(Disclosure Day; Steven Spielberg, 2026)
Es apropiado que El día de la revelación empiece como lo hace: en un evento de lucha libre, con la cámara en el punto de vista de un luchador derribado, recibiendo pisotones de su rival. Es apropiado porque más o menos eso mismo hace la película en su primera parte, bombardeándonos de incidentes e información al punto del mareo y la desorientación. Esta primera escena se centra en Daniel Keller (Josh O’Connor), un hombre nervioso que carga una mochila con un contenido misterioso. Daniel ha aceptado entregar lo que hay en ella a agentes de intenciones turbias, a cambio de que éstos liberen a su compañera Jane (Eve Hewson). Pero antes de que se concrete el intercambio, Daniel saca un pequeño aparato que obliga a los agentes a bajar sus armas, permitiendo que Jane y él se dan a la fuga.
¿Quién es Daniel? ¿Quién es Jane? ¿Cuál es su relación? ¿Quién es Noah Scanlon (Colin Firth), el hombre que encabeza su persecución? ¿Qué es el aparato que Daniel usa para intimidarlo? ¿Quién es Hugo Wakefield (Colman Domingo), el hombre que guía a Daniel desde una misteriosa locación donde a su alrededor construyen lo que parece una casa? Las respuestas tendrán que esperar y muchas de ellas no serán del todo satisfactorias.
El día de la revelación marca el regreso de Spielberg al cine de extraterrestres, un género que para ahora es parte integral de su carrera pues a él pertenecen varias de sus películas más conocidas y aclamadas: Encuentros cercanos del tercer tipo, E.T. el extraterrestre y La guerra de los mundos. Pronto aprendemos que Daniel carga con archivos de computadora que documentan décadas de presencia alienígena en nuestro planeta y que busca hacer públicos al mundo entero. Los hombres que lo persiguen buscan impedir que este secreto salga a la luz.
La película opera bajo la idea de que las historias sobre encuentros entre humanos y extraterrestres son algo que ya hemos visto y que los extraterrestres nunca son tan interesantes como lo que nuestra fascinación con ellos dice sobre nosotros. En el diseño y caracterización de las criaturas no hay nada único y característico y los huecos de la historia se pueden llenar fácilmente con lo que ya sabemos del género. Spielberg y el guionista David Koepp (frecuente colaborador suyo, previamente coescribió La guerra de los mundos) saben que ahondar mucho en explicaciones resultaría en una película sobrecargada sin contribuir mucho de sustancia. El resultado es una estructura inusual, prescindiendo del primer acto que pone las piezas en movimiento y el último que ahonda en las consecuencias de la titular revelación.

Una posible justificación es que la película busca emular la incertidumbre y estupefacción que el mundo real experimentaría al encontrarse con algo que cambie el sentido fundamental de nuestra relación con el universo. Mucho de lo que sucede no recibe explicación. Personajes usan términos inventados con absoluta casualidad, ayudando a que se sientan como partes reales y aceptadas de su universo. Esto es más evidente en la otra cara de la historia principal, centrada en Margaret Fairchild (Emiliy Blunt). Ella es una meteoróloga de televisión que, después de encontrarse con un cardenal rojo que vuela dentro de su apartamento, puede hacer cosas como hablar en cualquier idioma y conocer al instante el pasado de las personas con las que se encuentra.
Estos superpoderes parecen una pista de las intenciones políticas de la película. Maggie puede mirar dentro de otros, entender y reconciliarlos sus dolores, algo apropiado para una película que se siente como una plegaria a la empatía, la bondad y el optimismo—aunque, cuando ella y Daniel escapan de una base enemiga, este poder se parece más a otra cosa de la que a Spielberg se le acusa mucho, la manipulación emocional. Scanlon, el principal villano, simboliza no solo una desconfianza en un gobierno secreto y omnipotente pero también los peligros de la represión emocional. Sin decir mucho, la forma en que se busca vencerlo tiene un populismo muy a la Spielberg: poner la realidad en evidencia usando el poder emotivo de las imágenes en un evento colectivo experimentado a escala mundial.
Como la mayoría de las películas de Spielberg, El día de la revelación tiene imágenes que en efecto son poderosas, o por lo menos emocionantes y virtuosas. La llegada de Maggie a la estación de televisión donde trabaja es mostrada en un largo plano secuencia, con la cámara en un movimiento constante que captura la tensión y apuro de la situación. En otro momento impresionante, la cámara hace piruetas alrededor de Daniel y una cerca mientras éste trata de escabullirse de los agentes de Scanlon. Más adelante, un flashback es señalado con intencionados y artificiales cambios de luz en los que el presente desparece en la oscuridad, dejando el reflecto en la experiencia de la persona que recuerda.

Hay toques humanos que señalan que, a pesar de su más extraordinaria ciencia ficción, sus personajes siguen siendo de carne y hueso. La principal escena de acción de la película, un atrevido escape de un auto a punto de ser atropellado por un tren, es seguida de un íntimo momento en el que Daniel trata de rescatar a Maggie de un ataque de pánico. Otros hilos de la historia sugieren preocupaciones temáticas más profundas. El pasado de Jane como novicia en un convento la capacita para filosofar sobre lo que el descubrimiento de seres supremos tangibles significa en un mundo que solo los puede concebir a través de la fe y las religiones.
No dudo la sinceridad y optimismo con que Spielberg trata todo esto. Ni de la pertinencia de una película como ésta en un mundo sumido en la guerra, la deshumanización y la desconfianza de la realidad que nos rodea. Pero sí cuestiono es su efectividad. El día de la revelación es lo más superficial y hueco que Spielberg ha hecho en mucho tiempo, una frenética persecución que solo en su último acto vira hacia el sentimentalismo puro. Ambas caras de la película flaquean porque sus personajes son meros vehículos, no solo para los extraterrestres que inventa, sino para lo que sea que Spielberg y Koepp quieran que hagan. Sin características individuales memorables, sin un gancho emocional como los protagonistas de Encuentros cercanos del tercer tipo o E.T. el extraterrestre, Daniel y Maggie se disipan de la memoria tan pronto como salimos del cine.
El armado de la película no corresponde a la claridad y enfoque que asociamos con el narrador más celebrado del Hollywood actual, sino con uno de sus discípulos más flojos: J.J. Abrams. La trama está llena de incidentes, pocos de ellos significativos. Constantemente introduce cosas nuevas y trata de construir impulso alrededor de la promesa de una explicación como sucede con la infame “caja de misterio” de Abrams—los constantes destellos de luz la emparentan con las películas de Abrams, pero también son un sello de Janusz Kamiński, director de fotografía con el que Spielberg ha trabajado desde los noventa. El resultado es una película que nunca aburre pero tampoco cautiva.
★★★

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