(The Odyssey; Christopher Nolan, 2026)
Christopher Nolan se convirtió en un gran director antes de convertirse en un uno muy bueno. Exagero, claro, pero lo hago buscando capturar mis sentimientos hacia un cineasta que admiro aunque sus limitaciones me parecen obvias. Tanto como me emociona su reinterpretación de Batman en forma de saga criminal, no debería ser controversial decir que la mayoría de las escenas de acción de su trilogía están montadas con una incoherencia que no le hace justicia al esfuerzo vertido en ellas. Y así como los conceptos de ciencia ficción de El origen y Tenet se prestan para ingeniosos juegos con la trama y las leyes de la física, esa creatividad no se extiende a su manejo de las interacciones más simples entre sus personajes, donde constantemente renuncia a las posibilidades del trazo escénico y el encuadre poniéndolos a enunciar sus diálogos en aburridos primeros planos. Nolan no es el único culpable de esto, pero es extraño ver a un director ganarse una reputación comparable a las de Steven Spielberg o Stanley Kubrick—alguien que hace blockbusters que emocionan al público en general al mismo tiempo que juegan con sus mentes—sin tener el virtuoso o refinado sentido visual de cualquiera de los dos.
No hay duda de que Nolan es ahora el director más poderoso del Hollywood—Oppenheimer, supelícula anterior, ganó Óscares a la mejor película y al mejor director, además de recaudar casi mil millones de dólares. La Odisea, su película más reciente, es una que grita grandeza: una costosa (250 millones de dólares) adaptación de la obra fundacional del canon literario occidental, filmada en numerosos países y con varios de los actores más famosos del momento. Es también una declaración autoral. Nolan filtra el poema de Homero a través de su propia sensibilidad, lo que igualmente pone en perspectiva lo mucho que la obra (o su interpretación personal de ella) se asoma en sus películas anteriores.
Una, y la más evidente de ellas, es la fascinación con las historias anidadas y flashbacks. La película respeta la estructura familiar del poema y abre con Telémaco (Tom Holland) y su madre Penélope (Anne Hathaway), el príncipe y la reina de la ciudad griega de Ítaca, esperando el regreso del rey Odiseo (Matt Damon) años después de su muy cantada victoria militar contra Troya. En ese intervalo, decenas de pretendientes han abusado de su hospitalidad instalándose en su casa, queriendo cortejar a Penélope para quedarse con el trono. Las aventuras que Odiseo encuentra camino a casa son recontadas en tiempo pasado.

Como Francis Ford Coppola hiciera con Apocalipsis ahora, que trasladó El corazón de las tinieblas de Joseph Conrad a la Guerra de Vietnam, Nolan parece interesado en este clásico como oportunidad para explorar guerras recientes. Nolan elige a Damon, una estrella de cine estadounidense, como Odiseo, y pone a sus personajes a hablar en acentos de Hollywood. Queda sugerido que, a pesar de su muy griega ambientación, Nolan piensa esta versión de La Odisea en términos de Estados Unidos y, posiblemente, sus invasiones del Medio Oriente. La supuestamente heroica conquista de Troya se revela poco a poco en términos más traicioneros y siniestros, una caja de Pandora que también podríamos comparar con la construcción de la bomba atómica en Oppenheimer. El viaje de Odiseo a Ítaca no solo involucra el sortear los obstáculos que los dioses ponen en su camino, también se asemeja al tormento de un veterano con estrés postraumático haciéndole frente a los horrores por los que es responsable.
Los varios episodios de La Odisea son interpretados de manera acorde. Odiseo y sus soldados saquean y aterrorizan pueblos buscando provisiones para su largo regreso. El cíclope Polífemo (Bill Irwin) es presentado como una criatura confundida que no merece la venganza de Odiseo. Circe (Samantha Morton) no es una bruja traicionera, sino una mujer creíblemente aterrada que correctamente lee la naturaleza voraz de los hombres de Odiseo. Cuando los soldados huyen de los gigantes Lestrigones no es por una aversión a la violencia, sino porque se reconocen superados en número y fuerza—pero el mensaje no es del todo coherente; como en sus películas de Batman, Nolan igualmente debe encontrar emoción y heroísmo en la violencia, como hace en su sensacional clímax.
El lado mitológico de la película es ejecutado con una mezcla de lo asombroso y lo prosaico. Como director, Nolan tiene el buen instinto de reconocer que el cine, incluso el cine de ficción, tiene un componente documental. Que parte de su poder está en capturar y transmitirnos algo tangible al fotografiar el mundo real. De ahí su decisión de filmar la mayoría de la película (prácticamente toda, pareciera) en preciosas locaciones reales. Con una importante excepción, la película no caracteriza a los dioses griegos con actores o efectos especiales sino a través de los elementos de la naturaleza: el viento que mueve las velas de la embarcación de Odiseo, las olas que lo azotan a él y a sus hombres en altamar.

Pero si Nolan entiende el cine como un arte fotográfico, pocas veces lo piensa como uno pictórico. Su decisión visual central, el uso de un formato inmersivo como el IMAX, lo obliga a colocar todo lo de interés al centro de la pantalla, limitando sus composiciones. Por otro lado, los vicios de su carrera temprana, como cortar a un ritmo inclemente, nunca le permiten detenerse en sus imágenes el tiempo suficiente para dotarlas de verdadera belleza o trascendencia. El resultado es una película que asombra más como logro de producción que como épica. Las escenas del caballo de Troya en la playa, o arrastrado a las puertas de la ciudad, impresionan más por la escala de la construcción o la cantidad de extras congregados. La civilización mítica de Grecia se convierte en una serie de destinos turísticos: ruinas y paisajes bonitos pero carentes de mística.
El inframundo de Hades queda reducido entonces a un desierto de arenas negras. Su idea de las sirenas son mujeres desnudas vistas a lo lejos entre la niebla son (la película ni se atreve a sugerir su seductor canto). El ganado sagrado del dios Helios son vacas perdidas en la playa. Un diseño flojo puede disipar la magia aun más: una estructura monumental de Troya luce como la bastardización decorativa de un centro comercial—aunque hay refrescantes excepciones, como la amenaza en los detalles angulares de la armadura oscura de Agamenón (Benny Safdie).
Algo similar ocurre con su actitud hacia los efectos visuales. A pesar de su reputación como un cineasta práctico y realista, los entornos mejor logrados de la carrera de Nolan han sido una cuidadosa amalgama de artificios. El París que se dobla de El origen o la Ciudad Gótica de Batman inicia hábilmente combinan locaciones reales, escenarios, miniaturas y efectos generados por computadora. Algunas imágenes de La Odisea me parecen imposibles sin trucos similares (Polífemo sumergido en el agua, los brazos de la criatura Escila), pero la intención parece ser la de mantenerlos al mínimo, lo que limita su capacidad para sostener ilusiones. Polífemo luce tangible y real, pero el impacto de su escala se pierde porque apenas y comparte la pantalla con humanos. Cuando Circe transforma a los soldados de Odiseo en cerdos, es en vistazos a hombres desnudos, cerdos reales y maquillaje; elementos individualmente convincentes en un apurado montaje que nunca sugiere una transformación fluida.
A pesar de sus elementos fantásticos y constante acción, La Odisea depende en sobremanera del diálogo, nunca uno de los puntos fuertes de Nolan. Dunkerque puede ser su película más rica en imágenes en parte porque el ruido creado por las cámaras IMAX de la época lo obligaba a prescindir de él en partes importantes. Pero esa limitación técnica ha sido resuelta para La Odisea, y Nolan compromete un formato monumental a personajes intercambiando la rebosante información que necesitamos para hacer sentido de una trama densa y compleja.

En la rara ocasión en que él y el director de fotografía Hoyte van Hoytema permiten que más de un personaje domine el cuadro, como cuando Penélope reacciona a las ideas venenosas del pretendiente Antinoo (Robert Pattinson), el drama se enriquece. Pero La Odisea es una película que se cuenta en indistinguibles planos medios, y que se explica más que se ve.
Pero si La Odisea decepciona, tampoco aburre. El trabajo de Nolan con los actores es generalmente efectivo y ocasionalmente brillante. Damon y Holland, los dos actores con mayor protagonismo, parecen elegidos acertadamente por la imagen que han construido en otras películas: Damon el héroe acomplejado de sus constantes regresos a casa, Holland el joven imprudente bajo la sombra adulta de sus películas de Spider-Man. No elevan a los personajes, pero nos comunican su naturaleza con eficiencia en una película que no tiene mucho tiempo para caracterizarlos de otra forma.
Mucha más emoción encontramos en personajes secundarios como Eumeo (John Leguizamo), el humilde y sabio sirviente ciego de Odiseo; o Sinón (Elliot Page), el soldado engañado para entregar el caballo de Troya. La mejor actuación es fácilmente la de Pattinson como Antinoo. Su carisma y encanto quedan al servicio de un amanerado y traicionero cobarde que sin embargo se siente como una amenaza por su astuta manipulación de las costumbres de Ítaca. Su principal inspiración parecen ser las serpientes en las películas animadas de Disney y la diversión del actor es palpable.
Es en la estructura donde La Odisea juega más hábilmente con nosotros. Nolan la aborda al mismo tiempo como un rompecabezas mental y un blockbuster de acción, un equilibrio entre lo intelectual y lo visceral que siempre ha sido clave para su atractivo popular. Él y la editora Jennifer Lame saltan entre presente y pasado e hilos narrativos con lógica y agilidad, cada uno añadiendo propósito y propulsión a la inevitable confrontación entre Odiseo y los pretendientes—una secuencia inaugurada de manera apabullante con esa nota de Ludwig Göransson que se sincroniza con el arco de Odiseo—de tal manera que sus casi tres horas se sienten como mucho menos. No obstante, el mayor mérito de La Odisea no está necesariamente en Nolan sino en la obra original. En la emoción de ver, aunque con limitada fidelidad, una mitología y personajes que reconocen al instante, al mismo tiempo que emocionan por su aventura y sus ideas duraderas sobre el comportamiento humano. Nolan puede reconocer y en ocasiones sugerir esa grandeza, pero no agregarle una propia.
★★★

Éste artículo, como el resto del archivo de Pegado a la butaca, llega a ti de manera gratuita. Si te interesa apoyar esta labor de crítica de cine independiente, te invito a realizar una donación a través de Ko-fi, a partir de 1 USD, o a compartirle esta publicación a alguien que creas que le puede gustar. ¡Gracias!