(Ana Ts’uyeb, 2026)
Li cham se cuenta de una forma que parece simple pero que logra efectos poderosos. Las principales imágenes de la película registran las actividades cotidianas de Juana Vázquez Gómez, Margarita Hernández Hernández y Faustina Cruz Ruíz, un trío de mujeres del pueblo indígena tsotsil que viven en la comunidad de Naranjatic Alto en la sierra de Chiapas. Entre muchas otras cosas, las vemos tejer con el telar, cocinar, cuidar de los animales, así como bañar y educar a niños pequeños. Varios momentos muestran el trabajo con el maíz: cosecharlo, desgranarlo, cocerlo, molerlo y amasarlo para hacer tortillas. La cámara observa prácticamente fija, con una paciencia que busca sugerir lo que estas actividades duran en la vida real y que se traduce pronto en una admiración y respeto por su esfuerzo. Una toma de una de ellas cortando un árbol de plátanos se extiende por alrededor de dos minutos completos sin que suceda otra cosa.
En el lado sonoro domina una narración de voz en off en lengua tsotsil. Ésta apunta más a la memoria y a lo interno; lo que ellas recuerdan vivir y lo que esto les hizo sentir. Juana, Margarita y Faustina nunca se dirigen a la cámara como en una entrevista tradicional. En algún momento la narración habla en segunda persona, celebrando la decisión de estudiar cine de quien podemos suponer es la directora Ana Ts’uyeb, indicando una relación personal y que las mujeres a las que seguimos son parientes suyas. El documental habla entonces desde la cercanía y familiaridad, no con la necesidad de explicar antropológicamente cada detalle como haría un observador extranjero.
Podemos intuir que la voz que escuchamos en un momento dado corresponde a la mujer que aparece en pantalla al mismo tiempo, pero esta conexión nunca es obvia o redundante. Si cuesta distinguir entre las voces individuales esto igualmente puede tener un propósito. Queda sugerido que las experiencias y luchas de las tres están entrelazadas, que lo que cuenta una también lo pudieron haber vivido las demás, así como muchas otras mujeres tsotsiles.

Las tres describen vidas difíciles. Hablan de padres que preferían hijos varones porque ellos, según dictaba costumbre, eran quienes podían heredar la tierra como su propiedad. De cómo a las mujeres se les restringía el estudio porque de ellas solo se esperaba que se casaran y tuvieran hijos. De cómo, una vez que lo hacían, estaban obligadas a obedecer a su marido a toda costa. El punto más doloroso de la narración justo relata abusos sufridos durante el matrimonio; se cuentan acciones horripilantes, pero basado en las costumbres que conocimos antes, no se sienten como una anomalía. Aquí, la combinación de imágenes y sonido es de nuevo clave. Los abusos son descritos pero no se muestran ni dramatizan, evitando el sensacionalismo y dándole a las imágenes de su vida presente un sabor agridulce. El dolor persiste en la memoria y las sigue en todo lo que hacen, pero no las convierte en víctimas impotentes.
Su sufrimiento solo cuenta la mitad de la historia. Se describe como una muerte, pero una que es seguida por un renacer. Un rayo de esperanza es mencionado en el zapatismo y sus ideas de igualdad, respeto y cooperación entre hombres y mujeres—tanto como la película es crítica de las costumbres de su pueblo, también es clara en que las ideas que vienen a liberarlas brotan de su mismo territorio y proximidad. Los únicos hombres que aparecen en el documental tienen un rol subordinado en la narrativa, pero aparecen como colaboradores dispuestos en las tareas que se necesitan realizar.
No es algo que viene a resolver todos sus problemas. Se sigue hablando de dureza y dificultades económicas. Con el dinero que se gana con la cosecha del café alcanza para comprar lo básico para el hogar, pero es trabajo de temporada, que debe complementarse con otras labores el resto del año y que deja poco margen para alguna emergencia. Las imágenes completan la idea de vidas de trabajo constante; prácticamente no hay escenas dedicadas al descanso o la contemplación. Pero es una labor que adoptan con la frente en alto. Cuando una de ellas menciona que los hombres de la comunidad han empezado a fumigar sus hierbas pero que ella insisten en usar el azadón, podemos percibir una nota de orgullo y satisfacción. Es trabajo duro, pero que se hace sin amargura ni resignación, en términos totalmente suyos. Li cham es esa resistencia articulada de manera clara y conmovedora.
★★★1/2

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