(Gabriel Ripstein, 2026)
En México 86 se juntan dos tradiciones mexicanas: el futbol y la corrupción. Es una dramatización muy liberal de los hechos ocurridos alrededor del titular mundial de futbol, con la lección de que no hay hazaña que el dinero, el engaño y las influencias no puedan sortear. Quizá lo liberal de esta adaptación tiene que ver con que un tratamiento más fiel tendría cosas muy malas que decir sobre personas reales todavía vivas—Rafael del Castillo, presidente de la Federación Mexicana de Futbol en el tiempo en que se desarrolla la historia, e inspiración principal para el protagonista, falleció apenas el 3 de marzo de este año.
Diego Luna estelariza interpretando, no a Rafael del Castillo pero sí a alguien que tiene demasiado en común con él. Al inicio de la película, su Martín de la Torre es un burócrata sin futuro hasta que, durante una entrevista con el periodista José Ramón Fernández (Juan Pablo Fernández Gutiérrez de Quevedo) avergüenza a su jefe y se queda con su puesto. Martín tiene un sueño: que México sea anfitrión de la copa mundial de futbol de la FIFA, cosa que parece imposible porque el país acababa de serlo poco más de una década antes. Pero después de impresionar a Emilio Azcárraga Milmo (Daniel Giménez Cacho), dueño del entonces monopolio mediático de Televisa, Martín es enviado a Suiza con la misión de convencer a la FIFA de concederles de nuevo la sede mundialista.
Queda claro que México 86 no es realmente una película sobre futbol, o por lo menos no sobre el que ocurre dentro de la cancha. La mayor parte de la historia se compone de tratos y negociaciones que ocurren en oficinas, salas de conferencias y mansiones—lo que no quita oportunidades de interés visual porque el vestuario y el diseño de producción hacen un buen trabajo de recrear la atmósfera del México ochentero. Hugo Sánchez (Memo Villegas) aparece brevemente, pero es más para una pequeña discusión alrededor su capitanía del equipo mexicano.
El análogo más cercano que se me ocurre es Air: La historia detrás del logo, película de Ben Affleck que no es tanto sobre basquetbol sino sobre tratar de convencer a Michael Jordan de firmar el contrato de colaboración con los tenis de Nike. Pero México 86 tiene a su favor un cinismo frecuente sobre la forma en que se mueve el mundo. Frustrado por la dura competencia que le ponen los delegados de Estados Unidos, sus principales rivales por la sede, Martín no tarda en soltar maletines de dinero a otros miembros votantes y en sabotear la votación de manera que favorezca a México.

Luna lo interpreta como un hombre más o menos carismático, un oportunista labioso dispuesto a vender sus pocos principios con tal de salirse con la suya. Pero el guion, del director Gabriel Ripstein y Daniel Krauze, le añade el patetismo de que no siempre puede hacerlo. Aunque se codea con los poderosos, Martín sigue sometido a los caprichos y ambiciones de hombres que pueden doblegar el mundo a voluntad. Hay en él también un entusiasmo muy puro que nos hace pensar que sus ganas de conseguirle el mundial a México nacen, no solo de un descarado arribismo profesional sino de una sincera afición por el futbol o un noble orgullo patriótico. Considerando que la película lo enfrenta con verdaderos monstruos de la historia como Azcárraga o Henry Kissinger (Frank Crudele), hay razones para más o menos simpatizar con él.
La decadencia moral de Martín se ve reflejada en su relación con Susana (Karla Souza), la mujer que empieza como su amante antes de convertirse en su pareja más o menos estable. Susana no recibe demasiado desarrollo pero tampoco queda solo como la mujer impotente que se deja relegar ante el ascenso de un gran hombre. Cuando Martín no da señal de querer dejar a su esposa Beatriz (Diana Sedano), Susana se divierte despertando sus celos saliendo con otro. En la escena más graciosa de la película, Martín ensaya una negociación con Susana haciendo de Azcárraga, pero el momento termina como un preludio al sexo.
Algo que juega en contra de México 86 son los vicios típicos de las películas que se estrenan directamente en Netflix. Un montaje apurado, como un trailer para sí misma, nos explica desde el primer minuto de qué se va a tratar. Las escenas se conectan con una narración que repite y explica lo que ya vemos, aunque ocasionalmente se utiliza también para efectos irónicos. Cuando Martín lleva a un gendarme de la FIFA a visitar el estadio Neza, el tono de celebración es socavado por la explicación de que la multitud vitoreando se compone de acarreados a la usanza de los partidos políticos mexicanos.
México 86 entiende que en el futbol se cruzan la cultura, la historia y política de México. Uno de sus episodios más importantes gira alrededor del terremoto de 1985, mientras que el final de alude a cómo el destino de la selección nacional refleja el sentir de un país entero. Con una duración de poco más de hora y media, también se siente bastante condensada. Ni los picos ni las caídas de la carrera de Martín son tan dramáticos, mientras que su gran tropiezo se siente totalmente incidental. Y a pesar de él es una buena síntesis de los tejemanejes políticos de la época, también es un personaje inventado que nunca es tan interesante como todo lo que sucede a su alrededor. Pero su historia se cuenta con un buen humor y la merecida amargura de ver un gran deporte corrompido por el dinero.
★★★

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