarles mucha atención. The Mandalorian and Grogu es un caso ejemplar. La película se vende como el triunfal regreso de Star Wars a la pantalla gran después de casi siete años de sequía (recordemos que, en algún momento, los planes de Disney eran estrenar una película de la franquicia cada año). Pero, ya sea por su estilo visual plano o por su historia banal e intrascendente, nunca logra diferenciarse de la serie de Disney+ de la que se deriva.

Tanto la serie como la película siguen las aventuras de Din Djarin (Pedro Pascal presta su voz y lo interpreta en un par de escenas, Brendan Wayne y Lateef Crowder son sus dobles corporales el resto de la película), un cazarrecompensas de la raza guerrera de los mandalorianos. Su antecedente en el universo de Star Wars es, por supuesto, Boba Fett, hoy en día una piedra angular de la serie, pero que nació como un personaje decorativo en la trilogía original. La serie de The Mandalorian ya le dio a Djarin un arco emocional alrededor de su relación con el pequeño Grogu, la adorable criatura verde que termina adoptando como hijo y aprendiz. Pero The Mandalorian and Grogu lo revierte a lo que Boba Fett fue en sus inicios: una figura de diseño simple y llamativo que se expresa con pocas palabras y cuyo principal objetivo es terminar su trabajo y que le paguen. Estas motivaciones mercenarias reflejan las de la película misma. 

En The Mandalorian and Grogu, Djarin (o “Mando” para los compas) y Grogu trabajan para la incipiente Nueva República capturando caudillos regionales de lo que queda del malvado Imperio Galáctico. Su misión más reciente requiere de un paso adicional. Para llegar al elusivo comandante Coin, Mando y Grogu primero deben rescatar a Rotta el Hutt (voz de Jeremy Allen White) y entregarlo a sus tíos criminales, quienes le dirán a Mando el paradero de Coin. 

Esta simple misión se enreda un poco de más para acomodar una trama con acción abundante pero nunca muy fresca y original. Elementos de la trilogía original aparecen reciclados. El prólogo regresa a los caminantes imperiales en un mundo nevado de El imperio contraataca. Los villanos son la familia de Jabba el Hutt de El regreso del Jedi. El clímax mete con calzador a las naves rebeldes vistas una y otra vez desde la primera entrega. Lo único más o menos creativo es una pelea en un coliseo que imagina el juego de ajedrez del Halcón Milenario con monstruos de verdad. Fuera de esto, no hay nada nuevo bajo los soles gemelos de Tatooine.

Un enfoque de acción constante e historia mínima no tiene por qué ser malo. Hay, después de todo, un precedente muy cercano en las películas de Indiana Jones, también creadas por George Lucas. Pero aquellas tenían el gancho emocional del rostro consternado de Harrison Ford y el juguetón intercambio de diálogos entre él, sus villanos e intereses románticos. The Mandalorian and Grogu se centra en un personaje que casi nunca se quita su casco y otro que nunca habla. La película progresa como un repetitivo sortear de obstáculos materiales con armas, golpes y aparatos. Como una misión secundaria y totalmente opcional de un videojuego que no significa mucho para los héroes involucrados. Que, incluso de momento a momento, carece de peligro y suspenso porque Mando, continuando con la analogía del videojuego, parece tener sus stats de combate, defensa y velocidad siempre al máximo.

La trama no es necesariamente mala, pero se siente como un primer borrador. Más o menos tiene claro lo que los personajes deben hacer y a dónde deben ir, pero le faltan esas sutilezas donde se asoma la personalidad y emoción de sus personajes. Existe el potencial para una relación tensa entre Mando y Ward (Sigourney Weaver), su enlace con la Nueva República que al inicio le recrimina no entregar un blanco con vida. Pero los talentos de Weaver se desperdician en un rol que solo sirve para explicar los objetivos de la misión. Lo mismo con Janu (Jonny Coyne), un criminal supuestamente importante que escupe todos los detalles de su plan tan pronto como conoce a Mando.

El guion, del director Jon Favreau, Dave Filoni y Noah Kloor, tiene las semillas de algo emotivo. En Rotta, quien es el hijo de Jabba el Hutt, se asoma el tema de una dinámica de padre e hijo que pudiera servir como espejo para la relación de Mando y Grogu. Y la parte más tierna de la película, un prolongado interludio en un planeta selvático que sirve también como respiro en medio de la acción, resulta prometedora por cómo voltea la dinámica central de la serie, obligando a Grogu a cuidar de Mando.

Pero The Mandalorian and Grogu solo me convence que estos dos son los personajes más aburridos que han encabezado una historia de Star Wars. Una figura de acción y un peluche; uno que solo sirve para verse rudo, otro que solo sirve para verse lindo—los momentos en que Mando dice que no le gusta la violencia resultan irónicos considerando que eso es lo único para lo que la película sugiere que es bueno. No ayuda que las actuaciones vocales de Pascal y White carezcan de emoción y sustancia. Articulan sus diálogos con monotonía y aburrimiento, como suponiendo que la ausencia de intención dramática les da un aura de misterio y autoridad.

Si la película no es del todo detestable y deprimente es porque hay otros puntos en los que sí se nota esfuerzo. Martin Scorsese, dándole voz a un hiperactivo y aterrado mono de cuatro manos, da la actuación con más energía y emoción. El diseño de producción de Doug Chiang y Andrew L. Jones contribuye un par de imágenes novedosas que se sienten congruentes con el universo ya trazado (mi favorito, un voluminoso carguero espacial con motores como patas). El trabajo de marionetas, para Grogu pero también para las pequeñas criaturas que lo acompañan en parte de su aventura, es juguetón y expresivo. Un duo de robots gigantes, con todo y los movimientos cortados que delatan el haber sido animados con stop-motion, son otro simpático toque artesanal. Pero el jugador más valioso de la película es fácilmente el compositor Ludwig Göransson, entregando la que probablemente es la partitura más fresca y arriesgada de la serie, combinando las potentes orquestas que reciclan temas familiares con una instrumentación más rica que da protagonismo a sampleos electrónicos y tambores.

Pero todos estos elementos singulares nunca elevan la película, más bien se elevan sobre ella. Se sienten frescos porque The Mandalorian y Grogu, como mucho de los derivados actuales de Star Wars, pone la vara muy abajo. No tiene mayor pretensión que ser emocionante de momento a momento pero ni siquiera en ese aspecto funciona. Quizá Star Wars: The Mandalorian and Grogu no es la peor película de la serie. Pero apenas se siente como una película.


★★1/2


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